PRELIMINARES.

Una hora antes de la señalada para los funerales, inmensa multitud invadía las avenidas y plazuela del palacio episcopal en tales términos, que se hacía difícil transitar por aquellos sitios.

Poco a poco fue aumentando con la llegada de forasteros y ya fue imposible moverse del sitio que cada cual ocupaba.

Las conversaciones versaban acerca de la vida y hechos del Prelado y todos unánimemente convenían en que había sido bueno y bienhechor, refiriéndose a el objeto diferentes y minuciosos detalles.

Quien decía que a determinada familia tenía señaladas dos o más pesetas diarias, quien que en estos tiempos calamitosos ordenó a su panadero repartiera entre los necesitados algunas fanegas de pan cotidianamente; quien en fin que en su testamento hacía legados a los pobres, a la Iglesia y obras piadosas.

Paulatinamente fueron llegando los invitados al funeral, y las conversaciones debilitáronse, para seguir con más atención el curso de los acontecimientos.

LA PROCESIÓN.

Luego que se reunieron los elementos que habían de componerla se formó por este orden:

Estandartes de las cofradías del Santísimo Sacramento de esta ciudad y de algunos otros lugares.

Cruces parroquiales de Alcudia, Esfiliana, Albuñan, Cogollos, Jerez, Lanteira, Alquile, Aldeire, Ferreira, Dólar, Purullena, Darro, Graena, Beas, Marchal, Lugros , Huéneja, S. Miguel, Santiago, Santa Ana, y el Sagrario de esta ciudad.

Colegiales del Seminario Conciliar de S. Torcuato.

Clero parroquial de diversos pueblos de la diócesis, con sobrepelliz y estola.

Pertiguero.

Señores beneficiados de la S. I. C.

Cruz del Cabildo.

Cabildo Catedral con capas pluviales.

Capilla de la misma.

El féretro donde yacía el Ilustre finado, conducido por sacerdotes, y rodeado de Guardias civiles con el arma a la funerala.

El señor Dea n don Mariano de Castro Moreno, como oficiante acompañado del canónigo don Antonio Ortiz Fernandez y el beneficiado don José Carvajal.

Moceros con dalmáticas rojas.

El Ilustre Ayuntamiento.

La presidencia del duelo compuesta del Juez de Instrucción y 1ª instancia, don Eugenio Carrera , el Juez Eclesiástico y Chantre don Manuel Giménez, el secretario y vicesecretario de S.E.I. señores don Juan Gallardo Giménez, y don Felipe Salmerón respectivamente; aquel Arcediano y este canónico.

Comisiones de abogados, escribanos, notarios y procuradores.

Comisión de catedráticos, superiores y seminaristas de S. Torcuato.

Guardia municipal.

Cuerpo de vigilancia nocturna.

Música del municipio.

El resto del duelo.

LA CARRERA.

Las campanas de la Catedral, las de las parroquias y las de las demás iglesias, comenzaron a doblar y la procesión se puso en movimiento, a las once menos cuarto de la mañana, recorriendo las plazuelas de Palacio, de la Catedral, calle de la Concepción Puerta alta, Cuesta del caño de Santiago, calles Ancha y del Pósito, plazas de la Constitución y del Colegio, a la Catedral.

Frente a el convento de la Concepción, en la puerta del Seminario y en la Plaza mayor paró la comitiva y se cantaron responsos ante el cadáver.

FUNERAL.

Colocado el ataúd en el catafalco levantado en la nave central de la Catedral vestido de negros paños e iluminado profusamente, al que daba guardia la benemérita de gala, empezaron los cánticos sagrados a toda orquesta, ejecutándose el oficio y misa de

difuntos del maestro Honrubia, director que fue de la capilla de esta Santa Iglesia.

La pompa y la majestad con que se solemnizó fue extraordinaria.

Hubo momentos en los cuales el templo estaba tan ocupado por la muchedumbre que no se podía dar un paso siquiera; en el coro, en los apriscos en las basamentas de las columnas, en todo lugar donde podía colocarse una persona allí había alguien.

ENTIERRO.

Concluidas las ceremonias y cánticos religiosos empezó el desfile.

El cadáver fue depositado en la capilla de S. Torcuato en la que permaneció como media hora.

Después se bajó a la bóveda que existe debajo del altar mayor y allí se le sepultó.

Eran las tres y media de la tarde.

¡Descanse en paz el Obispo ilustre, el varón digno, el hombre virtuoso, y que Dios le haya acogido en su seno!.

COINCIDENCIA.

El 19 de Marzo de 1870, el Prelado cuyo sepelio reseñamos, hizo su entrada solemne en esta basílica para tomar posesión de la alta dignidad que ostentaba desde que fue consagrado canónicamente para poder ejercerla; y el 19 de Marzo del año de gracia que corre, ha penetrado en ella, ya cadáver, y en solemne procesión también, para no volver a salir de la bóveda en que ha sido sepultado: diez y siete años, ni día más ni día menos, ha regido nuestra iglesia, siempre justo, siempre caritativo, siempre humilde y siempre en continua comunicación con sus fieles, querido y amado de todos: su carácter estaba en relación con las virtudes que atesoraba; reprendía con dulzura, amonestaba sin orgullo, y más que padre, fue hermano cariñosísimo, tanto de los que obstentan el sagrado ministerio sacerdotal, como de los laicos que tuvieron la honra y el alto honor de comunicarse con tan eximio Pastor.

OBSERVACIONES.

Durante el tiempo que se tardó en recorrer el trayecto señalado, desde que el cadáver salió del Palacio Episcopal hasta su entrada en la Catedral, observamos que en las aceras, en los balcones, al paso de la fúnebre comitiva, hombres y mujeres, damas de la clase media y sujetos caracterizados en algún ramo de ciencias o artes, prorrumpían en llanto; lágrimas verdaderas de almas nobles y sentimentales que jamás faltan en todo tiempo y lugar.

Hubo un sujeto que nos dijo, que si él hubiera tenido en aquellos momentos dolorosos el poder de Jesús, hubiera exclamado: Venite ad me...-Y siendo sobre la tierra un átomo de Jesús en bondad, pero poderoso como un emperador, o solamente rico como un Creso, también hubiera pronunciado la misma frase. Mientras existan corazones húmedos que dejen subir las lágrimas a los ojos, la tierra seguirá siendo un paraíso de belleza indescriptible, ese bálsamo lo regenera todo, con lágrimas deben regarse las tumbas, es la corona más meritoria a los ojos de Dios, la más bella de cuantas coronas puedan depositarse sobre un cadáver, de seguro asciendo al cielo el alma que supo hacer llorar. Bienaventurados los que lloran, pero más bienaventurados aquellos que lanzan su último aliento entre las bendiciones y lágrimas de los que le sobreviven.

CONSIDERACIONES.

No quisimos abandonar los restos mortales de nuestro egregio Prelado, hasta dejarles en el último lugar que se les había señalado para su eterno descanso. Nos habíamos complacido en vida oyendo muchas veces sus pláticas fraternales, y le habíamos animado y querido en el fondo de nuestra alma, en lo interno de nuestro espíritu, sin demostrar jamás ante su presencia bajeza ni adulación, como cumple a los que son amantes sinceros y platónicos de la virtud, donde quiera que se encuentre. Detrás de su cadáver bajamos los peldaños de la bóveda que sustenta el tabernáculo y el altar mayor de nuestra iglesia catedral la más antigua de España, por lo que lleva los nombres de santa y apostólica; los conductores, después del último escalón, torcieron a la izquierda, y penetraron delante de nosotros en un recinto de tres metros de ancho poco más o menos, donde en uno de sus muros, paralelo a la capilla de san Torcuato, estaba abierto el nicho que había de recibir aquel féretro ya cerrado; en él se depositó aquel tesoro sagrado, y se procedió inmediatamente a lodarle con un tabique de adobes fraguado con yeso: terminada que fue esta operación, uno de los albañiles allí existentes, conocido en esta localidad por el sobrenombre de Rigores, a la luz de un cabo de cirio, tuvo la amabilidad de enseñarnos todos los departamentos de aquella necrópolis que jamás habíamos visto. Muchas son las consideraciones que podríamos hacer sobre el abandono en que se encuentra la última vivienda de tantas notavilidades en ciencias y en virtud como han descendido a ella, nuestra impresión fue dolorosísima antes de bajar nuestras ilusiones nos llevaron a creer que aquella sería, si no el Panteón de los Reyes en el Escorial, si no el panteón de los condes de Cautelar, en el Hospital de Tavera, de Toledo, si no el de los Reyes Católicos en la Capilla Real de Granada, a lo menos una catacumba cristiana, modesta, pero cuidada, aseada, limpia, los que hemos viajado y hemos concentrado nuestro espíritu en cuantos cementerios subterráneos hemos visto, hemos alabado a la generación que existe cuando cuida como si vivieran las cenizas de sus antepasados, pues como dice con suma delicadeza el ilustre Chateaubriand, el lugar donde reposan es la antesala que todos tenemos que atravesar antes de penetrar en el cielo. A la escasa luz de aquella antorcha funeraria, vimos losas con inscripciones amontonadas en desorden y fuera de los sitios que debieran ocupar, cadáveres destapados, restos de cajas desvencijadas, varias filas de nichos con la boca abierta y enseñando en confuso desorden féretros con restos humanos, y en el rincón de la izquierda en confusa amalgama cuanto debiera estar oculto a miradas profanas, solo a la ligera pudimos leer en una lápida, poco elevada del pavimento, y que cerraba la boca de un nicho, que alli reposaban las cenizas de un Prelado, que murió en el año 1793 a los XXV años de su Pontificado; y encima de ésta, un poco a la derecha la de un canónigo que murió el año 1800 a los 93 años de edad, fuera de esto, nada existe allí que pueda impresionar al hombre pensador, y exortamos al cabildo de nuestra catedral para que tome algunas disposiciones encaminadas a la reforma de esa catacumba, que por contener bastante extensión, puede y debe poner de su parte, cuantos medios sean conducentes a la buena distribución de una necrópolis, merecedora y digna por todos conceptos, de que se ejecuten en ella algunas obras con acierto y discreción para que andando los tiempos puedan visitarla los viajeros de la inteligencia que se dediquen a reconstruir algunas páginas de nuestro pasado, la muerte es la historia.

CONCLUSIÓN.

Salimos de la bóveda y ya en la nave derecha de la catedral, nos encaminábamos a la calle cuando del primer confesonario nos salió al encuentro el amigo que quería ser emperador o solo un Creso, y nos preguntó:

-¿Ha terminado todo?

-Todo, le contestamos, como finaremos nosotros cuando nos tienda su guadaña ese horrible esqueleto, símbolo de la muerte.

-Paparruchas, nos dijo; esas son ficciones del arte pictórico degenerado, así se pintó en Winden, en YVestfalia; asi en la Danza de los Muertos de la catedral de Lucerna, en la del palacio de Santa María, de Lubeck, en la de Anneberg, en la del castillo de Dresde, en la de Leipzig, la más célebre de todas es la que pintó Holbein al fresco en el claustro de los dominicos, en Bale, la catedral de Amiens tiene también una y otra el cementerio de los Inocentes, en París. Repito, que todas éstas representaciones de la muerte, son paparruchas para mí, la muerte es bella cuando procede de Dios.

GT. y R. E.

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