Francisco Hernández Cruz

En los años sesenta y setenta del pasado siglo, este provecto y sabio historiador de hoy, nos introdujo en la antiquísima cultura accitana a través de investigaciones como Guadix S.XV: Plaza de los Corregidores o La Catedral de Guadix. Con posterioridad vinieron De Acci a Guadix y el Episcopologio de la iglesia accitana. A estos trabajos, y a otros muchos que sería prolijo citar ahora, han tenido que acudir, buscando datos y fuentes, cuantos investigadores se han acercado a eso que, recientemente, se ha venido a denominar La Accitania. Pero el mes pasado vio la luz, en Granada, un nuevo trabajo: La iglesia accitana. Años 1942-1850, cuyo subtítulo reza: “Crónica breve del expolio económico de la Iglesia de Guadix a manos de Ilustrados y Liberales y otras noticias marginales”. Esto ya es muestra harto significativa del contenido del libro.

Formado por seis capítulos y un epílogo, los tres primeros sirven, a modo de introducción, remontándose en el tiempo desde la colonia romana hasta llegar a la Bula de Erección catedralicia y los diversos avatares, tanto de la ciudad como catedralicios, hasta alcanzar el siglo XIX. Los siguientes desarrollan, pormenorizadamente, el contenido del subtítulo. El epílogo, Memorias de Torcuato Adame (años 1850-1890), es como una separata, una fotografía sui generis de la ciudad. Ahí se nos informa de hechos curiosísimos y bastante desconocidos hasta ahora, al menos para quien esto escribe. Como no podía ser de otra forma, varios anexos, de toda índole, muestran la veracidad de los asertos expuestos.

El enfrentamiento entre autoridades políticas y religiosas viene de antiguo, al menos se ve en la literatura: desde el Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita, está bien documentado. El ansiado poder, y los beneficios que conlleva, económicos o sociales, o de cualquier otro tipo, es perseguido sin cuartel. Y, en ello, ¡qué duda cabe!, el dinero, caballero tan poderoso, lo inunda todo, hasta hoy: ahí están Mendoza, o Vázquez Montalbán, o Vargas Llosa, por citar a alguien… En la gran ciudad estas cuestiones pueden pasar más o menos desapercibidas para cualquiera, pero cuando la población es parca, nada de eso:

“El día 6 de octubre de 1833 se conoció en Guadix la muerte del Rey Fernando VII, el Deseado, y en los Oficios fúnebres que se celebrarían por su alma en la Catedral, el día 17 de ese mismo mes, el Magistral se negaba a predicar por lo que urgentemente hubo que buscar otro predicador que lo sustituyera, que al fin fue fray Luis de Porres, definidor de san Francisco, al que se le pagaron por tal prédica 120 reales”(105).

Todos conocemos, además, los continuos enfrentamientos, de carácter político, entre los liberales y conservadores del reinado de Isabel II, y las consecuencias que para España tuvieron.

La necesidad económica del mandatario político, Corregidor, Alcalde o simple Concejal de Área, es hoy más patente que nunca. Ahí están las continuas crisis que hemos de padecer los ciudadanos simples. Pero eso ha sido siempre. Entonces, evidentemente, era mucho más fácil acudir a instituciones de cualquier tipo para lograr el dinero necesario para cualquier necesidad, como ahora. Los vecinos, individualmente, siempre son problemáticos, en este sentido, para los políticos de turno. Pues bien, la institución que podía aportar efectivo era la Iglesia, debido a los diezmos de que disfrutaba. Lo que comenzó siendo algo extraordinario, pasó a ser habitual y ordinario. Y las exigencias dinerarias a la Catedral o su Cabildo llegaron a ser, casi, las únicas fuentes de ingresos que tenían los munícipes. Eso explica amenazas, intervenciones de autoridades superiores (¡hasta el Gobierno Central!), etc. Todo vale para el objetivo: donativos forzosos para mantenimiento de tropas, emolumentos, armamento y uniformidad incluidos; funcionariado diverso, gastos que hoy llamaríamos asistenciales, del Hospicio, etc., etc. El punto de arranque formal para la depredación de los bienes de la Iglesia ―nos dice el autor en la pág. 40― va a ser el año 1798, cuando Carlos IV decreta la venta en pública subasta de los bienes de Obras Pías, Fundaciones de Caridad, Memorias y Capellanías…, con objeto de aplicar su importe a la liquidación de la Deuda Pública.

Si la iniciativa había partido del Monarca, ¿qué podían hacer los ayuntamientos? Evidentemente, acudir a Gobierno Civil, Diputación y, como queda mencionado, ¡hasta al Gobierno de la Nación! El subsidio de los diez millones de nueva planta, de 1834, la confiscación de bienes de órdenes suprimidas o conventos, y hasta “El Boletín Oficial de la provincia de Granada, de 4 de septiembre de 1835, insertaba un bando, y el 2º capítulo de las disposiciones de la Junta Gubernativa, por los que se mandaban intervenir todos los fondos de la Junta de diezmos, a la vez que ordenaba que, en adelante, no se debía de pagar nada con cargo a estas rentas sin orden expresa de dicha Junta”(pág. 107).

Quizá por lo expuesto, tanto como por lo que omitimos, para no ser prolíficos en exceso, el autor habla de expolio, sin paliativos. En julio de 1838 la Catedral se declara en bancarrota, “por lo que, dice, debería estudiarse algún Plan para paliar tal desarreglo”(113). Mas, en lugar de ello, 

Al fin, todo el proceso, culmina el 17 de septiembre de 1841, por Ley decretada en Cortes, y sancionada por la Regencia, dando instrucciones al Gobierno, por la que se comunica al Cabildo que se va a proceder a la enajenación de todos los bienes del Clero secular, para lo que el Ayuntamiento de la ciudad pasará a tomar posesión de ellos el día 1º de octubre, a las diez de la mañana. El Cabildo considera que no puede resistir esta Ley y decide que se haga la Voluntad del Altísimo(119).

El epílogo, como queda mencionado, hace referencia solo a hechos acaecidos en la ciudad de Guadix. Por su particularidad, únicamente mostramos, ahora, lo que se mantiene hasta hoy en el plano cultural: desde que a finales de 1854 se estableció en Guadix la imprenta de don José Nieto(135), esta actividad, a la vez comercial y cultural, no ha faltado nunca en la ciudad y se “comenzó a publicar un periódico que llamaron “La Aurora accitana”, en el año 1871” y “En el año 1882 apareció el periódico “La Voz de Guadix”, y en 1883, el otro periódico “El Porvenir de Guadix”. Y el Jefe de Correos quería hacer un libro, o algo así, con todas las celebridades que han existido o pasado por Guadix”(142 y 145). Y esto se continúa dando en la ciudad; un periódico en papel y al menos dos telemáticos. También, con harta frecuencia, tanta, que es difícil la semana o, como máximo, quincena, que no ve la presentación de un nuevo libro.

Los anexos, como se dijo, abarcan muchas facetas distintas: sociales, económicas, poblacionales (censos y demás), ¡y hasta el menú de bienvenida a un obispo!

Se trata de una obra que, además de contener una rigurosa información histórica, resulta en extremo curiosa para conocer algunos aspectos curiosísimos del día a día de la reciente historia de la ciudad accitana. Como sus anteriores, seguramente servirá para que actuales y futuros estudiosos de estas cuestiones acudan a ella con afán de aprender.

Por todo ello, ¡felicidades!, don Carlos.

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