El duelo y los tribunales de honor

A mi querido amigo el joven escritor  Santaeras Revuelta.

Inmensa distancia separa nuestras inteligencias, pero no obstante esa distancia, una leal amistad nos une con sus puros lazos y nuestros corazones se tocan; se tocan, porque son los extremos de una cadena larguísima, que comienza en raí, para terminar en ti, pero entre ambos extremos ¡cuanto eslabón! ¡cuantos anillos! más que leguas separan a esos soles que gravitan en los espacios interplanetarios y cuya luz tarda años y años en llegar a nosotros, del planeta en que respiramos; más distancia que la que existe desde el microscópico infusorio hasta el hombre y su especie.

Siendo junto a tí pigmeo al pié de elevada pirámide faraónica; torpe abutarda que admira (sin poder seguir) el raudo vuelo del cóndor, analizador superficial de las cosas que tu penetras hasta lo más íntimo, permite sin embargo, que, como muestra débil de mi profundo reconocimiento, te dedique este desaliñado artículo sobre el mismo tema que el del que dignaste dedicarme, y ten la seguridad, de que no tiene otra pretensión ni aspira a otra meta que a merecer tu sanción autorizada.

Tú lo has dicho, no son los duelos modernos con sus detalles ridículos y sus formalidades pantomímicas, aquellos celebres combates de la Edad Media apellidados juicios de Dios y combates judiciales, en que la victoria de un campeón sobre otro decidía a veces cuestiones de Derecho como sucedió bajo el imperio de Oton el Grande, o asuntos eclesiásticos como en el siglo XI, cuando los españoles sostenían el ritual mozárabe de que se sirvieran sus antepasados, y el clero, animado por el papa, premiaba por el ritual romano o ya evitando y terminando funestas guerras sostenidas por dos naciones.

Nó: el duelo moderno vivísima manifestación de que se sirviera el espíritu germánico, pugna en abierta lucha con la más rudimentaria civilización, y lejos de dar una idea elevada de sus patrocinadores, decanta claramente la ausencia de un mediano criterio y de espíritu progresivo, al retrogradar a las épocas del imperio individualista.

No son los presentes tiempos aquellos de la Edad Media con su feudalidad, no otra cosa que el reinado de las fuerzas individuales en que el combate lo era todo, teniendo el juez que mantener firme la sentencia que dictara, con las armas en la mano.

El combate judicial, iba unido al feudalismo como la sombra al cuerpo; y así como al desaparecer aquel desaparece ésta, así, al perderse el feudalismo en las nebulosidades del pasado, perdiose para siempre la práctica de los caníbales judiciales.

Pero el duelo anterior a estos subsiste hoy y subsiste en medio de la justicia social, ¡cosa increible!.

La mayor parte de los pueblos antiguos desconocieron el duelo. En Roma, pueblo guerrero y dominador, era altamente denigrante para el ciudadano recurrir a las armas para vengar sus ofensas; Grecia no consideró honroso satisfacer por sí misma las injurias; los Godos jamás usaban las armas fuera de los campos de batalla. Solo los Germanos, sin elementos de justicia social; raza orgullosa, selvática e individualista hasta la exageración, practicó el duelo como arbitro en todas las cuestiones, y lo comunicó a aquellos otros pueblos con quienes se mezclara y que como único patrimonio ha sido trasmitido de raza en raza y de generación en generación hasta nosotros, generalmente combatido por los poderes, y siempre subsistente a pesar de los continuos ataques.

Los concilios, castigaron como homicida a todo el que diera muerte en un duelo, y privaron al muerto de la sepultura eclesiástica; pero a pesar de sus anatemas el duelo subsistió.

Enrique IV (y no Luis XIV como tal vez distraídamente aseguras,) conociendo que ningún resultado práctico alcanzaría prohibiendo los duelos, creó los tribunales de honor; pero la opinión pública vio en la apelación a estos tribunales una muestra de cobardía, y casi fueron rechazados.

Richelieu moderó las penas que impuso Enrique IV  haciendo saber que en cambio las aplicaría inexorablemente, sin conseguir por esto la abolición del duelo. Luís XIII en  1634, manifestó que, en nada se observaban los mándalos de su edicto. Luis XIV al  mismo tiempo que publicó uno sobre otro reprimiendo los duelos, separó del ejército

al oficial que siendo ofendido no se portaba como hombre de honor, y así sucesivamente llega a nosotros totalmente reformado en su exterior, pero permaneciendo incólume su espíritu.

Ahora bien, ¿qué es el duelo? ¿en qué consiste? oigamos á Rouseau. «En la creencia

más extravagante y más bárbara que jamás pudo apoderarse del espíritu humano; en la creencia de que los deberes de la sociedad pueden suplirse con la valentía, y de que un hombre, si es bravo, no puede ser ya un pillo, un bribón o un calumniador, por mi parte, ¿qué podré decir? ¿habrá alguna ley que se atreva a sancionar ese social absurdo que con serlo tanto permanece firme y arraigado en pleno siglo XIX como sarcástica burla del pomposo título con que así mismo se denomina al llamarse de las luces?.

La sociedad castiga, porque realmente debe castigar al asesino que muchas veces cómete sus crímenes por la falta de educación y por el poco correctivo que ha tenido en sus instintos., ¡y cubre con el manto de la indulgencia al hombre civilizado, al noble caballero que mata, a un semejante suyo en un desafío!

Acaso el espadachín de oficio que pasa su vida, en las salas de armas; el duelista que manejándolas perfectamente desafía a otro que por completo las desconoce ¿no será tan criminal como el asesino que prevaliéndose de su fuerza o de su astucia, hunde su puñal en el corazón de un hombre indefenso?

Infinitas son las consideraciones a que esto da lugar.

Hace muchos años que la segur de la lógica dirige sus cortes contra el tronco de este árbol tan viejo como pernicioso, y hasta ahora parece que estos se han embotado en la dureza de sus tejidos.

Para concluir: ¿Desaparecerá el duelo (según dice un célebre escritor) como última huella del combate judicial y de la barbarie feudal?.

He aquí un problema.

A. DEL CASTILLO

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