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Home OpiniónPatrimonioHoy hace 125 años 2 de agosto de 1896. La feria

Hoy hace 125 años 2 de agosto de 1896. La feria

Por Redacción
Accitania

La feria

No una, mil veces durante la existencia de nuestro semanario venimos diciendo en todos los años y de todas las maneras posibles que somos muy abandonados, que no pensamos en el asunto y que no queremos imitar a otras poblaciones que celebran sus ferias ofreciendo cuatro espectáculos que costando relativamente poco rinden a ciertas industrias y al comercio pingues ganancias.

Recordamos que un año se hizo algo extraordinario y que dio sus resultados prieticos, lo que enseña que es útil y conveniente ofrecer al público espectáculos para que nos favorezca con su presencia.

El primer factor de esto debo ser el comercio tanto por su respetable posición en la sociedad cuanto porque él en primer lugar recibe el galardón convertido en excelentes ventas.

La feria de Guadix es una feria sosa, de mala sombra, desanimada, antediluviana por su particular modo de ser, razones estas y razones aquellas que evidencian que debemos procurar que salga de los antiguos moldes y ponerse a la altura no de las de las capitales de Provincia, que es imposible, sino de las de su igual.

Estulto seria pretender que aquí hubiera certámenes musicales de sobresalientes bandas, conciertos dados por la orquesta Bretón, carreras de caballos y otras cosas por el estilo; pero dentro de los límites de nuestra posición podemos ofrecer algo que merezca verse, pues contamos con amenos parajes que a muchas cosas se prestan.

Debe por lo tanto haber una reunión que puede provocarse por la autoridad o por los mismos comerciantes, nombrarse una junta mixta de concejales y de aquellos industriales y precederse a hacer algo en beneficio de dicha clase y en honra y pro de Guadix.

No dejaremos este particular de la mano y volveremos a insistir, contando ya con el

apoyo de la autoridad local, animados de los mejores deseos.

Un tesoro

En un día del mes pasado, un propietario de esta población que estaba haciendo obra en un desvencijado casucho que posee, tuvo la buena fortuna de ver caer envueltas entre los escombros de un vetusto techo que ordenó derribar, una lluvia de onzas de oro del cuño de Carlos III. Según de pública voz y fama se dice, hecho el recuento, la indicada lluvia de onzas de oro, dio por resultado la respetable suma de 50.000 reales.

—¡Oh triste desengaño!— Dijome un amigo que me contaba lo sucedido.

—¿Por qué?

— Porque eso no es tesoro, ni es nada, ¡50.000 reales! Los tesoros están en nosotros. Desde que los hombres inventaron el medio de extraer los metales viles del fondo de la tierra, el producto de todas las minas reunido no da para mí la suma que debe valer una criatura humana inteligente, pobre o rica . —

En esto acertó apasar por delante de nosotros una muchacha joven: estábamos sentados debajo de una acacia de las que hay frente del Liceo Accitano, y el amigo me preguntó.

—¿Quién es esa bella niña, de rostro alegre, que lleva flores en la cabeza, un pañuelo de seda caído sobre los hombros y anudado por el pecho, ese vestido de percal crujiente, almidonado y limpio, y que va calzada con zapatillas de tela?

— Una oflcialilla de sastre.

—¿A dónde vá?

—A su casa,

—¿Da dónde viene?

—Del taller.

—¿A estas horas?

— Trabaja desde las siete de la mañana hasta cerca de las oraciones.

—¿Cuándo come?

—Un pedazo de pan entre puntada y puntada.

—¿Qué gana?

— Veinte y cinco céntimos de peseta y otras compañeras menos listas, doce céntimos.

— ¿Es virtuosa?

— Sí .

— ¡He ahí un inagotable tesoro! Virtud y trabajo.Opulencia en la vida y en la muerte.

J.R.E.

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