Por Antonio Rodríguez

Don Ramón Aparicio Requena  fue sin duda un ejemplo de luchador denodado por el progreso de Guadix y su comarca.

Estudió el bachillerato en Guadix y Farmacia en Madrid, teniendo que trabajar en la Dirección de Loterías para poder costearse sus estudios.  Al terminar la carrera, en 1851, se instaló en Guadix, donde abrió una farmacia y daba clases de Historia Natural, Física y Química en el Seminario. Murió a los sesenta y seis años, en 1888, recibiendo el dolor y el respeto de sus vecinos. Tenía un hermano, párroco en San Miguel, y dos hermanas.

Su figura es la del burgués hecho a sí mismo, liberal monárquico típico de la Restauración, como lo fueron contemporáneos y paisanos suyos como Alarcón, Aguilera López, Requena Espinar y tantos otros de esta época dorada de Guadix. El ejercicio de su profesión estaba impregnado de un sentido moral y cívico típico de su generación, que tuvo que convivir con  corruptelas políticas infames.

Publicó innumerables folletos, memorias, artículos, informes, conferencias, etc., en los que proponía la mejora de la enseñanza para niños y niñas, especialmente en las artes científicas. Demandó al ministerio de Fomento la creación de un Instituto Agrícola e Industrial para nuestra ciudad, para lo que ofrecía cualquiera de los conventos desamortizados que se encontraban en fase de ruinas y sus propias tierras para ejercicio prácticos (un viñedo de su madre en Beas, con lagar y bodega, y una huerta junto al río heredada de su padre), que fue desestimado; también envió al Senado una rectificación al proyecto inicial de la línea ferroviaria Linares-Almería, que había fijado la estación a once kilómetros de Guadix, que fue aceptada, hasta aproximarla a su situación actual; participó en el cambio del programa de estudios para que aumentara la carga lectiva de “física, química, economía social y las diversas clases de asignaturas de ciencias aplicadas para poder formar buenos agrónomos e ingenieros mecánicos”.

Denuncia que la desamortización había privado a los vecinos pobres de Guadix de una posibilidad de trabajo en los montes, ahora en pocas manos de propietarios absentistas; reclamaba una buena biblioteca municipal, pensionar a los estudiantes pobres, mejorar el estado de las cuevas, o rebajar la tributación de los braceros, que de seguir sufriendo la presión fiscal acabarían por engrosar las turbas de los mendigos.

Era miembro muy activo de la Sociedad Económica de Amigos del País de Granada, del Colegio de Farmacéuticos de Barcelona y Madrid; también era una autoridad nacional en análisis de aguas, por lo que fue requerido para hacer informes de Graena, Carratraca, Ardales, Alicún, Alcolea de la Alpujarra, Villatuerta o Lanjarón, algunos de ellos publicados en Francia.

Hombre culto e inquieto, como publicista, abordó, aparte de temas científicos, otros de tipo histórico, literario o religioso.

Ramón Aparicio no entendía su propio bienestar sin el bienestar colectivo. Le movía el afán quijotesco de mejora de la sociedad. Consciente del atraso y el abandono en que se estaba sumiendo Guadix, sabía que el remedio pasaba ineludiblemente por la educación técnica, moderna, de los jóvenes accitanos. Por eso reclamaba “menos academias, literatos y políticos y más labradores despiertos”.

 

 

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