UN PACTO EN CIERNE

II

Notables son las desventajas que ha de reconocer esta población de ser común la estación GUADIX en las líneas férreas dichas Murcia-Granada y Linares-Almería y común el trayecto que media en esta última vía, hoy en construcción, desde el Humilladero de esta ciudad o estación La-Calahorra, al pueblo de Moreda; desventajas que se tocarán bien pronto por los comerciantes, productores e industriales, que tienen necesidad de concurrencia a quien vender sus productos o sus géneros, y que liaran descender la importancia que estamos en vísperas de alcanzar tarde en verdad, pero lo damos por bien empleado, con tal de llegar a nuestras justas aspiraciones.

Por el contrario de ser distintas e independientes las estaciones que han de existir en esta ciudad, o independientes y distintos también los caminos de hierro, sucederá indudablemente:

Que el tráfico será mayor.

Mayor la cantidad de empleados que en ellas han de invertirse.

Mayor el número de carruajes que han de ocuparse en la conducción de personas y cosas.

Mayor el movimiento en la población.

Mayor el número de pasajeros que nos visiten y dejen aquí recursos pecuniarios.

Preciso el enlace de una con otra estación, y por consiguiente el trasbordo.

Mas importante este centro, que se intenta ceda en beneficio de Moreda, parte esa misma importancia.

Los viajeros que se dirijan a Madrid y demás poblaciones del Norte, que procedan de

Granada y de Murcia tendrán al llegar aquí, que trasladarse de la estación de esta vía a la otra de Linares-Almería, y los que procedan de estos centros y pueblos asimilados, a la de Murcia-Granada y ello dejará a los industriales de ciertos ramos de esta población, ganancias que no son despreciables.

El comercio no sufrirá menoscabo en sus intereses, porque sus géneros ya importados ya exportados, ora se dirijan a este, ora aquel lugar, tienen que hacer idénticos gastos de locomoción y acarreo.

De ser comunes las estaciones referidas, los pasajeros que procedan de Granada y se dirijan a la capital de la Nación y poblaciones del Norte no llegarán aquí, y partirán hacia allí desde Moreda.

Guadix perderá la preponderancia que de derecho le corresponde, de ser uno de los principales centros de España, en gracia a su posición topográfica.

Y habrá que lamentarse por la generalidad de las gentes los males que antes dijimos.

Hemos de tener presente que se trata de un hecho de interés vital para nosotros, y que no es cosa de tocar los perjuicios por definido periodo de tiempo, es para siempre; quizá hasta que los hombres en los venideros tiempos inventen medios de transporte y locomoción más baratos y rápidos, en cuyo día morirán las vías férreas, como actualmente las carreteras han sido sustituidas por éstas.

Esto quiere decir que no debemos dormirnos en los laureles conquistados en fuerza de tiempo y paciencia, y que debemos hacer cuanto esté de nuestra parte para que no se lleve a término nada que perjudique nuestro rango y nuestros intereses materiales.

Concluimos: ¿Caso de que las empresas hagan el pacto, no hay otra tercera persona jurídica que celebró contratos con ellas, y con quien hay que contar para lo que sea objeto de modificación de todas o de alguna de las condiciones de las convenciones que se perfeccionaron y terminaron en Madrid en el acto solemne de la subasta?

¿Qué dirá el Estado?

¿Qué hará?

¿Consentirá que a sus espaldas se lleve a término la estipulación?

¿Y si se cuenta con él, la indemnización y subvención concedida por kilómetro de vía, subsistirá en los que se quieren ahorrar, con perjuicio de la Nación, o le suspenderá su abono como es de rigor?

En tal hipótesis ¿qué van ganando las compañías? algo sí, pero muy poca cosa.

Por lo tanto; llévese a efecto la ejecución de ambas líneas en armonía con las estipulaciones celebradas, en bien de todos, que lo demás es alteración inaceptable.

GARCI-TORRES.

UNA NOTA DE COSTUMBRES

Amaneció el día de san Antón. Ligera neblina velaba en las primeras horas la diafanidad de la atmósfera, mas disipóse aquella y las vibraciones luminosas del Ígneo globo que alienta la creación trasmitiéndose al éter, llegaban a nosotros comunicando a nuestros cuerpos un tibio y dulce calor que alegraba los ánimos.

En diversos sitios, veíanse aun las cenizas de las hogueras que en la anterior noche habían sido encendidas según tradicional costumbre en honor del santo. Repicaba aturdido el esquilón de la ermita donde se venera y en cuyo rededor bullía una abigarrada multitud alegre y regocijarla, que allí acudía impulsada por religioso espíritu.

Los mozos del barrio, luciendo la blancura de sus camisas aparejadas con gran esmero para aquel día y atado a sus cabezas el hasta entonces plegado y replegado pañuelo de seda que en anteriores noches les entregaran con aquel objeto sus novias, eran los héroes de la fiesta. Cogidos a las astas de toros y becerros adornados con moños, lazos y banderolas, se precipitaban junto al pórtico de la ermita, desde donde después de recibir un mediano baño de agua bendita y dar las nueve vueltas sacramentales, se dirigían corriendo y saltando a la ciudad, especialmente a los lugares donde pudieran encontrarse sus amadas, alardeando de muchas cosas en ellos características.

Más tarde, varió el espectáculo. Desde la fiesta de los primeros tiempos, pasamos al sport moderno, y vimos convertirse el camino de la ermita en hipódromo, con grave riesgo de los romeros.

Pero lo más sic de la fiesta, como es natural, eran las romeras: ¡qué romeras ! Todos las conocemos, todos las admiramos y todos… Vimos coches que parecían búcaros cuya fragancia respiraban como alopiados los más selectos pollos de nuestro repertorio. Contemplamos algún que otro idilio, algún que otro dúo de amor, y no pocos tercetos por la intervención de la mamá. Nosotros al admirar tales grupos, procurábamos separarnos de ellos, cumpliendo uno de los primeros mandamientos que ordena no estorbar y exclamando para nuestro capote con un célebre cuentista «al que Dios se la dé, no faltara quien se la bendiga.»

¡Ah! Olvidábamos decir, que terminó el día en medio de tanto regocijo sin que a pesar de los trasiegos efectuados sucediese ningún suceso desagradable.

A. DEL CASTILLO.

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