Por N. REYNOL

Fue   ayer, ayer  por la tarde. Regresaba de mi paseo cuando el reloj marcaba casi  las 20 horas y  se agotaba   el horario impuesto por la autoridad para estar en la vía pública. La divisé a lo lejos y decidí acercarme para saludar y ofrecerle  mi consideración y respeto por la muerte de su marido que había fallecido del  Covid, tres o cuatro semanas atrás. Ella, vecina de la casa, reside unas plantas más arriba de la vivienda que ocupo. Nuestra relación, hasta el momento,  era puntual y fría, y no había sobrepasado  el ritual de  los saludos de cortesía cuando coincidíamos en el elevador o en algún otro lugar del barrio. La mujer  ausente o distraída, me dio la impresión que caminaba hacia ninguna parte. Parecía no ver  ni percibir lo que sucedía a su alrededor, pero estaba convencido que debía   expresarle  mi condolencia  y ofrecer de forma sincera mi ayuda y colaboración si la necesitaba. La vida de la gran ciudad, en el entorno más cercano, es así: neutra,  descarnada, lejana y escasamente participativa.  Sabes quienes son algunos de tus vecinos,  pero desconoces el nombre de la mayoría e, incluso, tampoco conoces a la totalidad de los que habitan tu torre. La vida en vertical, mejor aún, la convivencia de vecinos en  los inmuebles de varios pisos de altura, carece de vínculos afectivos y se rige por  reglamentos y protocolarías relaciones personales

La conversación fue breve, pero  el impacto de sus palabras aun retumban  en mi cerebro  erosionando principios, convicciones y certezas sobre las que  he caminado  y construido gran parte de  la vida y con las que he conformado un ordenamiento personal  para vivir decentemente.  Sus palabras teñían de dolor  la conversación, pero a su vez eran  una manifestación  que  daba fuerza y veracidad a lo que está sucediendo en  el mundo y, especialmente, en España. La  presencia  del  dolor  por la muerte de José se había instalado en su vida. No encontraba respuestas a  lo sucedido. Ni ella y tampoco el personal sanitario que estuvo cerca de él habían sido capaces de  encontrar respuestas que tranquilizasen su ansiedad y  le diera la paz que buscaba desesperadamente. Tras  la muerte de alguien cercano  y querido  se abre una senda de dolor, pero también de tranquilidad y sosiego cuando las personas se marchan rodeadas del cariño de personas y lugares que han conformado su existencia. No era el caso, porque José había fallecido, comentaba su viuda, en un mar de angustia y en medio de una tormenta de soledad.

 El maldito virus entró en su familia con sosiego, sin hacer ruido ni dar señales, pero, cuando nadie lo esperaba,  terminó con  la vida de un hombre bueno que creía que el futuro  no sería capaz  de  arrebatarle  la paz que tanto le costó instalar en su entorno. Pero  lo peor no era la muerte sino no saber cómo y de que forma se había producido.  No tenía información,  y  los  recuerdos, los últimos recuerdos de Jose cuando ingresó  en el hospital  eran  para olvidar. De aquellos días le queda un relato  que no sabe  si es  producto de  su inconformidad  o el reflejo de la crueldad del virus.

Cuando  llamaron del hospital para informarle de la muerte de su marido todo fue confuso y desordenado. De aquella conversación solo  puede recuerda  palabras inconexas: UCI, fallecimiento, trámites,  funeraria, depósito del cadáveres, recogida de cenizas, etcra. Nadie comentó como falleció, a pesar  de sus múltiples preguntas. Ya, cuando quedó hospitalizado, quiso  visitarlo, pero no fue posible, aunque siempre le respondieron con cariño y paciencia Pero ahora seguía preguntándose si le colocaron respirador, si se extinguió con la paz y el sosiego que merecía o sufrió el ahogo y la desesperación de no poder respirar por falta de medios mecánicos. Mil preguntas se hacía a diario y la falta de contestación le había sumido en un estado de frustración y pesimismo superior a las fuerzas que disponía para seguir viviendo.  Después de doce, días  le entregaron un tarro con las cenizas. Tuve que aceptar la palabra de  unos extraños. Eran las cenizas de su cuerpo. No disponía de ánimos para comprobar ni verificar hechos, pero después me he preguntado si era posible cometer un error en la entrega de sus restos

. He sido testigo del  dolor de una mujer que ha  construido un relato de la muerte de su marido entre  el recuerdo no querido y  el desconcierto de la ausencia. Todo ello, producto del  maldito virus que   ha producido en nuestro país más de 30.000 fallecidos, pero también ha dejado miles de víctimas, como la viuda de José, que necesitan apoyo y estímulos para continuar su vida. A todas ellas van dedicadas estas  líneas. Las merecen.

Deja un comentario