LOS BAILES DEL LICEO

Hermoso aspecto ofrecía al pasado Domingo el salón de esta sociedad destinado para el baile de máscaras que en aquella noche se celebró.

Adornado con esa difícil sencillez en que por manera admirable se sintetizan el buen gusto y la elegancia, demostrando un verdadero sentimiento estético en los que lo engalanaron, nada dejaba que desear ni al más exigente y delicado gusto, ni a la fantasía más soñadora.

A las once de dicha noche, el conjunto que ofrecía era admirable y sorprendente.

Mil luces alumbraban el salón… podemos decir cerno en Las Hijas del Zebedeo; una multitud abigarrada, bullidora, delirante, lo llenaba por completo; un rumor confuso formado por mil rumores diferentes, aturdía los oídos, un ambiente caldeado por el hálito calijinoso de aquella multitud e impregnado de mil esencias diversas embriagaba los sentidos, infundiéndoles cierta voluptuosidad encantadora y cierta languidez tan deleitosa que la mente en el raudo volar de los ensueños se elevaba a los magníficos dinteles de ese Edén que ofrece a sus creyentes el árabe profeta, en que celestiales huríes brindan anhelantes con un amor eterno.

Nuestras hermosas paisanas, tan hermosas que fascinan con su hermosura como fascina la tierra con sus flores, el cielo con sus astros, el mar con su oleaje y el universo con la armonía general de lo infinito, realzaban tan maravilloso conjunto con su presencia. ¡Qué diversidad de tipos tan admirable y que encantadora gradación!.

Rubias que llevaban en su frente la inmaculada nieve de los Andes y en los cabellos el oro do Ofir en sus ojos el cielo del Nápoles, delicadas y vaporosas como esas ilusiones que embellecen nuestros sueños en horas felices de amorosos éxtasis, junto al tipo del mediodía, cuyo aliento es el simoun y en cuyos ojos del color de la noche arde concentrado todo el fuego del Sahara.

Todo en el salón era bullicio, júbilo y alegría desbordante; mil diálogos diferentes, mil conversaciones diversas, mil frases contrarias, se mezclaban y confundían formando un todo vago, confuso, informe y monótono, cuya monotonía era frecuentemente interrumpida por estrepitosa y varonil carcajada, por agudo chillido de femenina máscara.

Los pollos, chispeantes de placer, se mostraban ufanos de su elegancia, prodigando piropos y flores a diestro y siniestro con singular entusiasmo.

De pronto, en medio de tanto bullicio, con él mezclándose y confundiéndose, suenan vagos preludios musicales; acallase un tanto la algazara, enlazan se las parejas, y ebrias se precipitan en los vertiginosos remolinos del wals, que transforma el salón en fascinadora vorágine, donde todo es luz y armonía y colores y esencias y destellos y notas suaves que vagan en el ambiente, llegando hasta el fondo del corazón y lo más íntimo del alma.

Al mareante y voluptuoso wals sucede el elegante y pausado rigodón y el animado y marcial lancero y así el maravilloso crescendo, continua la noche hasta la una en que (¡…!) y sigue hasta las cuatro de la madrugada, iniciándose a esta hora el desfile general, quedando solo y callado el lugar donde momentos antes todo era estruendo y animación.

Llega el Martes y en su noche, a la misma hora del Domingo, mostraba se igualmente engalanado el local y doblemente aumentada la animación; el bullicio era inmenso, la alegría infinita y el júbilo indescriptible. Numerosas máscaras con disfraces caprichosos aturdían el espacio con sus gritos y trastornaban la cabeza con sus voces. Comenzó el

bailes todos se arrojaron en los brazos de Tepsicore, pasando en ellos la noche en medio del mayor orden y regocijo hasta las cinco de la madrugada, en pie rendida y cansada toda aquella abigarrada multitud se retiró a sus hogares, llevando un agradable recuerdo de tan animada noche.

Una pregunta: ¿qué sucedería en el baile del Domingo, que en el siguiente apareció en el salón una ambulancia de la Cruz Roja sagrada institución creada, como todos sabemos, para el auxilio de los heridos? Dicha ambulancia estaba formada por preciosas jóvenes que sobra el negro dominó obstentaban la cruz que dejamos indicada.

No queremos terminar, sin enviar nuestra enhorabuena a la sociedad El Liceo por su acierto y cordura al realizar estos recreos y especialmente a su junta directiva que tan acertada y delicadamente ha cumplido en todo con su misión, y a quien damos expresivas gracias por la invitación particular que ha hecho a esta redacción, manifestando así su conocimiento respecto de las leyes de la cortesía para con la prensa.

Esta noche, tenemos seguro, que el baile de piñata estará tan animado como los anteriores y que en él reinará el mismo orden y circuspección.

A. DEL CASTILLO

ELCARNAVAL

En verdad ha sido frío apesar de la magnifica temperatura con que la atmósfera nos ha obsequiado.

La desanimación ha sido la nota dominante. Muchas máscaras vestidas de cualquier cosa y nada más; solo la comparsa formada por las jóvenes que componen la sociedad El Murciélago de que en otro lugar nos ocupamos, ha llamado justamente la atención por las preciosas, piezas ejecutadas con tanta afinación como gusto. Por lo demas, el carnaval es una costumbre que va perdiéndose y que en plazo no lejano desaparecerá. En Roma, en París y en los grandes centros donde el carnaval imperó por mucho tiempo, apenas hoy se nota su llegada, y por los cristalinos canales de la poética reina del Adriático no resbalan ya aquellas caprichosas y ligeras góndolas llenas de máscaras lujosísimas, ni las vistosas estudiantinas que hacían la delicia de los venecianos; solo queda un recuerdo de las pasadas diversiones.

EL MURCIÉLAGO

Los conocidos jóvenes que componen esta pequeña sociedad presidida por don Joaquín Alarcón Roquier, nuestro amigo, y dirigida por el no menos amigo nuestro e inteligente profesor de violín don Miguel López Muley, han recorrido las calles de esta ciudad en el pasado carnaval, vestidos en comía persa con caprichosos trajes, ejecutando con gran

afinación, gusto y delicadeza, selectos números musicales, a violines, viola, bandurria, laúd y guitarras que con gran entusiasmo han sido escuchados por el numeroso público que les seguía y aplaudidas frenéticamente por cuantos así en la calle como en el Liceo y bailes particulares tuvieron el placer de escucharlos. De tales aplausos son dignos dichos jóvenes, a quienes enviamos nuestra sincera y cordial enhorabuena. El Murciélago deja gratísimos recuerdos cuando de tarde en tarde—y esto lo sentimos—

aparece en los salones o se deja sentir en nuestras calles.

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