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Home Opinión LA VIDA ALREDEDOR. Deseos de vivir

LA VIDA ALREDEDOR. Deseos de vivir

Por Redacción
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Por N. REYNOL      

El periódico de hace unos días publica un hermoso reportaje: dos personas, hombre y mujer, reflexionan sobre sus vidas, condicionadas  por la enfermedad que sufren  hace ya un tiempo. En una conversación sincera y realista,  asumen las circunstancias de la enfermedad, son conscientes de su cercano final, pero  aun manifiestan deseos de vivir  y de planificar su  futuro. Juan  era un deportista conocido, padece esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y se desplaza en una silla de ruedas. Ella,  actriz reconocida, le diagnosticaron  alzhéimer  cuando profesionalmente había alcanzado la madurez como artista. La conversación  entre ambos, que describe el reportaje, podía haber derivado en un rosario de lamentos, en una queja  permanente ante las  dificultades que han aparecido en sus vidas. Todos los días, de la mañana a la noche, se enfrentan a un desafío incontrolado, pero el reportaje es una lección de valentía y esperanza porque los protagonistas están convencidos de su proyecto vital, hasta que sus cuerpos no puedan obedecer las órdenes de su mente o su cerebro no sea capaz de organizar su vida.

Carmen y Juan han aceptado la enfermedad, aunque la primera  manifiesta que, para ella, esta situación  tiene plazo y  concluirá cuando “yo no sea  yo”;  entonces no querrá  estar aquí. Reivindica una vida digna  ahora que ha hecho pública su situación. Recuerda con horror y angustia los cortocircuitos mentales que sufría en el escenario: olvidos del texto,  falta comunicación con sus compañeros,  miradas inquisitivas del público..; en definitiva,  el  pánico escénico de saber que tenía que participar, que era el momento de hacer vibrar su voz y no recordar el texto memorizado cientos de veces. Carmen  anunció públicamente que padecía alzhéimer,  abandonó  su profesión de actriz comenzando una nueva una vida sabiendo que perderá  la memoria, quizás otras capacidades, y también su propia historia, que todavía recuerda, aunque ya perdió una parte de la vida vivida. Comprueba con estupor  que las cosas van desapareciendo con el paso de los días, se borran del recuerdo desapareciendo del inventario de la memoria. Actualmente visiona mentalmente  aquellos momentos y piensa  que los de ahora  tienen un valor distinto. Son sentimiento que la hacen desdichada,  le embargan el ánimo de pena y nostalgias, pero también siente agradecimiento  y alegría por  la capacidad que  mantiene para disfrutar de lo cotidiano y  del amor de la gente, porque sentirse querida y arropada, para Carmen, es el mejor regalo de su entormo

Juan conserva su capacidad cognitiva, más aún, desde que la ELA se instaló en su cuerpo ha tenido oportunidad de  madurar  física y mentalmente comprendiendo  mejor  el mundo que le rodea. Se ha vuelto más crítico y polémico con todo lo que ve, oye y toca. Tiene la seguridad que  luchará hasta que sus  fuerzas lo permitan,  porque ha sabido aceptar  y acoplar su vida a las limitaciones impuestas por la enfermedad. En  tiempos pasados, Juan vivía del esfuerzo de su cuerpo, sometido permanentemente  a un programa de mantenimiento y resistencia.

 Su actividad era la propia de un atleta de élite y en la actualidad se encuentra en una silla de ruedas y dice insistentemente que es una persona feliz. Ha aceptado su destino y se esfuerza en seguir viviendo y  ayudando a miles de personas que sufren la ELA, incluso en peores condiciones que él.  Ahora dice Juan que se “siente útil aunque de forma diferente al resto de su vida”. Todas sus respuestas y reflexiones denotan una personalidad equilibrada y razonable, aunque se subleva contra la situación que padecen muchos enfermos de la ELA por falta de recursos económicos que le impiden tratar su enfermedad  decentemente e  incorporarse  a la sociedad en condiciones de igualdad y competencia.  Muchas personas que sufren enfermedades invalidantes se refugian en la religión aceptando su futuro con resignación y paciencia. No es el caso de Juan que dice ser ateo y quiere aprovechar el tiempo que esté aquí  para  exprimir la vida  y, cuando llegue el día, marchar con el convencimiento de haber  vivido como quería.

Juan y Carmen se conocieron cuando el periodista les invitó a hacer el reportaje. La  cercanía de su final no les  impidió aceptar la invitación y exponer  reflexiones y vivencias de su  vida cotidiana. Han cambiado sin olvidar su pasado, haciendo del presente una bandera de esperanza. Ambos decidieron que su dolor y experiencia podría ayudar a otras personas y así, convencidos, lo hacen todos los días.   

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