Por N. REYNOL

Tenía el hábito de caminar hasta la oficina.  Era un paseo  solitario que me brindaba la oportunidad de meditar, contemplar el entorno y organizar el trabajo que habría de atender durante el día, aunque las urgencias y lo imprevisto rompían con frecuencia la planificación matutina. 

Al margen de la reflexión,  el paseo era un manual de  rutinas, pero  un día, seguramente, de primavera,  que recuerdo luminoso y cálido, una voz infantil  y cantarina me pregunta: Señor, me puede dar la hora. Giré la vista para comprobar la presencia de un niño de tez morena,  no muy crecido, cuyos  ojos negros rebosaban  vivacidad y alegría. Su pelo largo y azabache estaba peinado con una buena capa de gomina. Vestía uniforme de colegial, y ofrecía un aspecto limpio y agradable. Eran las ocho menos cinco y respondió: Otra vez llego tarde y Don Jesús me va reprimir. Allí  concluyó el encuentro y el niño inició una carrera con destino al colegio, probablemente.

Días después  lo volví a encontrar en la misma zona. Pasaba  sin reparar en su presencia,  pero llamó mi atención su saludo: Buenos días, Señor. Lo cierto, es que me alegró su presencia,  sobretodo, por la  viveza de su mirada y la espontaneidad de su saludo.  Casualmente, caminábamos en la misma dirección y en los escasos minutos que tardamos en separarnos supe que se llamaba Jacobo Padilla, había nacido en Guatemala,  vivía con su madre y tenía 9 años recién cumplidos.

Durante un tiempo encontré por las mañanas a Jacobo, le dejaba prácticamente a las puertas del colegio que aún no había abierto su acceso principal, pero entraba  por la iglesia contigua en la que, mientras hacía tiempo, ayudaba  a Don Jesús a celebrar la misa. 

Aquel contacto duró hasta el inicio de las vacaciones escolares, pero antes   me contó algunas cosas de su mamá, de los señores  a los que esta servía, del respeto a don Antonio, el patrón, de su papá que vivía en México  y no conocía.  Pero me impresionó el relato de  su llegada a España, cuando lo acogieron las religiosas de su colegio hasta que se “hizo chamaco” y  ya no pudo pernoctar en los dormitorios de las monjas ni en el  de las internas teniendo  que acomodarse  con su mamá en la casa de los señores.

Cuando se inició el siguiente curso escolar,  en los primeros días de septiembre,  buscaba con la mirada la presencia  de Jacobo cuando pasaba por la calle en la que se habían producido nuestros encuentros, pero nunca más supe de él. Varias veces imaginé  que su madre había cambiado de trabajo, que regresó a Guatemala, que finalmente conoció a su padre y la familia disfrutaba su reunificación en un piso protegido,  pero lo que me hacía más feliz era  pensar que Jacobo regresó con las religiosas porque no era tan chamaco y, todavía, por las mañanas, hacia funciones de monaguillo.

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