Por Antonio Rodriguez

José Ochoa fue un delincuente tan desconocido actualmente como  popular en su época. Su biografía tiene todos los ingredientes de una novela o una película que podríamos subtitular con las etiquetas de intriga, thriller, romántica, misterio, estafa. Llevaba una doble vida, era seductor, cínico, temerario, burlón y culto. Sus hazañas saltaron a la prensa entre 1900 y 1910 y nos recuerdan las películas de Lubitsch.

Según sus propias declaraciones había nacido en Guadix en 1880. Evolucionó de ser un pobre diablo, un timador del hampa madrileña a un estafador y ladrón de guante blanco que se movía en los ambientes lujosos de los balnearios y casinos frecuentados por millonarios y, sobre todo, millonarias internacionales.

Saltó a la fama muy joven, cuando, estando detenido por pequeños hurtos, consiguió burlar al propio gobernador de Madrid, don Santiago Liniers, al que pidió personalmente licencia para asistir a los últimos días de su progenitor. Conmovió de tal forma al bondadoso gobernador que no solamente se lo concedió, sino que también le dio dinero (cinco duros) para costear lo necesario para el viaje.  En Alcázar de San Juan burló a los guardias civiles que lo vigilaban y se escapó. Entonces era conocido como “El Compare de Guadix” o “EL Cabezón”.

Accitania

En compañía de su pareja, Silveria Campillos, continuó sus hazañas en Barcelona, haciéndose pasar por experto chauffer y aviador deportivo y experto “en general en todos los deportes modernos”. Se ganaban la confianza de jóvenes adinerados, especialmente extranjeros, y luego les robaban. Entonces empieza a ser conocido por la prensa y la policía como “El pollo de Guadix”. Por si faltaran más elementos exóticos, añadamos que la bella Silveria era hermana de un torero valenciano.

Ampliaron sus operaciones a lugares cosmopolitas de ambos hemisferios como Spa, Biarritz, la Costa Azul, Florencia, Montecarlo o incluso El Cairo, en donde timaron a aristócratas como a la duquesa de Alba o lady Bonn (esposa del millonario banquero sir Max Bonn), a quienes robaron joyas por valor de 250.000 francos. A otra aristócrata de Baden-Baden la pareja engañó y se apropió de “un collar de perlas valorado en 80.000 duros”. Especialmente temerarios fueron los robos en Saint Moritz y Cannes.

En París adquirieron una lujosa residencia de seis pisos que convirtieron en hotel y en la que desvalijaban a sus huéspedes. Cuando la policía les pisaba los talones pudieron escapar y permanecieron en situación  de desaparecidos hasta que los gendarmes Benoit y Gerbes los localizaron en Milán; se hospedaron en el mismo hotel que los sospechosos, “en el hotel más lujoso de la población”,  espiaron sus actuaciones (ella distraía a las víctimas mientras él desvalijaba sus habitaciones armado con una ganzúa articulada fabricada por el accitano y “una linterna sorda”¿?) y los denunciaron a los cuestores italianos, quienes los detuvieron cuando se disponían a tomar el tren a Florencia. Él fue condenado a un año de prisión y ella a tres meses, pero salieron antes en libertad. Entonces se pierde su pista, aunque seguro que continuaron sus trapacerías.

Reconoce El Imparcial de 8 de mayo de 1910 que “Entre los ladrones internacionales, Ochoa es considerado como el rey de las ratas”.

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