Sr. D. José Requena Espinar:

Estimado amigo y director:

Más vale tarde que nanca reza un adagio tan antiguo como verdadero; y creyéndolo así yo no temo recordarme a usted y los lectores de El, ACCITANO después de un interregno para mí tan largo como acaso corto para estos, motivado contra mi más ardiente deseo, por la falta absoluta de tiempo.

Oirecile a usted, escribirle desde Granada, manifestándole mis impresiones respecto de los últimos festejos, así como de las solemnes exequias que el pueblo granadino en la más sincera expresión de duelo tributó a su ilustre cuanto malogrado hijo don Melchor Almagro. Tales ofrecimientos no pude cumplir por la razón ya indicada, mucho más teniendo presente que los periódicos de la capital darían extensos detalles con antelación a lo que yo pudiera escribir.

Así pues, nada dije y nada digo de mi estancia en la ciudad que múltiples cantores han llamado de los cármenes, y que embellecida a diario por nuevas galas que forman al combinarse con los naturales encantos de dicha ciudad, un recinto amenísimo mezclado cristiano y moro, en que se abriga nuestro ánimo contemplando sus infinitas delicias y se exalta nuestra fantasía en el recuerdo de sus tradiciones, mantenido eternamente por los rojos muros de sus torreones y esa maravillosa Alhambra en cuyo interior parece escucharse aun mezclado con el cadencioso rumor del agua que resbala por el mármol de las fuentes el eco de otros hombres y otras razas de que solo queda como prueba irrecusable o manifestación ostensible de su imperio un poema esculpido con caprichosos y afiligranados caracteres en un palacio voluptuoso encantador.

Nada digo de Granada; y dejándola dormida en medio de las sombras sobre el fresco y oloroso tapiz que las hadas de oriente extendieron bajo sus pies, mientras guardan su sueño los genios que aun vagan por sus bosques seculares, me alejo de ella con dirección al punto desde donde escribo estas líneas, sin apartar mi vista un instante del oscuro fondo que envuelve misteriosamente el horizonte y en el que cual fantásticos fuegos moriscos fulguran las luces do Granada, esparcidas con bello desorden sobre el negro manto de la noche.

Lanzo mi postrer mirada desde el sitio que hizo célebre otra última mirada y un regio suspiro, y aquellos puntos brillantes que esmaltaban, las tinieblas son ahogados por estos, y rápido me deslizo a través del callado ralle de la alegría o de Lecrin como le llamaron los árabes sin oír más ruido que el producido por el galopar de los caballos que arrastran la diligencia (así llamada por antítesis) el monótono runrun de estos, las destempladas voces del conductor que habla a los caballos una jerga oxtraña ó incomprensible acentuada a intervalos por los chasquidos del látigo, y allá en los diferentes caseríos y en los pueblecitos que cruzamos a nuestro paso, el penetrante ladrido de los perros, que amedrantados huyen en medio de las sombras.

La noche sigua su misterioso curso en alas de un vientecillo fresco que hace abrigarnos un poco a los viajeros y más tarde una sonrisa débil, un vago reflejo, una tinta suave y delicada se dibuja en el oriente, poco a poco… siempre tomando nuevos y variados matices de ópalo y grana, una luz perenne va ahuyentando los crespones que envuelven la tierra y las estrellas que antes se destacaban en el oscuro cielo palidecen y se ocultan, en tanto que el astro del día surgiendo del marques se extiende al otro lado de las rojas montañas que limitan nuestra vista, envia su primer húmedo beso desde las regiones del oriente, dorando con sus reflejos un paisaje delicioso que nuestros ojos contemplan atónitos y arrobados.

Avanza la mañana, el sol eleva su disco por el diáfano espacio, y ya no es su beso el tibio y dulce de un corazón tierno y cariñoso sino efluvio candente de exaltada pasión.

En calle de Lecrin con sus magníficas perspectivas, con sus pintorescos pueblecitos diseminados caprichosamente en su verde extensión queda por fin a nuestra espalda y por un estrecho collado damos vista a la costa; a nuestros pies se desliza un caudaloso rio que pasamos sobre un soberbio puente y algunos instantes después, el coche se detuvo en la calle principal de este pueblo término de mi viaje, arrancando luego que me hubo dejado en él con dirección a Motril.

Rendido de cansancio y fatiga y abrasado de calor me entrego al reposo antes de admirar las bellezas naturales que me dicen contiene este pueblo, y considerando que mis lectores necesitarán no menos descanso a las fatigas del viaje que mentalmente se han visto obligados a hacer, hago yo aquí punto final hasta mi segunda en que juntos contemplaremos fas bellezas de que hablo.

Dé usted, señor director, mis más cordiales afectos a los compañeros de redacción, y cuente соn el leal cariño de s. s. s. q. b. s. m.

AURELIANO DEL СASTILLO.

Velez de Benaudalla 22 de Junio de 1893.

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