Por N. REYNOL

 No solo mueren las personas, también mueren  los usos y costumbres, los modelos  y estilos de vida, los empleos y ocupaciones,  las formas de ocio y disfrute; y, por supuesto, mueren las cosas que hemos visto, compartido y utilizado durante años;  desaparecen silenciosamente,  sin darnos cuenta. Los recuerdos de la niñez están  preñados de cosas que, entonces, eran imprescindibles y “volaron” con las nuevas modas, el bienestar  y el progreso. Baste recordar los receptores de radio, los ábacos para contar, las ollas del puchero, los braseros de picón,  los infernillos de alcohol, las cocinas económicas,  los candiles de aceite….., y también la tiza para escribir en la pizarra, los tinteros,  los palilleros de plumilla o los pupitres.

Lo sorprendente de las cosas muertas es su valor económico  para coleccionistas y anticuarios, y es raro porque su  marcha de este mundo suele  ir acompañada, primero, de  olvido y, después, de añoranza. Con carácter general, para los mayores,  niños de  entonces, a pesar de la escasa o nula utilidad, las cosas muertas  tienen un valor sentimental. Con certeza, los  recuerdos de la infancia y juventud de los jubilados de hoy están llenos de cachivaches y objetos  que solo perviven en la memoria.

El progreso no tiene compasión con las cosas que fueron, alguna de ellas, ni siquiera  está registrada en el inventario de los recuerdos. Su desaparición es un proceso  impregnado de   derroche, consumo  y nuevas tecnologías. Han desaparecido del entorno que habitamos y  ya solo existen en el recuerdo. Precisamente por ello, las cosas que han muerto están vinculadas al pasado, a la edad de la nostalgia, a la era de la felicidad y, cómo no, a las vivencias  y escasez de la infancia de la posguerra.

 El Rastro es  una de las mejores exposiciones  de cosas muertas  que existen. Visitar la plaza de Cascorro,  Ribera de Curtidores, Mira al Sol, Ruda…  un domingo mañana ofrece la oportunidad de recuperar el pasado a través de objetos que no transmiten nada a la mayor parte de los visitantes,  pero son entrañables   para la generación de la escasez  que vivimos los que fuimos  niños de los años 40/50. 

Con las cosas muertas también mueren sus propios nombres y sus sonidos. Alguien contaba que, en el propio Rastro, un comprador  interesado por una pera de goma para lavativas preguntaba  que era aquel objeto y para qué se utilizaba, y el vendedor  solo sabía que  era parte de  un lote del ajuar  de  una vivienda  desmontada la semana pasada y que había pertenecido a unos ancianos casi centenarios. La muerte de las cosas no es como  la del ser humano, fallece con la perdida de utilidad y el olvido.

Antaño los objetos tenían  larga vida. Pasaban de abuelos a padres, de padres a hijos y así sucesivamente. Conservaban su valor  formando parte de las hijuelas. En definitiva, constituían un lote del patrimonio  a repartir entre  los herederos  al fallecer sus propietarios.  No es el caso de ahora, las  cosas,  bien por razones  tecnológicas o de  consumo, tienen una vida limitada y  con celeridad se incorporan al almacén de los olvidos.  Ha sido la suerte de los magnetofones, los tomavistas o los relojes de cuerda, aunque, de vez en cuando, se produce un milagro, una resurrección, porque algo muerto  alguien lo rescata y le da una segunda vida. Es un fenómeno anormal y excepcional, pero los discos de vinilo murieron hace más de diez años, con ellos los tocadiscos, las agujas que producían el sonido, y algunos otros utensilios para  disfrutar la música. Pero lo cierto han regresado y con ellos el regalo de  haber  vivido  con ellos tardes  y noches felices en los guateques de los sesenta.

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