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Home OpiniónPatrimonio La vida alrededor. El frio

La vida alrededor. El frio

Por Redacción
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Por N. REYNOL

De los años de la niñez no olvido los días helados y fríos del invierno. La ida por la mañana a la escuela ya era una aventura, aliviada  con abrigos, bufandas, pasamontañas  y guantes, mientras el  agua de la lluvia y la humedad  de la noche  permanecían  heladas  durante semanas dificultando el paso de los peatones. Los carámbanos colgaban de los tejados, sobre todo en  las torres de las iglesias, que  los niños identificábamos con fantasiosas imágenes de cuentos y leyendas. El frío era intenso y la temperatura  de las aulas no mejoraba mucho la del exterior, pero no era obstáculo para que se suspendieran las clases, mientras  los juegos hacían olvidar las inclemencias del tiempo. Con la nieve, que era mucha, la calle se poblaba  de muñecos y figuras que terminaban por helarse y tener presencia durante semanas. Pero también, la nieve, era  motivo de batallas callejeras, cuando lanzábamos, unos contra otros, bolas para pasar un rato divertido.

A pesar de las bajas temperaturas no todas las escuelas disponían de estufa. Los alumnos acudíamos a clase con la certeza de que el frio no era mayor que el soportado en nuestras casas, que eran construcciones antiguas  en las que el fuego y la lumbre de las cocinas permitían disfrutar de una moderada templanza. Sin embargo, las demás estancias de la casa no alcanzaban una temperatura superior a la de la calle. Los dormitorios eran auténticas neveras, y el interior de las camas un frigorífico abierto que se remediaba, en parte, con bolsas y botellas de agua caliente. Era tiempo de resfriados, catarros, toses y también de la maldita tisis, que se llevó algunos familiares, amigos y vecinos.

Una muestra generalizada del frío eran los sabañones, cuyo color rojizo aparecía con la hinchazón de los dedos de las manos y de picores que, en ocasiones, impedían realizar funciones normales. Desde aquellos años no he vuelto a ver manos de niños con aquellos síntomas de frío y, posiblemente, hambre. Afortunadamente, tampoco he vuelto a ver a las mujeres que acudían a lavar ropa con el agua de la sierra que corría por la rambla durante los meses del invierno       

Aquellos años también los asocio al paisaje descarnado, al cielo gris y a los silencios del campo, que se rompían, de vez en cuando, con el piar de los gorriones que aleteaban de forma incansable en busca del alimento.

A veces, comento estos recuerdos con los amigos y pienso que puedo ser la última persona que vivió aquellos tiempos. En cualquier caso, han pasado decenas de años y la dureza de lo vivido se ha perdido en los rincones de la memoria.

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