ECOS DE UN REDACTOR.

Sr, D. José Requena Espinar

Respetable amigo y director: Prometí a usted en mi primera relatarlo cuanto se ofreciese digno de ello en este pueblo, y ciertamente, si poco o nada puede admirarse en él que acuse la mano del hombre, en cambio la naturaleza, eterno y laborioso artífice se mostró pródigo en sus dones, que tanto más nos encantan cuanto más originarios se nos ofrecen.

Me limito hoy a dar algunos detalles de la situación topográfica de este pueblo y a describir un recreo o jardín que con justicia llena de admiración a los que le visitan.

El pueblo está asentado pintorescamente en las faldas de no muy elevados cerros, que vienen a ser estribaciones de la gran cordillera que todos conocemos con el nombre de Sierra Nevada, sobre un pequeño valle y a orillas de un enorme precipicio por cuyo fondo se arrastra el Gnadalfeo, lamiendo sus graníticos cimientos, ora serpenteando o deslizándose por el seco cauce en cuya superficie solo ocupa una pequeña parte en esta estación o ya rugiendo impetuoso y llevando en sus espumas enormes peñascos arrancados en su salvaje paso en los barrancos de la sierra, cuando su caudal aumenta con espantosa celeridad y su álveo insuficiente a contener los ímpetus de sus gigantescas crecidas rebosa por segundos y la masa líquida desbordándose por las riberas asola cuanto encuentra, dejando siempre en los riberanos un funesto recuerdo de sus grandes avenidas.

El jardín de que hago mención, propiedad del rico hacendado de este, pueblo don Antonio Villalva, está situado, mejor dicho suspendido, casi al borde del precipicio que domina a el río y sorprende tanto al que lo visita que apenas si la mente puede darse cuenta en los primeros instantes de cuanto la impresiona allí se camina de sorpresa en sorpresa. Bóvedas de espeso, ramaje y agradable sombra tiende no se perciben los calores estivales, fuentes que se deslizan ocultas en el bosque y cuya existencia es delatada por sus murmurios, como delatan al ruiseñor  sus trinos, saltadores de mármol que juegan caprichosamente sus aguas convertidas al caer sobre los tazas en ramilletes de perlas que fulguran intensamente si acaso las hiere un débil rayo de sol al penetrar por entre las ramas de los árboles, calles arenadas de oscuros cipreses que destacan su negra silueta en las sombras de la noche, emblemas de tristeza y melancolía, cascadas primorosas por donde se precipita el agua, fingiendo una gasa de nieve que exhala finísimo vapor que humedece nuestro rostro, paseos, laberintos intrincados y glorietas formadas en el saliente de una roca a ochenta metros sobre el rio.

Hasta aquí la mano del hombre ayudando a la naturaleza, una mezcla de artificial y salvaje. Pero lo que más encanta a el admirador y subyuga su espíritu, son las grutas que la naturaleza ha formado en medio del tajo que se alza sobre el rio y a las cuales se baja por una escalera natural formada en el acantilado sobro el abismo, como las escalas sujetas a los costados de las buques sobre el mar.

Nada puede, señor Director, dar una idea de estas grutas maravillosas que salvando los limites de lo bello so elevan a las regiones infinitas del sublime.

En ellas se ve a la naturaleza, creando constantemente por medio del carbonato de cal sorprendentes maravillas, riscos finísimos. Allí… pero imposible describirlas.

Figuraos uno pequeña Alhambra subterránea con todo el afiligranado de sus muros, con los caprichosos arabescos de sus cornisas, con las delicadas labores que se enmarañan por sus paredes, con los calados primorosos de sus agimeces, con las esbeltas columnas de sus patios, las estalactitas de los techos y todas cuantas bellezas encierra la joya muslin que se asienta en la colina roja da la sin par Granada.

Figuraos esta Alhambra y estas bellezas que intento describir sin la regularidad con que el hombre sella sus creaciones. Figuraos en esta arquitectura salvaje una mezcla de todas la arquitecturas, de todos los órdenes, desde el ligero, elegante y alicatado  gótico, y el oriental y esbelto árabe, hasta el difuso churrigueresco, figuraos columnas salomónicas que retuercen en desordenados grupos, confundidas con otras de orden dórico y corintio, figuraos un desorden completo y encantador como las ramas de los  árboles que se entrelazan en una selva virgen y para colmo de tantas bellezas, figuraos en cada una de las mil y mil estalactitas que adornan gruta, una filtrada gota de agua que al caer sobre el musgo que tapiza el suelo o al resbalar por las cubiertas de yedra produce un apagado rumor que forma parte de una cadencia suave y delicada que jamás pudiera expresar en su inspirado pentagrama el inmortal Bethoven.

Figuraos la realidad de un sueño de las Mil y una Noche con toda su fantasía.

Más aun ¿Queréis formaros una idea clara de estas grutas?. Redordad aquella que el sublime Fenelín nos pinta en sus Aventuras de Telemaco y donde Calipso que en su dolor flora su inmortalidad, conduce al joven hijo de Ulises y el inseparable Mentor.

Como en aquella, no se ve en esta ni oro ni plata ni mármoles, ni nada con que los mortales fabriquen sus palacios, como aquella, ésta está tallada en la roca, formando bóvedas embutidas de piedrezuelas y estalactitas. Allí, una vid nueva extendía por todos lados sus flexibles pámpanos, aquí verde yedra trepa por las grietas de las bóvedas. Alli, los apacibles céfiros, a despecho de los ardientes rayos del sol, mantenían en aquel sitio una deliciosa frescura; aquí, las húmedas brisas del rio y el incesante goteo de las estalactitas refrescan el ambiente. Allí, las fuentes que corrían con suave murmullo sobre prados cubiertos de amarantos y vióletas, formaban en ciertos lugares baños tan puros y tan claros como el cristal; aquí, pequeñas cascadas que resbalan por los salientes de las rocas, forman remansos serenos y límpidos. Allí, mil flores que salían de sus tiernos cogollos esmaltaban las verdes alfombras de que la gruta estaba rodeada; aquí muestran los granados sus flores rojas como la sangre.

Alli, había un bosque de aquellos árboles copudos que producen manzanas de oro, y cuya flor renovándose en todos tiempos, esparce la más suave fragancia, aquí esos mismos árboles exhalan el grato aroma del azahar. Jamás allí se oía si no el donoso canto de los pajarillos o el ruido de un arroyo que, despeñándose de la cima de un risco, levantaba grandes borbotones llenos de espuma, y corría fugitivo a través del prado, nunca aquí se escucha más rumor que el producido por el gotear de las estalactitas, el de una cascada que se precipita hasta el rio y el apagado murmullo de éste al arrastrarse por su profundo cauce.

La gruta de la diosa, estaba situada en la pendiente de un collado, está abierta en el peligroso Norte de un tajo inmenso.

Desde allí se descubría el mar, a veces claro y llano como un espejo, a veces locamente irritado contra las rocas, en las cuales se estrellaba bramando y encrespando sus ondas como montañas, desde aquí se divisan las elevadas cimas de Sierra Nevada, cubiertas de eterna nieve, cuya blancura ora se pierde en el seno de las nubes, o ya se destaca profundamente en el oscuro azul del firmamento.

Por Un lado de aquella se descubre un rio, en el cual, se formaban algunas rodeadas de tejos floridos, y de álamos gigantes, aquí bajo ésta, se arrastra el Guadalfeo, formando caprichosos islotes cubiertos de una alfombra verde, semejando esmeraldas arrojadas por ocultas ninfas en la corriente del rio.

Tal es, señor Director, la magnífica posesión del señor Villalva y que invitado  delicadamente he visitado varias veces. Pero observo que me extiendo demasiado y el ACCITANO no es como el espacio.

Asi. pues, termino per hoy, despidiéndome hasta mi tercera en que trataré más prosaicamente de funestas realidades por que atraviesa este pueblo.

Salude a los compañeros de redacción y quedo de usted amigo s, s. q. b. s. m.

Aureliano DELCASTJLLO.

Velez Benaudalla 13 de Julio de 1893

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