Por N.REYNOL

El sábado pasado escuché en la radio una historia apasionante que recuerda la rara complejidad del comportamiento humano. Contaba Juan José Millás en el programa de “A vivir que son dos días” de la cadena SER, el relato de un preso,  nacido en el seno de una familia venida  a menos por la crisis económica del 2008. Relataba el interno, que su padre, llamado Aníbal,  había viajado de Bogotá a Madrid  con la intención de encontrar un empleo mientras la familia esperaba su  llamada para reunirse a la mayor brevedad  e iniciar una nueva vida. La primera dificultad que se le planteó a Aníbal estaba motivada por la falta de medios económicos para atender los gastos del viaje, así como los de alojamiento y manutención   durante las primeras semanas de su estancia en Madrid, pero asesorado por un vecino, aceptó transportar un kilo de cocaína a cambio de una importante compensación económica que solventaría sus problemas económicos durante meses.

La operación que el vecino  planteó tan sencilla se frustró  en el aeropuerto de Barajas cuando la policía le incautó el bolso con la droga y Aníbal fue conducido, primero,  al  calabozo y posteriormente a la cárcel de Soto del Real para cumplir su condena. La familia nunca supo de la situación de Aníbal, que jamás dejó de escribirles contando mentiras y fantasías de su presencia en España,  de las dificultades de encontrar un empleo que  posibilitara el acceso a una vivienda para  toda la familia, aunque él se encontraba integrado socialmente y vivía con comodidad y deshago

Contaba Millás que el hijo mediano de Aníbal decidió viajar a España  por dos motivos: encontrar  a su padre que, según las cartas, vagaba por varias  provincias españolas y encontrar el trabajo que todo emigrante sueña cuando decide buscar  una vida mejor. Habían pasado cinco años de la partida de Aníbal y su hijo topó con las mismas dificultades económicas que su padre para acometer su viaje a España.  Consiguió los recursos  que precisaba para volar a Madrid cometiendo el mismo error que su padre: aceptar el transporte ilegal de droga,  abortado por la policía española, y  que le acarreó,  tras un juicio, su ingreso en la  prisión de Soto, la misma en la que  penaba Aníbal.

La vida en prisión de padre e hijo se desenvolvía en módulos diferentes, pero acudían también a las zonas comunes, principalmente al patio donde disfrutaban de los paseos y era posible sentirse liberado de la disciplina penitenciaria.  Y allí, en el patio se encontraron, cruzaron sus miradas  aunque ambos, en silencio, prosiguieron el  paseo mientras sus cerebros asimilaban la nueva realidad  y,  a su vez, derribaban  el  pasado, la esperanza y  las promesas de mejor vivir.

 Las miradas no hablan pero expresan y transmiten los sentimientos más profundos del corazón:  indignación, alegría, indiferencia, sorpresa, ignorancia, vergüenza…..   Era el momento de ajustar cuentas con lo vivido, aunque dejara heridas, maltrecha la vida y

arrasadas las esperanzas. Aquel cruce de miradas era un adiós sin retorno que ninguno de los dos deseaba, pero el orgullo de no reconocer el pasado superó la humildad del perdón y la alegría de un encuentro largamente deseado. Aquella situación no carecía de afecto y de cariño, pero la vergüenza y el engaño se antepuso a la euforia del encuentro y a la recuperación de los tiempos felices.

  La historia de Aníbal termina, de momento, de forma sorprendente. Hacía  meses  disfrutaba de permisos  penitenciarios al haber cumplido las dos terceras partes de su codena. Cuando terminó el disfrute del primero de ellos, después del encuentro del  patio, no regresó a Soto. Desde entonces es un huido de la Justicia y su hijo busca todavía en el patio de la prisión el encuentro con aquella mirada ansiosa y vergonzante.

Deja una respuesta