“La ciudad de Guadix rara vez recibe visitas de turistas, y ello a pesar de poseer algunos de los barrios más fantásticos que he visto jamás. El nombre de Guadix proviene del árabe Wadi-Ash, ‘el valle de la vida’, aunque en realidad no haya otro nombre más apropiado para esta región salvaje y desolada que el Valle de la Muerte.”

Estas líneas, que no sabemos si juzgar como lisonjeras o denigratorias para nuestra ciudad,  pertenecen al libro La senda gitana, de  Irving Brown.

Accitania

Visitó Guadix a principios del siglo XX. Trepó hasta la alcazaba “por empinadas cuestas”, y desde allí contempló la tierra arcillosa del barrio de las cuevas: “Barrancos y montes baldíos  de color rojizo que semejaban un mar de sangre súbitamente enfurecido por una tormenta y luego petrificado en gigantescas ola, pero lo que la hace aún más fantástica es que cada colina o barranco está repleto de cuevas habitadas por miles de gitanos y gentiles”.  El paisaje es embellecido por el fondo que pone  Sierra Nevada a un lado, y la feraz vega al otro.

Más le fascinan los habitantes del barrio, donde se mezclan, por utilizar su expresión,  gentiles o busnés y gitanos; y habla con un tratante de caballos, “Gitano Bobo” y “el Roca”, de quien se ríen los niños.  Subyugado por el misterio que desprende el barrio (a pesar de que es el único de los que ha visitado en España que le infunde miedo, “escalofríos”), abandona de noche su hotel y vuelve a las cuevas por la Cañada de los Gitanos.  Alumbrado por la luna, el sonido de un yunque le guía a una fragua donde  un herrero arregla una cadena rota. Mientras comparten un cigarro, le cuenta la historia del “Chato Doble”, así apodado por su rostro de bulldog, según Irving Brown; las vicisitudes de la vida de este gitano astuto, temerario y corpulento le estremeció.

Accitania

Este bandolero, famoso por su historial de osadas falsificaciones (fue capaz de robar un burro, “tunearlo”, como diríamos hoy, y revenderlo a su legítimo dueño), robos,  y crímenes en las comarcas de Valladolid y Álava, fue muy popular en España y tuvo amplia repercusión en la prensa gráfica de la época. Después de burlar  audazmente a la Guardia Civil por media España, evadirse de la cárcel en dos ocasiones y huir a Francia,  volvió para raptar a su sobrina Dolores, de dieciséis años, y abandonarla después. Al descubrir la deshonra, su propio hermano, Diego, buscó al ofensor, “siguió su rastro a través de todas las provincias de la península”, y no cejó hasta que lo encontró. Se había ocultado en una cueva de Guadix, hasta donde llegó su hermano,  pero, en el último momento, cuando se disponía a matarlo, recordó los días de la infancia pasados juntos, “y cómo, de niño, había llevado en brazos a su hermano menor, se arrepintió y se limitó a denunciarlo a la Guardia Civil. El Chato Doble fue apresado y ejecutado con garrote vil en 1904. La tragedia, más digna de un García Lorca, narrada con todo lujo de escabrosos detalles en el sobrecogedor escenario de los hechos, dejó impactado al cándido viajero norteamericano.

Irving Brown era profesor de la Columbia University y traductor de algunas novelas de Vicente Blasco Ibáñez, a quien dedica el libro. Él tenía la rara obsesión de convertirse en gitano, atraído por la lectura de George Borrow, Victor Hugo, Merimée y, por supuesto, Blasco Ibáñez. Convencido de que su apellido demostraba que sus ancestros eran gitanos, aprendió caló, oscureció su piel tomando el sol a diario durante dos meses y voló a España, vía París,  para confraternizar con los gitanos de Barcelona, Cádiz, Jerez de la Frontera, Triana, Coria, Córdoba,  Málaga, Antequera, el Sacromonte y Guadix, experiencia que dejó reflejada en su libro Nights and days on the gypsy trail, 1922.

Deja un comentario