LAS CÉDULAS DEL AÑO NUEVO.

Diego, Ricardo, Pedro y Juanito, pollos no ya gomosos sino de bizcochada de puros dulces, están sentados alrededor de una camilla: en el centro se ve un tintero y una salvadera, y ellos tienen en sus diestras manos una pluma que mancha tersas tiras de papel. De momento en momento dejan su tarea, se dan a meditar mirando al cielo raso como si de allí esperasen alguna inspiración, y luego siguen su escritura poniendo en contribución todo su gracejo, toda su inteligencia infecunda por ociosa, y toda su picardía, para que la combinación resulte y sea admirada. Terminan, y llenos de triunfante orgullo, como si hubieran hecho una obra maestra, pasan a la sala donde está constituida la reunión en la que se contemplan ruinosas mamas retocadas con vinagrillo, agua de Barcelena, polvos de arroz y otras porquerías, papas decadentes que ocultan sus canas bajo grasienta pasta bautizada con retumbante nombre, gallos de cuarenta y cinco y más años que se empeñan en pasar por pollos contra viento y marea, y con ellos quieren rivalizar diciendo que sus canas, sus arrugas y sus personales deterioros son debidos a sus ocupaciones múltiples y a sus reiteradas vigilias, y jóvenes de ambos sexos y para todos gastos, y espolien a su consideración que las cedidas están terminadas y que puede comenzarse el sorteo; así se decide, y aquellas tiras de papel dobladas convenientemente, se depositan en urnas distintas—no de trasparente cristal como se hace en las elecciones y que han sido inventadas por la Ley del pobre Universal Sufragio para bien del pueblo y en evitación de ilegalidades—que por lo regular son cuatro sombreros en los que figuran los hombres, las mujeres y los regalos mutuos reducidos a nombres y apellidos y cortas oraciones.

Contar lo que allí sucede, explicar las fases que toma el asunto, las risas que producen las anomalías que resultan y pintar lo que en algunos rostros aparece es larga tarea; solo diremos que de aquel acto salen descontentos los más, y satisfechos los menos: descontentas ellas por no haber salido de año con el amado de su corazón o con el sujeto de su predilección y si con un viejo setentón, que les regala una boda próxima, una grata luna de miel o un niño rubio como unas candelas; ellos descontentos por no tener la simpar dicha de ser pareja de sus novias lo que juzgan de mal agüero para el porvenir que lo apetecen rosado y sin nubes, y los que tuvieron la gloria de que la suerte les hiciera año de ellas, porque el regalo consistió en un disgusto, un divorcio, unos cuernos de oro y diamantes, un primo venido de repente de luengos países, desconocido y sin memoria alguna de su existencia por el enamorado, o una visita diaria y masculina, de esas que preguntan por los señores y aun estando sola la señora tienen confianza y satisfacción tal, que corren en su busca de uno a otro extremo de la casa como si fuese terreno conquistado, que la sincera amistad debe ser franca según su franquísimo modo de apreciarla.

Truécase por consiguiente para muchos el bueno en mal humor, y si existe alguien que saque punta al negocio, hay dandy que concibe intenciones de tomar fósforos o de imitar a Judas Iscariote, por lo que, cuando viene el dueño de la mansión amable, atento y cariñoso con la bandeja de cofituras obsequiando a sus invitados, éstos allá para sus adentros, le aplican los dicterios más gruesos, en agradecimiento de haberles llevado a pasar aquel ratito.

Mas como suenan las teclas del piano y con la música desaparece el mal humor, se olvidan las impresiones dolorosas, se viene a la vida real y se danza hasta que el sol asoma su dorada melena, diciendo con tal acontecimiento que vino al mundo el primer día del año nuevo; su vista presta nuevos ánimos, y la esperanza germina ya en todos los corazones que desean algo del porvenir, esperanza encarnada en nuestro ser y que solo desaparece cuando damos el postrer suspiro, y enviamos nuestra alma al pié del trono de Dios.

Garci-Torres.