Por Antonio Rodríguez Gómez

El caíd de Guadix recibió con disgusto el anuncio de la visita del sultán Yusuf I para el día treinta y uno de abril. La ciudad siempre había sido hostil a los reyes nazaríes de Granada y hacía alarde de su orgullosa independencia siempre que podía. Ni siquiera valió para salvar ese recelo el hecho de que el rey hubiera mandado al príncipe heredero, el futuro Muhammad V, a educarse en la madraza de la mezquita de  Guadix. Incluso este fue esquivo con su padre, que mostraba aparentemente predilección por su hermanastro Ismail, de quien no se separaba.

La visita nos ha sido narrada por el visir de Yusuf, el lojeño Ibn al Jatib en su obra “Visión de la amada ideal en una gira inverniza y estival”, traducida por  Fernando N. Velázquez Basanta (la amada a la que se refiere el título es la ciudad de Almería).

La comitiva del sultán venía de visitar la casa de la famosa poeta Hamda en los Baños de Graena “para evocar la alameda de sus encuentros amorosos y declamar sus versos sobre el río Alhama” y después acampó en las afueras de Guadix, en las proximidades del Humilladero, pues el sultán, propietario de más de treinta almunias, no tenía ninguna residencia en Guadix. Desde el campamento divisaban el río, las huertas, la muralla de la ciudad y la sierra al fondo. Fue un día frío, en el que no dejó de llover; la gente acudió con desgana a la llamada del caíd para aclamar a su rey, como una obligación, una imposición, y los viajeros no pudieron dejar de observar el estado ruinoso de sus murallas y la decadencia de su antes floreciente zoco, producto del desapego a las órdenes reales (“por causa de su sedición se ha secado lo que había brotado”); por eso recuerda Ibn al Jatib los versos de Ibn afi l-Afiya: “Si te detienes en Guadix/ pide ¡Alá, líbrame de la  picadura de los maledicentes!/  ¿Es posible la tranquilidad/ en la ciudad donde viven las serpientes?

La visita del último día de abril fue, pues,  la crónica de un desencuentro. Los ilustres visitantes marcharon al día siguiente bajo una inclemente tormenta hacia Gor y continuaron su viaje de inspección de las fortalezas orientales del reino. Fueron a Baza, a Vera y a Almería, donde la expedición se detuvo cuatro días antes de regresar a Granada.

Veinte días después de su primera visita, regresó el sultán a Guadix. Ahora, el encuentro fue totalmente diferente.

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Tras pasar los llanos del Marquesado, ese “extenso tapiz que es considerado un mar terrestre”, según Ibn al Jatib; llegaron a Guadix, justo cuando amanecía. Ahora la ciudad “corrigió lo que había pasado la primera vez”  y sus habitantes sorprendieron a la expedición abarrotando las calles con alegría y con sus mejores galas. Les llama la atención que se mezclen los hombres con las mujeres y choquen sus cuerpos sin pudor, y que las mujeres lleven el rostro totalmente descubierto, la cara maquillada (“los rostros rojos como los estandartes”) y los ojos pintados seductoramente (“como flechas”). Felices por esta jornada, pernoctan otra vez en las afueras de la ciudad y parten al amanecer hacia el río Fardes, hasta alcanzar las proximidades del actual paraje Molinillo, donde se halla “una de nuestras casas habituales”.

El propio Ibn al Jatib agradece la noche pasada “con alegría” y agradece a la providencia, con elocuente insinuación,  “los favores recibidos con generosidad”, aunque no quiso borrar la mala impresión de la primera visita.

 

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