A mi distinguido amigo don José Requena Espinar.

Con harta justicia, amigo mío, me apellida holgazán y me tacha de flojo; poro, hay circunstancias —que a mi ver—atenuarán la amigable cólera de que —en contra mía—se encuentra poseído.

Con sobrada razón manifiéstame su enojo, pero dándole algunas mías, espero que se vuelva favorable el juicio por V. formado.

Varias noches, sepultado—por decirlo así—en los profundos antros do mi cueva, en Fonelas, procuré terminar mis Páginas del pasado; pero con tan mala suerte, que diversas veces rompí las cuartillas, por parecerme que la pluma escribió más de lo que dictara el pensamiento.

En confusa amalgama reunía los plácemes para los Ayuntamientos que han mirado con respeto los monumentos e inscripciones de nuestro pueblo, con los epítetos más denigrantes para los que han profanado los sagrados recuerdos que en figuras, murallas y jeroglíficos de piedra nos legaron los pueblos que sucesivamente han dominado en esta ciudad, cuya fecha es más vieja aún que la conocida con la de edad de hierro, según comprueban cientos de vestigios que hoy se prestan a ser estudiados por el viajero amante de conocer la historia de la humanidad y las evoluciones y revoluciones que, con el tiempo, trasforman por completo la faz de las costumbres en todas sus diversas y variadas manifestaciones.

En Guadix—además de la población, hablo por un extenso circuito—no solo se encuentran recuerdos innegables de las dominaciones árabe, romana, cartaginesa, griega y fenicia; hay más aún, puesto que pueden admirarse obras y objetos de arte de los indígenas—mejor dicho—de los primitivos pobladores que arribaron, según la tradición, a este país donde solo había interminables llanuras, enhiestas sierras y tupidos bosques en los cuales tenían su cubil las fieras o los inofensivos animales que—según algunos etimologistas—dieron nombre a la española península.

En mis escritos me atrevía a llamar ladrones de leso pueblo a los que venden los alcázares, ocultan los escudos de nobleza, dejan que se derrumben las murallas o abandonan en el patio de un cuartel—antes convento—lápidas y bustos que recuerdan los verdaderos tiempos de oro de esta ciudad tan bella como rica y tan noble como honrada y trabajadora.

Diferentes veces comencé, y las mismas abandoné mi idea, porque Guadix, hace mucho tiempo que está desheredado,  la política todo lo absorbe, todo lo mina, y en vez de mirar los municipios por el bien y prosperidad de sus conciudadanos, procuran tan solo por sus particulares intereses, por su partido, que puede traducirse en algunos miles de duros que llegan a su bolsillo manando de las gotas de sudor con que los braceros acumulan en las viejas atochas, o riegan las verdes siembras de su fertilísima vega.

Aquí todo se valúa y con todo se comercia: la cuestión es hacer dinero, aunque el pueblo se muera de hambre.

¡El bastón de mando!

Esa es la aspiración de los políticos de hoy.

El pueblo es un autómata que obedece a la ley del caciquismo o del garrote.

Desde niños, hemos oído mil veces repetir a muchos mandones:

Al pueblo no le hagas mal,

porque es pecado mortal;

mas tampoco le hagas bien,

porque es pecado también.

Los versos no estarán bien hechos; pero encierran una verdad innegable, y es que inconscientemente todos los municipios obran del mismo modo.

¡Hay de ellos el día que el desheredado pueblo sepa lo que vale y lo que puede,  haciendo uso de su autonomía.

Entonces…

Dejo al tiempo que escriba esa página roja y negra de su historia.

———————————–

Afirmé al principio de estas líneas, amigo mío, que había roto diferentes veces lo escrito por mí acerca de nuestro pueblo, y lo mismo haría con esto, si no fuera porque, alguna vez había de ser y la verdad, no me gusta andar con reticencias ni frases ambiguas que pudieran interpretarse en diferente sentido del que en verdad entrañan.

Hijo do Guadix y amante como el que más de cuanto se relaciona con esta ciudad que en su escudo de nobleza lleva con orgullo como símbolo instrumentos de trabajo y frutos de la tierra, duéleme que de su antiguo poderío y de su edad de gloria se releguen al olvido los recuerdos, como si se pretendiera sepultar en el polvo de los siglos los días gloriosos, las épocas más memorables y los instantes más sublimes que unidos en armónico conjunto, son dignos de que los escribiera la pluma de Ercilla, formando una incomparable epopeya que sirviera de ejemplo a todos los que el día de mañana quieran saber las fuentes donde el pueblo hispano aprendía lecciones de valor, de honradez, de abnegación y de patriotismo.

¡Guadix…! ¡Pueblo querido!

¡Cuándo comprenderán los que te gobiernan que, aun pareciendo hoy inerme, eres el pueblo conquistador de ayer y el soberano que regirá mañana!

¡Tienen ojos, y no ven tu miseria!

¡Tienen oídos, y no oyen tus lamentos!

¡Tienen labios, y no hay una frase de consuelo para los afligidos!

Pero… déjalos, que en verdad te digo, que ya tendrán su merecido.

El tiempo, siempre inexorable, es el encargado de que los pueblos cobren y paguen las atrasadas deudas.

Voy a terminar, amigo don José.

Tengo a la vista una carta suscrita por un amante de todo lo que pueda esclarecer la verdad histórica, encargándome una memoria detallada de todo lo que a grandes rasgos publiqué—con beneplácito de V. y por lo cual le doy las gracias— en EL ACCITANO.

Como será bastante extenso y detallado el escrito, le autorizo desde ahora para que copie de él cuanto crea conveniente.

Y hasta otra ocasión se despide del lector viajero y de V. su verdadero amigo

MAXIMILIANO ARROYO DIEGO.

 

Deja un comentario