Por Antonio Rodríguez

Fray Antonio de Guevara (1480-1545) pertenecía a una familia noble de Cantabria. Él se envanecía de que  “primero hubo condes de Guevara que no reyes de Castilla”. En su juventud fue paje de la reina Isabel la Católica y luego formó parte de la escogida corte del emperador Carlos V, quien lo nombró su cronista oficial y al que acompañó en distintas empresas diplomáticas y militares (Túnez, Venecia, Roma, Viena). Allí, según confiesa, “me crie, crecí y viví algunos tiempos más acompañado de vicios que no de cuidados”. Era de “cuerpo largo, alto, seco y muy derecho”; tenía una formación amplia adquirida en los conventos franciscanos de Arévalo y Ávila y, según él mismo reconoce, en su juventud “gasté mucho tiempo en ruar calles, ojear ventanas, escribir cartas, recuestar damas, hacer promesas y enviar ofertas”. Superó con éxito el encargo de promover la integración de los moriscos de Castellón y de Granada y el emperador lo premió concediéndole en 1528 el obispado de Guadix, que le permitía pertenecer al Consejo Real, y, aunque solo cobraba mil ducados al año, seguía percibiendo los ochenta mil asignados como cronista.

Aunque nunca supo deslindar sus vocaciones cortesana y religiosa (“cuanto más propongo apartarme del mundo, tanto más y cada día más me voy a lo hondo”), Fray Antonio de Guevara no se tomó su nuevo cargo con desdén, sino que se entregó a él con celo, y era reticente a abandonar la administración de su sede episcopal, durante los nueve años que la ocupó, cuando su presencia era solicitada para demandarle consejo tanto por parte del emperador como de la emperatriz. Sabemos que se enfrentó, defendiendo los privilegios de la diócesis accitana, al poderoso arzobispo de Toledo o al marqués del Zenete.

Una inesperada  noticia nubló su estancia en Guadix y fue la publicación de su obra  “Libro áureo de Marco Aurelio”, una especie de lo que ahora entendemos como novela histórica en la que se mezclan hechos documentados con otros inventados, lo que le valió la severa requisitoria de los doctos académicos  humanistas, que no actuaban desinteresadamente, sino celosos del predicamento que el obispo tenía en la corte y de su fama, ya que el libro se convirtió en un best-seller no solo en castellano, sino en sus múltiples traducciones a otras lenguas europeas (al menos tuvo siete ediciones en Castilla en los primeros cuatro años; y en Italia se cuentan más de cincuenta y cinco en su primer siglo de vida impresa, etc.). Él protestó “¿a qué se ha de dar fe?”, ¿dónde está el límite entre verdad y ficción cuando se sale de la firmeza de las letras sagradas?

El libro había sido escrito como simple entretenimiento para el emperador y los jóvenes cortesanos que le rodeaban, pero el príncipe de Orange y el conde de Nassau, que eran enredaores, entregaron el manuscrito a una imprenta de Sevilla, que lo editó sin permiso del autor.

Uno de los motivos del éxito del libro eran las supuestas cartas que Marco Aurelio escribiera a unas vestales de Roma, Macrina y Libia o Lamia, Laida y Flora, de alto contenido erótico, en las que el emperador se deleita describiendo amorosamente a las refinadas cortesanas, «hermosas de rostros, altas de cuerpos, anchas de frentes, gruesas de pechos, cortas de cinturas, largas de manos, diestras en el tañer, suaves en el cantar, pulidas en el vestir, amorosas en el mirar, disimuladas en el amar y muy cautas en el pedir» y evoca sus ardiente juegos sexuales.

Pronto sus enemigos  denunciaron al obispo que exhibía un conocimiento tan pormenorizado de las actividades de las meretrices. Y por si faltara poco, Cervantes cita en el Quijote a la obra de Guevara como modelo y fuente de inspiración que los escritores noveles pueden consultar para instruirse en el tema de  “mujeres rameras”. De nada le valió al obispo de Guadix publicar posteriormente más de diez obras sesudas (con “s”) de índole moral y religiosa; siempre  quedará en la historia de la literatura como el obispo que escribía cartas a prostitutas.

 

 

Deja un comentario