publicidad Psicotécnico Milán
publi2
previous arrow
next arrow
publi1
publi3
previous arrow
next arrow
Home Opinión LA VIDA ALREDEDOR. La guerra

LA VIDA ALREDEDOR. La guerra

Por Redacción
publi1
publi3
publi2
previous arrow
next arrow

Por N.REYNOL

Cuando nadie la esperaba ha vuelto la guerra a la vieja Europa. Parece algo impensable, pero la guerra se encuentra  muy cerca, a la vuelta de la próxima esquina. Regresa el  dolor, la  destrucción, la ruina, el  hambre, el  miedo, el desarraigo….., y aunque el conflicto se desarrolla  a cientos de kilómetros de nuestras ciudades no deja de producir angustia e impotencia, más allá de la compasión y el dolor de los otros.

En las últimas semanas  se había rebajado la preocupación por el Covid, sin embargo  la  tensión emocional  que durante dos años hemos sufrido con la pandemia,  ha mutado  en sufrimiento y preocupación por la población que vive este conflicto. Este sentimiento, alimentado de sonidos e imágenes de horror e incertidumbre, no tiene justificación posible. Todos estamos afectados por la  guerra que, además de  consecuencias socio-económicas, augura  un  horizonte de pesimismo, así como un  cambio en el orden que ha regido nuestra convivencia durante los últimos setenta y cinco años.

Hemos vivido durante  largo tiempo  en un mundo irreal, convencidos que Europa era un jardín, un espacio bucólico, en el que los conflictos bélicos  habían desaparecido o se podían superar con voluntad y diálogo. La mayor parte de las  generaciones pertenecientes a  la España actual  tenemos la suerte de no haber sufrido los horrores de la guerra, y nuestras vidas han transitado durante años por caminos de paz y progreso, en el que desarrollo cultural, económico y humano  aportaron un  nivel de seguridad y bienestar impensable a partir de  la segunda guerra mundial.  Pero las guerras regionales, desde entonces, se convirtieron en   una  amenaza constante y cientos de miles  de personas  tuvieron que huir en busca de  la paz y el arraigo perdido. El   sufrimiento  padecido en  la primera mitad del siglo XX no ha sido suficiente para detener este proceso de autodestrucción  y fracaso.  La memoria colectiva es olvidadiza  y ya no recuerda  la  guerra de los Balcanes, tan cercana y cruel como la de Ucrania. Allá, en la antigua Yugoslavia, se  masacró y asesinó a poblaciones civiles solo por razones étnicas.

Es imposible,  por parte de la buena gente, no sentir  angustia y compasión por las víctimas de la guerra.  La empatía es un sentimiento que embarga  a la mayor parte de las personas  que ven y comprueban  como los habitantes Mariupol, Odessa o Kiev huyen  camino de un futuro incierto, aunque es imposible sentir el grado de sufrimiento  de las víctimas, que han perdido, sin razón, todo lo que conformaba su vida. La guerra, consecuencia de una ocupación injustificada, no  tiene lógica y a la vez abre la posibilidad de que la desgracia de los ucranianos pueda  extenderse  cualquier país del mundo; solo es necesario que algún gobierno extranjero más  fuerte que  el  de tu país quiera para si  lo que no es suyo.

La guerra deja ruina, pero también genera  odio, que arraiga y crece durante tiempo imposibilitando el entendimiento y la convivencia.  El odio no es fácil de curar, es  una enfermedad maldita que no tiene posibilidades de sanar o conduce a la muerte. Además, el odio se hereda, se transmite de generación a generación y termina formando parte de nuestra forma de ser y de actuar. Es una servidumbre más de la guerra con la que la sociedad tiene que convivir y solo tiene cura con el paso del tiempo, y no siempre

A diario, contemplamos imágenes que muestran la salida, de su país, de miles de personas consecuencia de  la maldita guerra.  Arrastran  un liviano equipaje que contiene  lo preciso para huir, pero también  el fracaso  y la renuncia a seguir habitando en su país natal.  Son flases tristes y desesperados, trascienden  la realidad de lo vivido dejando  una profunda reflexión sobre lo visto y sentido  a partir del abandono de sus pueblos y ciudades. Hace unos días pude contemplar un grupo de hijos de refugiados ucranianos, en unas instalaciones confortables y bien dotadas,  con juguetes y personal cuidador pendientes de atender  y dar satisfacción a sus deseos infantiles, pero lo más sorprendente era el silencio que inundaba  el espacio. No parecía posible que decenas de niños en un entorno tan placentero no manifestaran  la alegría y el dinamismo propio de su edad. El  silencio era como el grito  de la marcha no deseada y la nostalgia de lo perdido.   

Ahora, lo urgente es la acogida de refugiados y víctimas de la guerra. En toda Europa,  a nivel colectivo e individual, se está respondiendo con altruismo y generosidad, pero es necesario que estos sentimientos vengan acompañados de la empatía que requiere una población que ha perdido  todo y aspira a seguir viviendo en un mundo nuevo, pero a la vez desconocido.

también le puede interesar

Asociación cultural El Eco de Accitania

c/ Ctra de Almería nº 77 Guadix 18500 (Granada)

Andalucía, España

Facebook

Copyright @2021  All Right Reserved -Diseñado por  www.Daniruizweb.com