Por N.REYNOL

 Recuerdo, era día sábado, medía mañana y regresaba de realizar unas compras. Había subido al autobús en Sol y ocupado un asiento de pasillo. En la parada de Cibeles escuché su voz: ¡Buenas, ¿me deja pasar?.  Estaba distraído y giré la cabeza; allí, sonriente, un hombre pedía disculpas mientras se acomodaba en el asiento de mi derecha

El autobús no había abandonado aun la parada de Cibeles y el hombre comentaba los cambios tan bruscos de temperatura y lo dañinos que eran para la salud: De un día para otro, decía: pasamos de veintitantos a siete/ocho grados y así es difícil no pillar un catarro. Respondí con monosílabos reparando en su aspecto: moreno de piel, de ojos  claros y cabello canoso. Vestía chaqueta sport, camisa blanca y corbata de colores discretos. Su atuendo no encajaba con las callosidades de sus manos y los surcos de su rostro. A la altura de parque del Retiro ya se había presentado. De nombre Basilio, había nacido en un pueblo de la provincia de Teruel y emigró a Madrid en la década de los sesenta, con cinco hijos menores. El año anterior había quedado viudo. Hacía, escasamente, dos meses cumplió 78 y vivía solo en un piso del barrio del Pilar. 

Nos acercábamos a mi destino y Basilio me había contado lo esencial de su vida. A nivel personal, ahora, estaba sinceramente por su relato y me inundó una corriente de ternura y empatía.  El destino de Basilio era la próxima parada, pero cuando preparábamos la despedida, dice: Como tengo tiempo le acompaño hasta su destino, puedo regresar tomando otra vez el 20 en dirección a Sol. Cuando el bus se detuvo en la estación de mi destino y cruzamos las manos en señal de despedida, Basilio dijo: Si no le importa, le invito a un café o a lo que Vd. quiera.  Mirándole a los ojos creí ver su soledad y  la necesidad de un poco de charla y compañía.

En la medía hora que compartimos en el bar, Basilio me contó que, hasta la jubilación, había trabajado de carpintero autónomo, pero los sábados y domingos, durante más de 30 años, se desempeñaba como camarero atendiendo bodas y eventos colectivos. Había dado estudios universitarios a sus hijos, con la ayuda  de becas  y algún trabajillo esporádico de los críos.  La conversación de Basilio alucinaba, pero, además reflejaba las oportunidades  de una sociedad en la que el ascensor social funcionaba premiando  el esfuerzo y la superación.

El último sábado cada de mes, Basilio venía a comer  a casa de su hijo Juan, abogado del estado. Aquel día iba justo de tiempo, pero prefería  llegar cuando Juan estuviese en casa,  la conversación con su nuera se le hacía  difícil, sus aficiones e intereses eran tan opuestos que……..Su nieto, seguramente, no estará, los fines de semana sube a la montaña.

Camino de casa,  un sentimiento de bienestar sobrepasaba  mi ánimo. Estaba contento conmigo mismo. El destino me había dado, aquella mañana, la oportunidad de  conocer la excepcional calidad de un desconocido, que necesitaba compartir su  soledad  buscando la comprensión de alguien que le escuchase. Quedamos en volver a vernos y en la servilleta del bar anotamos los teléfonos.

El encuentro se produjo hace más de diez años y  desde entonces nos hemos visto tres veces. Confieso que siempre me alegré de verle y compartir sus confidencias y secretos. Nunca habló de olvidos y frustraciones, aunque su mirada, en algún momento, pedía comprensión y ayuda. Se encontraba muy solo. En el año 2016, recuerdo,  recibí su llamada para decirme que ingresaba en una residencia de ancianos en Alcalá de Henares. Percibí  cierta tristeza en sus palabras y me comprometí iría a visitarle.

 Basilio falleció unos después meses, pero  no olvido su calidad de hombre y  como pueden amistar dos desconocidos  en el tiempo que dura un trayecto del autobús en la ciudad

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