LA PLAZA DE ABASTOS.

Una de las cuestiones que envuelven más trascendencia para las poblaciones, es la que se dirige no solo a su abastecimiento, sino a los lugares donde se ofrecen al público los artículos precisos para el sostenimiento de la vida.

Por lo tanto, ella ha de ser hoy el objeto de nuestra atención.

Aquí—hablando con la exactitud que exige el tecnicismo de la palabra,—no podemos decir, ni asegurar por ello, exista plaza de abastos, y tanto es así que allá por el año de 1882, el periódico que en aquella sazón se publicaba se ocupó en diferentes ocasiones de su inmediata construcción, haciéndose cuentas galanas, que a pesar del tiempo trascurrido no hemos tenido la satisfacción de ver convertidas en realidades, ni es fácil las veamos porque no hay señales precursoras qué lo hagan advertir.

Parecerá exageración la afirmación que queda hecha y sin embargo nada más cierto por desgracia porque, ¿cómo llamar plaza de abastos a un lugar donde los puestos están situados al aire libre, y las mercancías expuestas a la influencia de las estaciones que las perjudica en extremo? ¿Cómo llamar plaza de abastos a un lugar donde todo lo que es objeto de venta está hacinado burdamente, bien en el suelo, bien—y esto es adelanto hecho de no muy remota fecha—sobre unos tableros toscamente fabricados y tan extraños al agua, que solo tienen contacto con ella cuando cae del cielo, y esto por aquello de que «cuando llueve todos nos mojamos?»

Y estos mismos defectos, y estas causas mismas, y los modernos adelantos, y las exigencias de la época, y la salud del pueblo, dicen muy alto que es preciso ir pensando en dotar a esta población de su correspondiente plaza de abastos, obra que ni es de romanos, frases de que nos valemos para significar la importancia, perfección y trascendencia de algunas de ellas, ni mucho menos, sino hacedera, de fácil ejecución.

Nos parece ver al Municipio cariacontecido y creyendo cada uno de sus individuos que vamos a proponer se comience la obra mañana mismo. Todo menos eso, señores concejales; sabemos que el estado de nuestro erario no está para dibujos, y por lo tanto no podemos pedir lo imposible en el actual momento, pero esto no quiere decir, que la construcción de la Plaza no pueda ser un hecho dentro de un plazo relativamente breve.

No todo se consigue con dinero contante y sonante; hay mil recursos adecuados y perfectamente legales, para alcanzar la ejecución de ciertas obras de utilidad reconocida, y de ellos debe hacerse prudente uso.

Nada nuevo vamos a decir, solo hemos de significar uno de esos recursos o medios que está al alcance de todos, y es de practica harto vulgar y demasiado corriente.

Se reduce a procurar la edificación de la Plaza con ajeno capital, concediendo su explotación al ejecutor capitalista por determinado número de años, trascurridos los cuales pasaría a ser de hecho y de derecho del pueblo.

Es cierto que aquí no habría capitalistas o compañías que se atrevieran a efectuar empresa tal, tanto por no existir hombres ricos, cuanto por desconocerse la bondad de este género de asuntos, y no adaptarse nuestro actual modo de ser a la asociación; pero no faltarían individuos de ajena procedencia que solicitaran llevarlo a término, y en verdad que no perderían.

Como de ningún modo llegaremos a obtener esta, ni otras de las muchas mejoras que necesita y reclama con urgencia la población, es cruzándonos de brazos y esperando a que nos den las cosas hechas, y no tengamos otro trabajo que disfrutarlas.

Traslado al Municipio a quien toca y corresponde estudiar este negocio, y hacer cuanto haría, un celoso padre de familia en pro de sus administrados. Esa es la obligación y ese el deber impuesto por la ley a todos los representantes de los pueblos, que deben cumplirlo religiosamente, o ceder sus puestos a otros más activos y adecuados, sino se encuentran adornados de la energía precisa para llevar sobre sus hombros, carga tan pesada como honorífica.

GARCI-TORRES

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