RAMOS Y PALMAS.

Si no existiesen evidentes y reiteradas pruebas de la inconstancia e inconsecuencia de los hombres, la triunfante entrada de Jesucristo en Jerusalén el Domingo de Ramos, y los sucesos posteriores, la evidenciarían determinante manera.

En efecto:

El Salvador se acerca a la ciudad,  la multitud le espera, le aclama y le vitorea, repitiendo en coro ¡hosanna al Hijo de David! saludándole y bendiciéndole como Rey venido en nombre del Señor, como enviado a redimir la raza humana, como Mesías y como Maestro, llevando en sus manos palmas, ramas y hojas de árboles, que arrojaban al suelo por donde había de pasar, tapizándolo

con ellas y con sus vestidos que tendían en el camino.

Jesucristo conocía demasiado el corazón del hombre, y la iniquidad de la ciudad deicida, y lejos de regocijarse, al llegar cerca de ella derramo lágrimas, y habló así: ¡Jerusalenl ¡Jerusalen, que matas a los profetas y apedreas a los que a ti son enviados: cuántas veces quise recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus polluelos bajo sus alas, y tú no lo has querido! ¡Ah, si por lo menos conocieses en este día que se le ha «dado lo que puede al raerte la paz o la felicidad: mas ahora está lodo oculto a tus »ojos! Porque vendrá para ti un tiempo en que tus enemigos te circunvalarán y te rodearán de contramuro y te estrecharán por todas partes, y le arrasarán con los hijos tuyos que tendrás encerrados dentro de ti y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto has desconocido el tiempo en que Dios te ha visitado.

¿.Si la mutable condición del hombre no se oculta al hombre mismo, cómo había de oscurecerse al Dios hombre?

De aquí indudablemente las lágrimas de Jesús, sus lamentaciones y vaticinios para lo futuro.

El conocimiento del corazón humano le predecía lo que tenía que acontecer; aquellos mismos que le recibían ensalzándolo, bendiciéndolo y alabándolo, habían de ser en corto espacio de tiempo sus acusadores, sus sentenciadores, sus infames verdugos, produciéndole tormentos sin cuento, vejaciones sin fin, mofas y burlas sangrientas, y después crucificarlo cual se crucificaba a los ladrones, seres los más abyectos y despreciables del Universo mundo. Y todo, ¿por qué causa, por qué delito? por procurar al hombre la salvación eterna, por ofrecerle la imperecedera dicha; por redimirlo de los horrores de la muerte eterna; por rehabilitarlo, por hacerle el rey de la creación, y producirle en su alma los más nobles ímpetus, las pasiones más puras, las inclinaciones más en armonía con la moral, y legarle el Cielo a costa de muy pequeñas privaciones:

De creer en los artículos de la fe.

De observar los mandamientos de la Ley de Dios.

De practicar las obras de misericordia.

Es decir, de vivir cristianamente sin necesidad de exageraciones y grandes mortificaciones.

No es extraño, por lo visto, que el hombre haya continuado y continúe hasta el fin de los siglos siendo variable, odiando hoy lo que ayer apeteció: queriendo al presente lo que en el porvenir mirará con indiferencia, aspirando a nuevas cosas, para no conocer su valor luego que las consigue.

La historia de los pueblos y la historia de los hombres nos suministran ejemplos y enseñanzas sin cuento.

Una nación aclama como adecuada para llevar sobre si el poso de su gobernación a persona determinada; no hay otra más apta, más apropósito que ella, es su verdadero ídolo, su más constante entusiasmo, mas después con el protesto más fútil le produce cansancio, modifica sus pensamientos y afectos acerca de ella, y le derrumba de las alturas en que le colocó.

Es aclamado un hombro como genio superior; en aquel entonces se le apetece, se le mima; mas luego viene el olvido, y muchas veces sucumbe desamparado de todos.

No necesitamos remontarnos muy arriba para justificar con la Historia en la mano la inconsecuencia de la raza humana. La Historia de la revolución francesa del año 1793; de Inglaterra en sus diversos períodos, comprendidos desde 1625 a 1688, y de Roma durante los años de 1846 a 1860, y los nombres de Colón, María Estuardo, Carlos I de Inglaterra, Luis XVI, María Antonieta y otros que no nombramos por demasiado sabidos, justifican también, decantan, enseñan, la verdad de nuestras aseveraciones.

Y en nuestros tiempos ¿no hemos visto emperadores, reyes, presidentes de repúblicas, hombres de estado, inventores célebres, ser venerados un día, proclamarse sus triunfos como excelentes, y sus adelantos como la crema de la civilización y del progreso, y al poco tiempo han caído de las cumbres de la popularidad con estrépito, sumiéndose en el más completo desprecio e indiferentismo?

Pues he aquí la condición constante de los hombres, aun viendo y entendiendo. En Jesús veían al ser sobrenatural, que obraba sobrenaturales prodigios, y entendían que predicaba la perfección humana, en aquellos mismos momentos le prestaban adoración, lo recibían con palmas y olivos, luego, un poco más tarde, lo crucificaban.

GARCI-TORRES.

UNA LÁGRIMA.

Como prenda de gratitud, concedemos hoy un lugar en nuestro semanario al recuerdo de nuestro inolvidable amigo y compañero en la redacción de El Eco de Occidente, el autor de la siguiente oda, enorgulleciéndonos de haber sido sus más fervorosos admiradores en aquella época en que el Liceo de Granada, dictaba reglas poéticas a las más cultas sociedades, no solo en nuestra península si que también fuera de ella, por aquella pléyade de ingenios, que dispersos después, supieron conquistarse un nombre glorioso en la república de las letras. Pepe Salvador, era el maestro: ¿qué nos ha quedado de él?. Poco, muy poco, su modestia vive solamente en los corazones agradecidos. Una lágrima más sobre su tumba.

Circular.

  1. Maximino Labella González presidente del Sindicato de riegos de la Acequia del Chiribaile de esta Ciudad.

Hace saber: Que habiéndose acordado ayer por dicho Sindicato convocar a todos los interesados que constituyen la comunidad para el día diez y siete del actual y hora de las diez de su mañana a los salones del Ayuntamiento de esta Ciudad con el fin de discutir las nuevas ordenanzas, lo participa por la presente a dichos Sres. participes, advirtiéndoles que los que no concurran estarán y pasarán por lo que acuerde la mayoría de los asistentes sin necesidad de otra convocatoria.

Guadix 25 de Marzo de 1892.

MAXIMINO LABELLA

 

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