Por N. REYNOL

A veces el pasado se convierte en presente, porque los recuerdos viven anclados en algún lugar de la memoria. Allí permanecen silenciosos, pero no olvidados, ofreciendo imágenes  de una vida ya vivida y, con frecuencia, en fase de descuento. El recuerdo puede transformar el pasado, pero también posibilita la creación de una arcadia feliz que alivie la fatiga de vivir la angustia y el dolor que ofrece actualmente nuestro mundo.

Hoy  me invade el recuerdo de una infancia en la que las primaveras eran despertares perezosos que, más tarde que pronto, aparecían teñidas de verdes floridos, con olor de tomillo en los montes, de rosas en los jardines, de flor de  acacias en las placetas  y de  celindos en las tapias de los callejones tras las que se escondían los huertos, mientras golondrinas y vencejos prolongaban sus alocados vuelos hasta más allá del crepúsculo.

En verano, los verdes se tornaban pálidos y el agua en la vega se hacía sonido: bronco en los sifones de las acequias, lejano y monótono en el chorrear de las tejeas y silencio en las balsas y los estanques. Los días eran largos con mañanas de trasiegos y fatigas. A mediodía, el frescor de los patios aliviaba los calores y la siesta era un islote de gozos en el mar de monotonías de las primeras horas de la tarde. Las puestas de sol tomaban colores ardientes y traían brisas de juegos y paseos. Y llegada la noche, los luceros y las estrellas  se convertían en testigos de susurros, promesas y confidencias.

Octubre llegaba con resaca de calores, como si añorase el verano. La sequia era una  amenaza y hasta los neveros que dibujó el deshielo en las faldas de la sierra se refugiaron en la paz de los regatos y  la correntía de las acequias. A veces, las ramblas se  convertían en torrentes, la tierra olía a mojado, mientras los álamos altivos se desnudaban al ritmo del  viento. Era la estación del  otoño y la intensidad de la luz y la tonalidad del color ofrecían  decenas de visiones diferentes.

Era la estación de los pintores, de los que pintan el paisaje, pero también de los  que dibujan  poemas de recuerdos y nostalgias.

Una mañana, evoca mi memoria, las montañas de más allá de los cerros aparecían nevadas. El cielo, gris marengo, anunciaba hielos y escarchas. La naturaleza, entretanto, dormía; la savia de las plantas tomaba el descanso invernal; grillos y chicharras ya callaron y sólo los gorriones piaban cerca de pajares y colmados. En invierno, el cielo después de la helada era de color azul intenso, mientras los ecos de las campanadas tañían más graves perdiéndose  más allá de los cerros.

Los paisanos, que  ya vestían abrigos y pellizas, con olor de baúles y alcanfor, alivian el frío, de mañana, en  solanas y recachas, y por la tarde buscaban el cobijo de los cafés, entre humos de “farias” y golpes  las fichas de dominó, mientras que un coro de murmullos, a veces cercano y otras distante, invadía el lugar  dependiendo de  hablares y decires de los parroquianos.

Así eran,  y permanecen en el recuerdo, las estaciones  de mi infancia. Es posible que en la actualidad hayan cambiado, pero quedaron en mi memoria aquellas imágenes, narradas más arriba, que la naturaleza traía y llevaba, en un proceso sin fin,  que  repetía cada doce meses

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