Por N. REYNOS

Hace algunos años leí un poema, atribuido a José Luis Borges, que viene a mi memoria con cierta frecuencia. El poema es el lamento de un anciano que recuerda tiempos y ocasiones en las que, posiblemente  hubiese sido feliz de haberse comportado de forma menos reflexiva y correcta. Su vida ha transcurrido respetando los principios y convenciones sociales, pero ha cumplido 85 años y piensa: si tuviera una segunda oportunidad, olvidaría prejuicios y patrones de comportamiento y aprovecharía  intensamente  los instantes  de dicha, alegría, amor, belleza, felicidad, … “De eso está hecha la vida, solo de momentos. No te pierdas el ahora”, la felicidad permanente es una quimera,  cuando no  mentira

El poema es una lección de vida, defiende  una filosofía tan atrayente como polémica, que me apasiona y crea incertidumbres. Y no tanto por lo que no hice y me apetecía hacer, qué también, sino por el  tiempo que me resta  para ejecutar tantas y tantas cosas que he aplazado en el transcurso de la vida: proyectos que cambiarían mi entorno y, ni siquiera,  inicié, sueños que acabaron al despertar, promesas que no cumplí y, sobretodo, ilusiones que murieron por falta de tiempo, valentía o, simplemente, no eran socialmente correctas. Las dudas que me asaltan cuando pienso en todo ello cabalgan,  todavía en mi razón, entre la responsabilidad y la añoranza de lo no realizado.

¿Se pueden elegir los comportamientos o son las circunstancias las que te arrastran e imponen la realidad? Posiblemente, es la segunda opción la que condiciona la existencia, aunque no descarto la primera. Las circunstancias, responsabilidades y el entorno son definitorias en el devenir personal e, incluso, colectivo. Son como el agua de un torrente que, en principio, carece de control y rumbo, no sabe su destino y solo cuando la fuerza del caudal amansa aparecen  posibilidades de reconducir el cauce. Unas veces, el agua encharca los campos, otras inunda la ciudad, anega viviendas y, en ocasiones, discurre mansamente hacia el rio más cercano o la inmensidad del mar. Así es la vida, si fuese rio.

Dice el poema: “Claro que tuve momentos de alegría, pero si pudiese volver atrás, trataría de tener solamente buenos momentos”. Esta es la añoranza, nublada de incertidumbre y duda, cuando repaso mi propia vida y la de otros. De todas formas, me quedo con el recuerdo de  la vivencia  de un compañero de curso, Javier, que, al concluir los estudios universitarios, se unió a un grupo hippy y se marchó a Turquía, mientras que los demás acuciados por la responsabilidad y el porvenir buscábamos el primer trabajo o quemábamos las “pestañas” preparando oposiciones. Pasados veinte años, encontré a Javier trajeado y pinta de ejecutivo. Era el director de una oficina bancaria, se había casado y tenía dos hijos.  Me comentó que personal y profesionalmente era feliz, su etapa bohemia había concluido y se sentía totalmente integrado compartiendo los valores de la sociedad que, en su juventud, había desafiado..

 A finales de los sesenta la decisión de Javier, no solo, era controvertida socialmente, sino, criticable. Lo correcto era afrontar el futuro buscando estabilidad y reconocimiento social. Desde entonces ha pasado medio siglo y, ahora, creo que Javier acertó.

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