Por N. REYNOL

Con frecuencia, pienso en la buena gente. La literatura y la prensa  ofrecen relatos y  reportajes  de la grandeza de estas personas, pero  me refiero a aquellas otras que he  encontrado, convivido y relacionado en el camino de la vida y de las que son envidiables su  capacidad para afrontar el destino y la actitud para cambiar, al menos, su mundo más cercano.

Buena gente era Angel. Le conocí  ya mayor, posiblemente había cumplido los 50. Sufría una tremenda minusvalía que afectaba a la práctica totalidad de su cuerpo, aunque podía manejar  su brazo y mano derecha. Se desplazaba por la ciudad en una  moto, que había ido adaptando su amigo Juan, mecánico de profesión, conforme la progresión de su enfermedad  minaba su cuerpo.  Angel vivía solo en  un piso de planta baja en un barrio de la periferia  de Madrid,  que había  acondicionado a sus necesidades construyendo  una entrada independiente  por la que accedía al  interior de la vivienda con su inseparable moto. Desarrollaba su vida diaria de forma autónoma e independiente, a pesar de su grave y progresíva  enfermedad. Realizaba, sin ayuda,  todas las tareas que requería su  higiene  y cuidado personal, así como las de  limpieza y  mantenimiento  de la casa. Su situación económica era suficiente para atender sus necesidades. Había trabajado por cuenta ajena  el tiempo legalmente establecido para tener derecho a una pensión de gran invalidez de la Seguridad  Social.  No era un adinerado, pero el importe de la pensión alcanzaba para ayudar a sus amigos y disfrutar  con ellos  los fines de semana. Al inicio del curso escolar todos los años,  pagaba matrículas, libros y cualquier otro material que necesitaban los hijos de sus amigos que tenían una peor situación económica.  Y no solo esto,  acudía con  regalos a las fiestas de navidad y cumpleaños de todos ellos De esta generosidad jamás hacia comentario alguno y yo la he conocido  años después de su muerte

Angel  tenía un carácter sereno y sosegado. Era prudente y educado. Escuchaba con interés y atención.  Tenía la costumbre de responder solo cuando  le preguntaban o era imprescindible.  Su rostro siempre mostraba una sonrisa consecuente con su  amabilidad y su forma de afrontar la vida. Jamás le vi enfadado o molesto, a pesar, de los cientos de problemas que encontraba a diario para llevar una vida normal. Además de su falta de movilidad tenía problemas de circulación, del aparato urinario, de hígado, de corazón……,  de los que nunca se quejaba,  sufriendo en silencio  el deterioro  que progresivamente consumía su cuerpo. Siempre sentía frio en sus piernas, que aliviaba el  calor que  buscaba en las solanas y en  rincones guarnecidos del viento.

Durante un tiempo nos encontrábamos los fines de semana en casa de unos amigos comunes Los viernes por la tarde, Santiago  recogía  a Angel en su coche y lo instalaba  en la casa familiar junto a su mujer y sus hijos. Con ellos permanecía hasta el domingo por la tarde que regresaba a su domicilio. Aquellas acogidas de Angel en la casa de María y Santiago son la mayor prueba de amistad y generosidad que he conocido  a lo largo de mi vida, porque no solo atendían  a un

amigo, también dedicaban sus días de descanso, incluidos los tres hijos,  a dar todo lo mejor que tenían. La falta de movilidad de Angel  se superaba con el trabajo y esfuerzo familiar,  que era duro  y constante al tener que enfrentarse a espacios no adaptados a personas con problemas con movilidad. Habitualmente, el acceso al domicilio  lo realizaba Santiago o María  cargando  sobre la espalda  el cuerpo de Angel  hasta el ascensor. Ya en la casa era  acomodado en una estancia, que preparaban todas las semanas en la que podía desenvolverse, pero con ayuda de los anfitriones  Y así, semana tras semana,  durante años, con relevos en las tareas de vencer los problemas de accesibilidad que pasó de Santiago y María a sus hijos.

Angel marchó a la otra orilla de la misma forma que vivió, con prudencia y sin ruido, una madrugada de primavera  cuando había acudido al hospital para una revisión de sus muchas dolencias. Dejó un vacío que los amigos no hemos podido llenar  a pesar de haber transcurrido  más de una docena de años.  Era un tipo excepcional  que afrontó la vida con el optimismo y la alegría de hacer felices a los demás.  Su paso por este mundo  estuvo lleno  de obstáculos y barreras, pero los superó  a base de insistencia,  superación y  ganas de vivir, y su recuerdo nos  hace mejores.   

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