GUADIX,

El más grandioso de los templos de esta ciudad, es la bella Catedral, síntesis y manifestación externa de !a civilización cristiana de Ácci, sentimiento de piedad y abnegación de sus habitantes, y la página más gloriosa, entre otras de imperecedera memoria de su historia, que ostentan con orgullo los guadixenses, porque los mármoles, maderas y demás materias minerales que constituyen este edificio, fueron producidas en este mismo suelo diocesano; las inteligentes manos que les dieron pulimento y bellas formas eran casi en su mayor parte artistas de Guadix y de los demás pueblos de la diócesis; unos y otros contribuyeron respectivamente con su óbolo material y artístico a la terminación de esta magnífica obra, mediante la cual, puede considerarse esta Catedral, en lo moral, como un resumen gráfico y estético de los sentimientos de piedad y abnegación de nuestros antepasados; y en cuanto a lo material, como un museo tradicional y certamen vivo de nuestros compatriotas en las bellas artes, donde están admirablemente esculpidos los nombres de los artistas guadixenses, Espigares, Guerrero, Casas, Peral y otros; y cuando después de una ligera o prolongada ausencia arribamos a nuestra patria por los montes y los valles, y percibimos a larga distancia las blanquísimas cimas de Sierra Nevada y la elevada cúpula de la torre de la Catedral, terminada en el símbolo de la redención humana, que es la primera que se descubre a nuestra vista, excitada nuestra imaginación por las tradiciones alimentadas desde nuestra cuna por la enseñanza de nuestros mayores, el corazón se ensancha al divisar nuestra patria y los objetos y tradiciones para nosotros más queridos, donde reposan las cenizas de nuestros padres y deudos, despertando en nuestra alma los más nobles sentimientos, al recordar nuestros mártires del Cristianismo, héroes en el cumplimiento de su deber y patriotismo, poetas, literatos, teólogos, filósofos, historiadores y demás varones guadixenses ilustres y eminentes en santidad, notables en ciencias y abnegación, diez y ocho siglos de civilización cristiana y docente, y un periodo casi infinito desde los tiempos prehistóricos y población de las razas trogloditas, iberos, celtas, celtíberos, bastidos, fenicios, griegos, libios y romanos, y demás monumentos y grandezas anteriores y posteriores a la era cristiana, realizadas en nuestra patria.

RAMÓN APARICIO REQUENA.

 

RUINAS DE UN PALACIO.

FRAGMENTO.

No es la hora de invocar a los genios del amor y de la poesía. No es el momento de templar el arpa, donde ha encontrado dolorosas modulaciones el cantor de El Solitario, ni el santo laud con el que se acompañaba el humilde peregrino de la fidelidad.

Estoy en medio de un bosque. Por un lado contemplo elevados y espesos árboles, que cierran como si fueren una muralla de verdor, toda la parte que se extiende hacia el Sur; por el otro, el mismo bosque, en forma de anfiteatro. En el fondo de unas eminencias maravillosas, vénse, una puerta practicada en un antiguo muro, una cruz y una fuente. Mirando hacia arriba, descúbranse por algunas aberturas, que el viento practica en las ramas de los árboles, rojizos torreones y largos lienzos de amarillentas murallas. Es necesario levantar mucho la cabeza para ver el cielo azul y trasparente.

Es un cuadro romántico de los que describe Waller Seott, de los que pintaba Villamill, y ahora se escapan del pincel de Haes. v de los que hubo de cantar el infortunado poeta de Sorrento.

Siéntense los vagos rumores do cascadas ocultas entre la hierba; algún tranquilo ruiseñor entona dulces plegarias, bajo los explendidos doseles de aquella radiante naturaleza.

La tarde declina, el sol se va a ocultar. Hay en el espacio un silencio solemne, una calina encantadora, una quietud primaveral.

Las últimas ráfagas del crepúsculo atraviesan la atmósfera como bandas de una luz templada y agonizante. ¿En dónde estoy?.

En la Alhambra

TORCUATO TÁRRAGO

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