Por Antonio Rodríguez

Henri Renault era un prestigioso pintor, cotizado y premiado, que vivía felizmente en Tánger, acompañado de su criado Legraine, su amigo Clairin y su perro Prim, cuando estalló la guerra franco-prusiana, y no dudó en correr a alistarse. Murió de un disparo en la cabeza en las afueras de París, en la batalla de Buzenval el 19 de enero de 1871. Tenía veintisiete años.

Tres años antes disfrutaba de la beca Premio de Roma que le permitía una estancia en la Villa Medici de la capital italiana. Entonces conoció a Mariano Fortuny, quien le retrato como uno de los personajes de La Vicaría, y le animó a visitar Andalucía y Marruecos. Siguiendo su consejo, viajó, acompañado del también pintor Georges Clairin, en barco hasta Alicante, y desde allí a Granada por Murcia, Lorca, Baza y Guadix.

A la ciudad accitana llegaron en octubre de 1869, y demoraron su estancia diez días. Le confiesa a su padre: “Estoy seguro de no encontrar jamás en ningún país, ni siquiera en África o en Siria, nada tan importante, tan bello desde todos los puntos de vista. ¡Qué país, gran Dios! Los habitantes no son gran cosa, pero el paisaje, ¡el paisaje!”

Debido a la inestabilidad posterior a la revolución del 68 estaba suspendido el correo  y el servicio de diligencias, por lo que el 17 de octubre continuaron el viaje a caballo, y, por miedo a los bandoleros, dejaron ropa, cámaras fotográficas, óleos y demás utensilios en Guadix.

En Granada se hospedó en el Hotel de los Siete Suelos, luego visitó Córdoba, Sevilla y Gibraltar, desde donde embarcó para Tánger, pero Regnault siempre recordará Guadix, ciudad a la que se refiere como quien ha descubierto un tesoro: “Hay ciertos parajes en España que me propongo guardar para mí solo. De ellos diré de buena gana a todo el mundo que son feos, que es peligroso vivir allí, que no se puede trabajar, etc.”

Mientras estaba en Marruecos es invitado al prestigioso Salón  de Pintura de París de 1871 y decide participar con una colección de paisajes. Regresa a Guadix el mes de mayo en un viaje embarazoso desde Granada (“nueve horas a caballo bajo el granizo, la lluvia, la nieve, el viento”) para tomar apuntes del paisaje que le obsesiona y seduce: “Es más hermoso que país alguno puede serlo… Es demasiado hermoso; belleza por todas partes”.

En septiembre le llegan noticias del sitio prusiano sobre París y decide alistarse contra el consejo de su padre  y los ruegos de su desdichada novia Genevieve Breton. Su muerte constituyó un acontecimiento sonado en París. Se celebraron funerales en St. Augustin, donde Saint-Saëns  interpretó su Marcha Fúnebre, que desde entonces recibió el nombre de Marcha Henri Regnault, y fue inhumado en el cementerio Père Lachaise.

En el Salón de Pintura dejaron la pared para él reservada vacía y con motivos de luto. En 1872 se celebró en el Palacio de Bellas Artes de París una Exposición del conjunto de la obra del pintor que se declaraba radicalmente independiente “sin que me arrastren  a derecha e izquierda las conversaciones o la influencia de tal o cual artista, me dejo llevar solo por mis impresiones personales”. Culminaba la exposición el conjunto de diez dibujos panorámicos de Guadix que eran el boceto de sus óleos lamentablemente abortados, conjunto catalogado con el número  84: “c’est un paysage inmense, d’una severité grandiose, oú l’homme, comme aux époques ante-historiques, n’a pas encoré fait son apparition”. ¿Qué belleza habría llegado a alumbrar este pintor hasta entonces colorista, orientalista, exótico, que se siente deslumbrado, perturbado por nuestro paisaje desolado, descrito por él como “desnudo, descarnado, estéril como el campo de batalla de los cataclismos cósmicos”?

 

Deja un comentario