Por Antonio Rodríguez Gómez

Desde que Pedro Antonio de Alarcón llegó a Madrid, con apenas veinte años, hasta su muerte, con casi sesenta,  fue el perejil de todas las reuniones. Dotado de una indudable chispa andaluza, además de atesorar un amplio bagaje de experiencias personales y ser un pozo de anécdotas históricas y tradiciones populares, era huésped demandado en los cenáculos literarios, tertulias aristocráticas y cónclaves políticos. Él mismo mantenía una animada tertulia en sus casas de la calle Atocha y de Valdemoro.

Asistía a tertulias de todo tipo: de respeto, de confianza, de buen tono y las guasonas  (él se consideraba así mismo “franc-guasón”) y su ambiente es descrito por Alarcón en innumerables ocasiones. Las hay de todo tipo. Valga como ejemplo la tertulia de don Cecilio de la Roda, en Albuñol: “figuraos, en fin, dentro de esa casa una tertulia como las del mundo civilizado: su camilla con su brasero, su alegre quinqué, una amabilísima señora, cuatro señoritas a cuál más guapa y más discreta, un afortunado novio, delicadas labores, libros modernos, chispeantes conversaciones, amor en unos ojos, en otros melancolía, en otros jubilosa indiferencia, sonrisas en todos los labios, buenas ausencias hechas a personas queridas …”, tan distinta de esta otra, en plena guerra de África: “alguna que otra tertulia de oficiales, que almorzaban a aquella hora, pan y queso, salchichón y vino, sobre la tierra que acababan de ensangrentar sus compañeros… ¡Qué alegre, qué animada, qué marcial perspectiva!”, y de esta otra, más cosmopolita: “A las ocho, la fonda; a las nueve, el teatro; a las doce la tertulia, el té, la buena conversación en torno de la chimenea, el tête-a-tête con la dueña de la casa en que tenéis el privilegio de quedaros rezagado; a las tres la última vuelta por el casino, el chocolate final… y, en fin, a las cuatro a casa”. Sin duda la más envidiable es la del molinero, que se desvivía “en su tertulia vespertina, ofreciéndoles… lo que daba el tiempo, ora habas verdes, ora cerezas y guindas, ora lechugas en rama y sin sazonar (que están muy buenas cuando se las acompaña de macarros de pan y aceite; macarros que se encargaban de enviar por delante sus señorías), ora melones, ora uvas de aquella misma parra que les servía de dosel, ora rosetas de maíz, si era invierno, y castañas asadas, y almendras, y nueces, y de vez en cuando, en las tardes muy frías, un trago de vino de pulso (dentro ya de la casa y al amor de la lumbre), a lo que por Pascuas se solía añadir algún pestiño, algún mantecado, algún rosco o alguna lonja de jamón alpujarreño.”

Existe una fotografía, en la que aparece el accitano; es el primero a la izquierda, y vemos cómo compartía tertulia con personajes tan dispares como el republicano Pérez Galdós, el ultraconservador y católico Menéndez Pelayo, de quien además había de soportar su mítica halitosis y otros malos olores;  el marqués de Miraflores,  director del diario La Época, donde colaboraba frecuentemente Alarcón;  el novelista  carlista José María Pereda, el conde de Navas, erudito  curioso y  académico, que precisamente dedicó su discurso de entrada en la Academia a las tertulias, y en el que menciona como buen tertuliano a Alarcón; el venerado Juan Valera , de amplia tradición liberal; un asistente desconocido, que ha sido identificado con Rubén Darío o Andrés Mellado; y  el diplomático argentino Carlos Ocantos, también novelista. Datamos la fotografía entre 1886 y 1890, años en que Ocantos ocupó la  embajada española.

La tertulia obedece a la cena ofrecida por Ocantos en el palacio del conde de las Navas. Suponemos que la cena fue copiosa y la charla animada. Solo sabemos que hubo un sabroso debate sobre el término que podría sustituir al galicismo “menú”. Propusieron comida, minuta, puchera, etc. Alarcón prefería el término lista, por ser el más frecuente en las fondas españolas.

 

 

Deja una respuesta