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Home Opinión LA VIDA ALREDEDOR. La calle

LA VIDA ALREDEDOR. La calle

Por Redacción
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Por N. REYNOL  

Perdimos la calle y nos dimos cuenta  cuando  ya era tarde. Sucedió lo mismo con otras  cosas: el  entorno, los oficios artesanos, las tiendas de barrio… El progreso y la nueva  cultura las enviaron  a los rincones del olvido y ahora solo es posible encontrarlos removiendo los surcos de  la memoria. La calle de nuestra infancia era más que un espacio libre y de juego . Era el lugar en el que se  compartía  la alegría de vivir, aunque fuese de forma pasajera, porque ganarse la vida  no era fácil para todos.  La calle era  la prolongación del hogar y la escuela;  la llamábamos “mi calle” y también “mi barrio”, que tenía límites geográficos que daban seguridad y confianza. Más allá del barrio se iniciaban andanzas desconocidas  con halos de misterio y aventura.

Para localizar a los hijos,  solo, hacía falta una llamada desde las ventanas o balcones de la casa. El grito o la llamada era la señal  para abandonar los juegos y tomar el camino del hogar, aunque, a veces, no  bastaba  con uno o dos gritos, porque la pasión del juego era superior al deber de la obediencia.

Sin darnos cuenta, los coches robaron la calle, desapareciendo uno de los lugares mágicos de la infancia de la posguerra. Junto a los coches también llegó el asfaltado, la construcción de alcantarillas y saneamientos, la instalación de farolas, clavadas en las aceras,  sustituyendo decenas de cables de los que colgaban platos metálicos con alguna bombilla, que servían también  a los gorriones para descansar de sus vuelos.…. Las mejoras beneficiaron el bienestar colectivo, aunque destruyeron modelos existenciales  recibidos de varias de las  generaciones pasadas.

El cambio fue progresivo, pero insistente. Al principio, recuerdo, la carretera  de Granada –Almería los domingos y días feriados, con cientos personas paseando tranquilamente por mitad de la calzada, mientras algún vehículo transitaba tras ellos de forma lenta y cautelosa. No era  imaginable, por entonces, que el vehículo pudiera acelerar o considerar que la calle era espacio reservado para la circulación. El coche se movía tras la gente y solo adelantaba cuando los peatones lo permitían o había espacio para avanzar.

La calle también era espacio de encuentro e información de los mayores. Las mujeres se encontraban, unas con otras, cuando se dirigían o regresaban de la compra. El encuentro era casual  o buscado, pero daba lugar a la conversación y a la puesta al día en los acontecimientos  y sucedidos vecinales. Este intercambio de información era similar al que actualmente  generan  las “redes sociales”, pero la comunicación era boca a boca y sin otra malicia que el conocimiento de la vida de los vecinos.

La calle ofrecía alternativas de vida y, fundamentalmente, de desarrollo de tareas y oficios. El zapatero del barrio colocaba las medías suelas de los zapatos en la puerta del taller buscando el calor de la solana o el fresco de la sombra, el lañador reparaba los lebrillos rajados a la entrada de las casas, el cabrero recorría las calles y repartía la leche con medidores de hojalata, y el regador, con botas altas de goma y azada al hombro, vigilaba el caudal de la acequia subterránea para que el agua llegase  a los huertos escondidos tras tapias de la calle.  

En los barrios desaparecieron la práctica totalidad de los corrales que se transformaron en cocheras. Y con ello, llegó la desaparición de otras actividades  básicas en la economía familiar. Me refiero a la cría de animales para autoconsumo o cuyos productos eran comestibles: gallinas, cerdos, conejos,… También en los corrales se  depositaban los restos de los alimentos no consumidos, así como  la basura producida en los hogares, que posteriormente se aprovechaba como abono de las tierras cultivables o trucaba, generalmente, por otros productos para el consumo.  

 La nuestra fue una generación de tránsito entre dos formas de ser y de vivir: la que tradicionalmente había regido  durante más de un siglo y la que implantó, en principio, el desarrollo industrial  y posteriormente la era digital con cambios tan radicales que borraron modelos, comportamientos, criterios  hábitos y, fundamentalmente, la organización social. En este proceso de cambio ganamos en bienestar, pero perdimos la práctica totalidad de las reglas y valores que regían la sociedad.

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