Ornato e higiene

I

Uno de los primeros edificios que contemplan los viajeros que llegan a esta ciudad, es una casucha vieja y fea que sitúa en, la calle de San Torcuato, compuesta únicamente de un piso bajo y raquítico.

En su fachada existe una tribunilla donde está colocada la imagen de la Purísima Concepción alumbrada por un grasiento farol que alimenta la caridad del vecindario; más abajo se lee esta frase «Matadero» esculpida en una losa de mármol que se conoce fue blanco, pero que en la actualidad parece de color de ceniza; y más, aún existe una piedra algo más grande, la que contiene estas palabras:

HÍZOSE ESTA OBRA SIENDO CORREGIDOR EL SR. D. MANUEL ANTONIO DE LEÍVA Y PERALTA.

AÑO DE 1606

El viajero por lo tanto ve en aquel monumento propiedad de esta población, el lugar destinado por nuestros antecesores a matadero público.

No sabemos por qué tuvieron la infeliz ocurrencia de construir aquel en un sitio que está habitado, y por ende rodeado de casas y de calles, para las que en primer lugar es un peligro constante.

Así se comprende que las epidemias que de cuando en cuando asoman su, cariñosa cabeza por aquí, se hayan cebado de tan insistente y fatídica manera en los habitantes de la calle de san Torcuato y en otras adyacentes a ella.

La conducta de nuestros abuelos la continuaron nuestros padres, y esa misma viene sostenida hasta el momento presente por todos los hombres que han pasado por la administración local, habiendo respetado el edificio que sigue dedicado a su proverbial destino, en daño:

De la higiene pública y

Del ornato también público.

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Sigamos la comenzada descripción del edificio.

Si alguien penetra en él, verá que se compone de un lugar techado y ruinoso, donde se sacrifican las reses que se destinan al consumo.

De un pasadizo que sirve de antecámara al techado, no muy limpio, en el que hay un poyo cuyos ladrillos han perdido su color primitivo por no recibir otra agua que la que cae del cielo, no conociendo tampoco lo que es un estropajo.

Y de un corral en el que estos años anteriores y por punible abandono, una de las matanceras cuyo nombre saldrá a la vergüenza pública si se hace preciso, que no se liara porque la autoridad local ha tomado

acertadamente parte en el asunto, hacia las siguientes, que son recomendables operaciones, para aquellos que no tengan rudimentos de lo que es el aseo y la limpieza.

Adquiría algunas cargas de rastrojo que mandaba extender en él. Seguidamente las hacía rociar con agua en abundancia, siguiendo en esto la práctica del Dr. Sangredo.

Después todas las suciedades que sacaban del vientre de los animales muertos, y todos los despojos no vendibles, se iban depositando en el estercolero que se convertía en pudridero al aire libre, porque aquellas cosas no se enterraban, sino que se dejaban a la flor de la inmundicia.

Luego se hacía un todo con las diferentes partes que se amontonaban, y en cuyo montón seguían depositándose los despojos subsiguientes.

Por último, aquello estaba allí hasta el mes de marzo que se enajenaba por su dueña a los labradores, ora para sembrar cáñamos, ora para poner patatas.

Y a esto, los buenos y pacienzudos habitantes de la expresada calle sufrían con estoica calma las operaciones de la señora, los malos olores que despedía el fétido montón, las averías que proporcionaba a su salud y a la salud de sus hijos, y ni. exhalaban una queja, ni hacían una reclamación, ni siquiera decían lo que. sucedía a la autoridad ni a ninguno de sus subordinados.

Tal estado de cosas cesó en el invierno último cuando impuesta la autoridad local de lo que sucedía por un vecino menos prudente que los otros y más amante de las reglas de policía urbana, determinó con aplauso de todos que la basura se retirase a paso redoblado, dejando expedito el corral del matadero.

Mas eso no es suficiente; es preciso que se haga algo más y a ello han de dirigirse nuestros esfuerzos contando siempre con que la corporación municipal atenderá nuestros clamores y estará al lado de la Justicia.

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