Por Francisco Funes Rodríguez

Las calles de este Guadix que, por perder; ha perdido hasta su frío invernal, anhelaron desde siempre la presencia de Pedro Antonio de Alarcón, desde el mismo día que se fue. Desde el mismo instante en que la fama le encumbró para convertirlo en el eterno testigo fiel de la guerra de África. Tal vez desde el mismo momento que su muerte le convirtió en mito de la literatura española.

Nunca antes se ha recordado tanto al periodista de guerra como en el siglo pasado y este, de tal forma que hasta sus restos fueron repatriados. Tanto se le recuerda que es fácil perderse en el maltrecho casco histórico accitano, esperando  verle salir de cualquier callejón y perderse en la espesura de la madrugada; o, de la oscuridad guadijeña. Probablemente al volver una calle le encontraremos sobre un risco o un pequeño montículo ataviado de soldado, armado con su cuaderno y pluma reglamentaria para escribir la última crónica de la batalla de Tetuán el 4 de febrero de 1860, en la que su destacamento tomó a bayoneta la ciudad. Alarcón, cogió como recuerdo un instrumento musical árabe parecido al rabel, una “guzla” de la tienda del campamento de Muley Hamet, como recordaría tiempo después detallándolo en su despacho.

Al morir Alarcón, sus hijos conservaron intacto durante más de cuarenta años la biblioteca y el despacho del escritor, tal y como nos recuerda un reportaje en ABC, firmado en 1942 por Julio Romano. El periodista hace un relato de situación del despacho y lo describe así “su ancho sillón frailero, donde el novelista pergeñó los libros que había de inmortalizarlo; la gaveta desteñida por el roce del brazo, varios papelillos manuscritos, una abultada cartera –Alarcón fué un gran viajero- llena de cuartillas y de apuntes… Sobre la palmatoria del buretillo había dos cabos de vela cristalizados por el tiempo, y en una mesa fronteriza, había libros dedicados a Alarcón por los grandes ingenios de su tiempo, y un álbum de fotos con las firmas de don José Zorrilla, Alejandro Dumas, Castelar, Valera, Menéndez y Pelayo…” el despacho fue destruido en 1936, tiempo en el que también fueron desaparecidos entre cárceles y checas dos nietos del novelista accitano; un 13 de agosto de 1936 fueron sacados de su casa y ya no aparecieron más. Unos meses antes de esa fecha, murió Pedro Pablo de Alarcón, según contaba su viuda, María Ruiz de Pedrosa. Los años de la dura guerra fratricida fueron demasiado cruentos, demasiado crueles para el recuerdo. Tal vez, hubiera sido tiempo ya de que quedara en el olvido para recordar solo que no debe volver a ocurrir.

De cualquier forma, en 1942, Guadix se plantea la realización de un monumento a Pedro Antonio, si bien es cierto que no fue la primera iniciativa que se llevó a cabo. Apenas habían pasado treinta años de su muerte, el entonces Presidente de la Real Academia de la Lengua, Francisco Rodríguez Marín, según cuenta Manuel J. Ortiz, en su artículo “El monumento a Pedro Antonio de Alarcón”, hizo un “cariñoso” reproche al rico pueblo de Guadix, en un artículo escrito el 23 de mayo de 1923, encuadrado en sus publicaciones “ENSALADILLA: menudencias de varia, leve y entretenida erudición, recuerda un viaje en ferrocarril a Baza y el encuentro con un “riquito” guadijeño apellidado Fernández, amigo de sus buenos amigos de Guadix, como el Magistral Domínguez, al que califica de –razonable poeta, excelente novelista y excelentísimo orador sagrado- de cualquier forma, la conversación de nuestros personajes, según cuenta Rodríguez Marín, versa sobre la figura de Alarcón y la falta de una estatua; “hablamos –dice- largo y tendido de muchas cosas, entre ellas de que era bochornoso que en la rica Ciudad de Guadix, patria chica de don Pedro Antonio de Alarcón, no tuviera el autor de “El Escándalo” ni una humilde estatua a los veinte años de su muerte”.

1923, fue precisamente el año en que, en Madrid, el periódico ABC, inicia una campaña para que la capital de España tuviera un monumento del “Testigo de la Guerra de África” Lorenzo Coullaut Valera, realizó un boceto del monumento por encargo del ayuntamiento de Madrid, pero… todo quedó en el olvido. El boceto, como se puede observar en la fotografía que ilustra este artículo, reflejaba con fidelidad la figura del soldado periodista de guerra Alarcón. Tiempo después se intentó recuperar el Testigo de la guerra de África para la realización del monumento en Guadix, pero tampoco llegó a buen término.

En Guadix, aun cuando la población y los círculos culturales estaban orgullosos del autor de “El Niño de la Bola” o La traviesa molinera”, no ven el momento de hacer un monumento, sin embargo, se da nombre a una calle y avanzado 1933, se otorga nombre al recién creado Instituto Elemental de Segunda Enseñanza “Pedro Antonio de Alarcón”, que llevó a cabo con motivo del centenario de su nacimiento, campañas de concienciación y lectura de las obras del autor que, no pudieron continuar de 1936 a 1939.

Ya en 1942, comienza a gestarse la idea del monumento y hay un gran despliegue para conseguir que este sea una realidad. A pesar del gran interés de la ciudad, ahora más que nunca, el monumento que hoy se encuentra en el parque municipal, no fue instalado hasta 1958, obra de Juan Polo García, profesor de la Escuela de Artes accitana. Desde el 24 de septiembre de 1958 y durante varios días más se celebraron las fiestas y una serie de actos que dieron con la inauguración oficial del monumento que ha llegado a nuestros días tal y como lo conocemos.

Habían pasado sesenta y siete años de la muerte en Madrid de este genial accitano que se reencontró con Guadix, más de cien años después de su nacimiento para que sus restos descansaran para siempre.

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