LA VENTA DE NUESTROS MONTES.

Con rigurosa exactitud se cumplió 1a parte primera del programa.

El día diez a las doce de su mañana, se procedió por el Juzgado y Comisionado de ventas a la subasta de los pedazos señalados para este día.

Los lotes objeto de la licitación eran el 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20 y 22 calificados como de menor cuantía, todos los cuales fueron rematados por don Manuel Lomeña con excepción del 19, que lo fue por don Juan

José Serrano Cabrera.

Hubo varias protestas;

D. Miguel Mª Honrubia y Ramírez hizo una acerca de venta del lote 19.

D. Juan Ortiz Vera como marido de doña Tomasa Minagorre, otra sobre; la enajenación del lote 20, por encontrarse comprendido en él una finca de indicada señora.

Don Juan Fernández la hizo con referencia al lote 22.

Y el síndico de este Ilustre Ayuntamiento don Francisco Barroso, por lo respectivo a todos los lotes, tan enérgica como respetuosa, en beneficio de la Hacienda, del Municipio y del pueblo.

El. ACCITANO se asocia a la protesta de la corporación municipal, y al duelo de este sufrido vecindario.

Solo nos resta hacer uso de las acciones legales de que Guadix se encuentra asistido y la asamblea popular está animada de este sentimiento, que pondrá en práctica con todo el patriotismo que es de esperar en casos como el presente.

Una consideración:

Si los ínclitos e invictos Reyes Católicos pudieran levantarse de sus sepulcros por un instante siquiera;

Si nuestros mayores pudieran dejar sus tumbas momentáneamente, verían destruida la obra que edificaron en pro de los hijos de esta ciudad y volverían con honda pena a sus sepulturas.

Ilustre Ayuntamiento, todo por y para Guadix: si el derecho está de nuestra parte y la Ley nos cobija y ampara, a la defensa, que una vez justificada nuestra propiedad, los poderes públicos inspirados en la Justicia anularán lo hecho, y nos devolverán lo que nos corresponde.

UN BARRIO DE OBREROS.

Triste y difícil es la condición de las clases pobres.

La fortuna ingrata por lo regular con los que sufren y complaciente siempre con los que nada necesitan para llevar buena vida, condena a aquellos a pasar innumerables penalidades y una de ellas en esta población, es, tenerlos sujetos a habitar en cuevas especie de sepultura que se pica en los cerros arcillosos para estar continuamente enterrados, sí enterrados pueden juzgarse aquellos que por arriba, por abajo, por delante y por detrás no ven en su domicilio sino tierra: desde que nacieron, nacieron enterrados y esto ha sucedido desde remotos tiempos, sin que se haya procurado por las sucesivas administraciones mejorar tal estado de cosas, comenzando por negar las autorizaciones que se impetran para la construcción de nuevas cuevas, fundados en razones de salubridad y ornato, pues los que habitan en ellas están expuestos a múltiples enfermedades, no estando tampoco garantizada su seguridad personal, toda vez que con frecuencia hay que lamentar hundimientos de fatales consecuencias, ya ocasionados por la poca resistencia de los terrenos, ya por la persistencia de las lluvias que las van recalando paulatinamente hasta que las destruyen por completo.

Mas para ello, era preciso proporcionar a dichas clases, locales sanos y apropiados, no pudiendo ser otros que casas económicas en las que por un módico alquiler disfrutaran de ciertas comodidades que le están vedadas en la actualidad; esas casas constituirían un barrio de obrero preciso aquí de todo punto.

Los municipios anteriores al año de 1880 tuvieron medios para llevar a cabo esta empresa que hubiera dejado a su erario buenas ganancias, después de haber hecho un singular obsequio a los pobres, y dado a la población un aspecto más agradable que él ofrece en los centros formados por esas ratoneras humanas.

En esos años producían los montes con sus espartales codiciados lo suficiente para ello, y no se pensó en tal cosa: después sucedió la depreciación del fruto; hoy los rendimientos son escasos, y esto y las múltiples atenciones que pesan sobre el pueblo, hacen que de él y en su representación de los ayuntamientos, nada puede esperarse con relación al asunto de que tratamos.

Reconocemos por lo tanto:

La necesidad de que las cuevas vayan desapareciendo y la conveniencia de que no se construyan otras.

La imposibilidad por parte de la administración de atender a la edificación de uno o más barrios de obreros.

Ante tales conclusiones, tales conveniencias y tales imposibilidades, no tiene otra solución el problema, que la iniciativa particular y esa aquí es casi nula, tanto porque los capitales son pocos, cuanto porque las contadas personalidades a quien es dado acometer la empresa, prefieren otras que les son más familiares y conocidas.

Solo resta la esperanza de que luego que se abran al público las líneas férreas en construcción, vengan de otra parte hombres que la lleven a término, para que después de realizada murmuremos de ellos y aseguremos en serio que han venido a explotar nuestro país, lo que no nos permite a nosotros nuestro carácter frívolo y perezoso, y en esto no tendríamos razón.

EUDORO.

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