Por N.REYNOL

Tuve la suerte de trabajar en una importante organización humanitaria que desarrollaba y desarrolla su actividad  con  cientos de voluntarios en todo el territorio nacional y, también,  en países del tercer mundo ejecutando  programas de cooperación

Una de las carencias más importante que sufría la institución era la falta de recursos económicos, aunque hacía años el Gobierno  había aprobado la celebración  anual de  un sorteo extraordinario  de la lotería nacional, cuyos beneficios  se entregaban íntegramente a la organización para el mantenimiento y  desarrollo de sus  actividades. Con este motivo, los contactos con los responsables de los servicios de Loterías del Estado  eran frecuentes, sobretodo, para  instrumentar medios  que promovieran  la participación en el sorteo, que se traducían en más  ingresos y, consecuentemente,  mayores beneficios.

En una de aquellas reuniones, cuando ya se habían debatido y acordado  los temas que motivaron el encuentro, alguno de los asistentes preguntó  por acontecimientos y anécdotas  acaecidos  en los más de 200 años de existencia de los sorteos. Los de Loterías relataron varios sucesos,  pero una  de las historias contadas parece un cuento de Navidad y así la recuerdo:

Todos los años, Lotería  recibe miles de cartas que plantean  cuestiones  inimaginables  y también  imposibles. Hacia los años veinte del siglo pasado, llegó a manos del  Director una carta de la Abadesa de un convento  de clausura de un pequeño pueblo de la provincia de León  en la que relataba la precariedad en la que vivía la congregación y  la urgente necesidad de acometer obras en los tejados. El Ayuntamiento les había notificado que tenían que abandonar el inmueble por peligro de arrumbamiento, pero se cobijaban, mientras tanto, en una zona  del convento que aun mantenía el techo, con la esperanza de  poder acometer las obras de reparación de las cubiertas con algún donativo  o ayuda.  Y este era el motivo de la carta: Pedirle, humildemente, al  Ilmo. Sr. Director su  mediación para que les tocase un premio del sorteo de Navidad que se celebraba en el plazo de unas semanas. Concluía la carta, dando cuenta  que en un pueblo vecino, el diputado representante del distrito  había enviado albañiles de la capital para  reparar el orfanato  después de habérselo pedido  el párroco.

La cuestión quedó  en la mera anécdota, no exenta de  comentarios sobre la ignorancia que invadía el país, fundamentalmente, en las zonas rurales. Pasados unos días, el Director  recibió otra carta de la Abadesa agradeciéndole todo lo que había hecho por ellas y anunciando, aunque ya lo sabría, habían sido agraciadas  con el segundo premio del sorteo del que jugaban dos décimos.  Continuaba la carta expresando que como  muestra de gratitud  Don Alfonso, un benefactor del convento que vivía en Sahagún  y viajaba con frecuencia a Madrid, le llevaría tres docenas de  rosquillas de Santa Clara y una botella de licor de café, que elaboraban las monjas del convento. Y concluía la misiva de la Abadesa reiterando la gratitud de la congregación  porque el importe del premio les daba la posibilidad de acometer  las obras  más urgentes, aunque estaba pendiente la obra de la capilla y, posiblemente, tendría que pedirle un nuevo favor el año próximo.

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