Por N. REYNOL

 Uno de los recuerdos más profundos de mi infancia es el de la celebración del día de Todos los Santos y la Noche de Difuntos. Más que una tradición, era una manifestación de respeto por los familiares de la otra orilla, una reivindicación del pasado familiar, la gratitud de lo que somos a todos los que lo hicieron posible, no solo por los vínculos de sangre, sino también por el orgullo de pertenencia y comunión de creencias y sentimientos. La celebración de estas fiestas estaba tan interiorizada por aquella sociedad que, sin saberlo, había cristalizado en un símbolo de afirmación intergeneracional.

 Las fiestas y las tradiciones son un símbolo de identidad de los pueblos. Los colectivos humanos necesitan referentes para afirmar y mantener su identidad, su forma de ser, su personalidad, y las celebraciones del día de Todos los Santos y la Noche de Difuntos constituyen uno de los símbolos identificativos más sobresalientes de la cultura latina

Este sentimiento aún pervive, pero la dinámica de progreso y cambio en las que vivimos están minando tradiciones seculares y lo que antes era la Noche de Difuntos se ha convertido en algo tan distante de lo nuestro como la fiesta de Halloween.

La noche de difuntos de mi infancia era rito y sentimiento. Alrededor de la chimenea de la cocina grande, la familia escuchaba, con atención y curiosidad, historias cercanas que se repetían todos los años, mientras se asaban castañas y boniatos, igual que generaciones anteriores.  Se recordaban vivencias y anécdotas de los que se fueron, se rezaba el rosario por las ánimas del purgatorio, mientras el fuego de la chimenea tomaba formas que la imaginación del niño, que era, convertían en figuras del más allá. De aquellas noches lejanas de la infancia, una fue especialmente emotiva y, a la vez, tenebrosa, cuando alguno de los mayores se refirió a la soledad de los que se marcharon. En la actualidad, el recuerdo de esa noche se entremezcla con rima de Bécquer: Dios mío, que solo quedan los muertos.

El día de la noche de difuntos era un recuerdo sentido de los muertos. La visita al cementerio iba precedida de la limpieza y adorno de las tumbas, hábito en el que participaban niños y mayores.  El cementerio (que cuidaban y aun cuidan hermanos Fossores, de los que escribiré otro día) se vestía de “domingo”, igual que los visitantes,

 pero en un ambiente de respeto y recogimiento cubierto de silencio. Los recuerdos que guarda mi memoria de aquellas visitas son precisos y lúcidos, parece que son de ahora, de forma que podría referir decenas de inscripciones y dedicatorias grabadas en los mármoles de los nichos y las tumbas.

Sobre aquellas vivencias podría contar más cosas, pero para poner una nota cómica al fin de este relato, refiero una anécdota que he escuchado decenas de veces: Junto a las tumbas en las que descasan los restos de mi familia, se localizaban unas sepulturas en las que estaban enterrados tres ciudadanos franceses que fallecieron en accidente de avioneta en el año 1931. Uno de ellos, era el Gobernador militar de Rabat cuando parte de Marruecos era colonia francesa. Las tumbas desaparecieron hace unos años y siempre llamó mi atención las flores naturales que el día de difuntos alguien colocaba sobre las lápidas.

Cuentan que la avioneta cayó cerca del pueblo y sus ocupantes gravemente heridos, fueron trasladados a la Casa de Socorro. Un acontecimiento de estas características, aunque fuese luctuoso, alborotó a la gente que acudió en masa a conocer lo que ocurría y prestar la ayuda precisa. Los heridos farfullaban algunas palabras, pero nadie los entendía. La solución fue llamar a Don José. Cercano a los cincuenta, cascarrabias de carácter, pero generoso y noble de corazón, de profesión procurador de los tribunales, impartía, también, clases de francés en la academia, único centro en el que unos pocos escogidos cursaban el bachillerato. Sus conocimientos del idioma los había adquirido en algún lugar del Protectorado español de Marruecos en el que residió hacía muchos años

Una mezcla de curiosidad y espíritu solidario había congregado un gentío a la puerta del centro sanitario. Conscientes de la situación, esperaban que Don José pudiera entenderse con ellos y atender sus últimas voluntades. Su gravedad no ofrecía otra alternativa más allá de la muerte. Finalmente, ante la ansiedad colectiva, Don José salió de la casa de socorro y a las preguntas de todos: ¿Qué quieren? ¿Cuál es su última voluntad? ¿Son católicos?……, Don José respondió: Que coño voy a saber, hablan solo francés.

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