“El tiempo en su caída, se acoge al que es la fuerza de las cosas y en Él rejuvenece…”. Así reza uno de los hermosos himnos del breviario de la oración diaria en los monasterios y en la vida cristiana. Atribuye al tiempo cualidades humanas como licencia poética, muy común entre los mortales. A cuenta de las desdichas sobrevenidas últimamente, ya sea por la pandemia, ya por el desgobierno, oímos con frecuencia aquello de: “¡vaya cómo se ha portado el 2020, esperemos que el 2021 sea mejor…!”. Cabal y justamente, como si los años fueran susceptibles de tener comportamientos y el convencionalismo con que los medimos fuera moralmente responsable de su contenido y hubiera, de verdad, años “buenos” y años “malos”. Es algo tan artificial como cambiar el dígito el día 1 de enero. No siempre fue así, pues hemos medido el tiempo, sin salir de nuestra Europa, por olimpiadas, o sea, períodos de cuatro años que median entre los juegos que se celebraban en el monte Olimpo…, por eras como en la España Visigoda, que entonces abarcaba Portugal y la mitad del sur de Francia…, o colocando el día de año nuevo en el Domingo de Resurrección, costumbre centroeuropea que comportaba la imposibilidad absoluta de los 365 días anuales, pues mezclaba el cómputo solar con el lunar de la Pascua. 

Nuestra medida del tiempo se debe a Julio Cesar, reformado tras dos milenios por el Papa Gregorio XIII, según los cálculos de los Jesuitas de la Universidad Gregoriana, entonces recientísima y hoy universalmente prestigiosa. 

Somos nosotros los que hemos de mejorar, no el año que, por su propia naturaleza, ni puede ni sabe hacer las cosas mejor o peor. Aun no nos hemos liberado de la ridícula costumbre romana de organizar el tiempo en días “fastos” o “nefastos”.

Yo pido al Señor más humildad para vivir lo fundamental sin tantos estorbos secundarios y con Santa Teresa le digo: 

“Si queréis dadme salud

si no dadme enfermedad, 

honra o deshonra me dad

dadme guerra o paz cumplida,

flaqueza o fuerza a mi vida,

que a todo diré que sí.

Soberana Majestad

sólo hallo paz aquí: 

¿Qué mandáis hacer de mí?”

Al cabo, la vida de nuestros años y los años de nuestra vida, se nos han regalado gratis para que gratuitamente los regalemos al prójimo. Lo demás estorba.

Ahora bien, a mis representantes políticos sí me atrevo a pedirles que no nos mientan, nos tomen por tontos o nos infantilicen con la eutanasia de la inteligencia y el aborto de la crítica, para amansar a la fiera del pueblo con la música de sus medios de comunicación, en forma de “comité de agitación y propaganda”. La mentira, mil veces repetida, al estilo comunista o nazi, pues ambos regímenes totalitarios coinciden en la transformación de la realidad, nunca puede tener los mismos derechos que la verdad. Por eso, me permitís que, además de feliz año, os desee de corazón la búsqueda de la verdad que, según Jesucristo, es la que nos hace libres. 

Manuel Amezcua Morillas

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