José Luis Hernández Pérez

“Maestro vámonos para el pueblo que se nos hace tarde, allí estará usted tranquilo, escuchando las campanas de la Catedral que tanto le gustaba oír; Maestro vámonos para el pueblo que se nos hace tarde”. Estas palabras, a modo de ruego, se las dije a Pedro Antonio de Alarcón una mañana fría de abril del año 2001, a los pies de su tumba anónima número 2-752, cuando aún descansaba en el cementerio madrileño de la Sacramental de San Justo, patio de Santa Gertrudis; testigos de excepción, algo contrariados, Mariano José de Larra y José Espronceda. Trataba de convencerlo para que volviera, a “ese valle risueño de Andalucía” que lo vio nacer; después de más de cien años reposando bajo la tierra húmeda de Madrid, lo animaba a volver al pueblo.

En realidad, no deseaba un Alarcón muerto, lo quería ejemplo vivo para nuestros jóvenes. El regreso suponía una magnífica oportunidad para valorar su obra y recordar al personaje polifacético, político, literato, corresponsal de guerra, viajero y por encima de todo, vitalista.

Este traslado, fue cuestionado por algunas personas argumentando que él había dejado escrita su voluntad de ser enterrado en una sepultura anónima. Sin ánimo de polemizar y sin pretender enmendar al escritor, creo que el lugar de su futura tumba, no lo indicó. Se pronunció, al respecto, en plena depresión y con la moral por los suelos, al sufrir un ictus que le dejó medio cuerpo paralizado. A una persona tan dinámica, este contratiempo suponía enterrarlo en vida.

Mi conciencia siempre permaneció tranquila en este aspecto, pero me llené de alegría al encontrar un escrito que cerraba el debate. Pedro Antonio de Alarcón, envió una carta -cuando más lleno de vida estaba- a su hermano, donde le decía, “Estoy orgulloso, y se lo digo a todo el mundo, de ser hijo de Guadix.., Guadix es mi cuna; será si Dios quiere, mi sepulcro”. Texto, que por supuesto, luce con letras doradas en su lápida del cementerio accitano. Para el traslado contamos con la autorización expresa de su nieto, Don Miguel Valentín de Alarcón.

Pero volviendo al cementerio madrileño, comenzó aquella jornada tensa que a la postre, tanto nos marcaría, con una sensación extraña, punto intermedio entre la incertidumbre y la alegría; irrumpimos en la paz de los muertos, en aquel patio tan poco dado a lo festivo. Tico Medina describió ese momento de manera proverbial, “Al cementerio no se va a sembrar alegría, sino llanto. Pero aquello era una historia de vida en un paisaje de muerte”.La delegación accitana, presente en ese acto, permanecía en silencio expectante mientras el sepulturero vaciaba la fosa de la tierra apelmazada. Aparecían pequeños huesos que guardábamos como si de “perlas preciosas” se tratara. Las esquirlas de esos huesos pertenecían a la mujer y a la hija del escritor enterradas años después. El tiempo, poco respetuoso con la materia orgánica, la hizo desaparecer como por arte de magia.

Pasaban las horas y la decepción se iba apoderando de nosotros al comprobar como el hueco de la tumba, se hacía cada vez más profundo, debido al esfuerzo incansable del desenterrador con su pala y, Pedro Antonio, no aparecía. En ese momento pedí al operario un receso en su trabajo, con la sola intención de convencer al maestro.

Pronuncié el discurso preparado con esmero para la ocasión y cuando puse fin al mismo, comprobé como la emoción embargaba a los presentes y de manera especial, a los dos premios de periodismo “P. A. de Alarcón”, Tico Medina y Rosa María Mateo que nos acompañaban.

Me impresionaron las abundantes y dispersas lágrimas de la “musa de la democracia y del periodismo”. La abracé para consuelo de ambos y algunas de sus lágrimas se trasladaron a mi mejilla. En su intento de disculpa, comentó que no había podido evitarlas al escuchar las palabras dirigidas al maestro; “me parece tan fuerte -dijo- sólo pensar que ciento diez años después de mi muerte, a los pies de la tumba, el alcalde dijera: Rosa vámonos para el pueblo que se hace tarde”. Antes de marcharse, una Rosa compungida, declaró que “nosotros no somos nada, sólo quedan nuestras obras y nuestro recuerdo en los que nos quieren, pero ese recuerdo se olvida. Sólo perdura el de los grandes hombres”

Un poco más relajados, le pedimos al operario del cementerio que hiciera el último intento con la pala; sin oponer resistencia, pero con cara de pocos amigos, se puso a ello. A los pocos minutos, paró precipitadamente, señalando con el dedo nos dijo, “aquí está el maestro”. Y apareció tranquilo, con media sonrisa y las botas puestas; el cráneo y todos los huesos envueltos en la mortaja, en perfecto estado de revisión. Todo él, en su ataúd, protegido por el cinc que envolvía “la coraza eterna que guardaba los restos del viejo gladiador irreductible”.  

La admiración y la sorpresa se apoderaron de todos nosotros. Lo habíamos leído y estudiado, lo creíamos de ficción, pero no, ahí estaba como muestra de su existencia, resucitado de la historia. Una vez presente, le reiteramos la voluntad de volver a casa, él nos respondió con un silencio prolongado que interpretamos como “positivo”.

Recepción oficial, dos de mayo

Antes del recibimiento oficial que se produjo el dos de mayo, en la Casa Consistorial, Don Pedro descansó en la capilla del cementerio municipal.

Cuando todos los relojes marcaban las ocho y cuarto horas del día señalado, nuestro “hijo pródigo” se dirigió, custodiado por los motoristas de la policía local, a su plaza de las Palomas. A paso lento, recreándose, fue recorriendo el camino; calle Venus de Paulenca, Cañaveral, placeta de los Carros, y al bordear la comitiva el Torreón del Ferro, las campanas de la Catedral, impacientes, repicaron al viento -impulsadas por la orden del obispo- con un sonido alegre, nunca antes escuchado y con una fuerza, nunca antes empleada, le dieron la bienvenida. Eran las mismas campanas que le acompañaron en su niñez.

Ya en la casa consistorial, tomó la palabra Pedro Antonio de Alarcón. Se dirigió a los presentes con evidentes muestras de gratitud -señal evidente de conformidad con su regreso- recordando momentos pasados en Guadix, cuando era Perico para todos y aún estaba por hacerse. Nos habló de los sueños cumplidos y de las frustraciones -que no fueron pocas- padecidas; cómo siempre, en sus vivencias trascendentales aparecía el recuerdo del pueblo y sus gentes. Después de exprimir la existencia hasta mi último aliento, ahora toca seguir viviendo la muerte con resignación, pero en casa -sentenció-.

Pasaron las celebraciones por el regreso del paisano y surgió una preocupación imprevista. Éramos conscientes de que unos huesos perfectamente conservados en el paraíso perdido del cementerio madrileño, tendrían una vida efímera si no encontrábamos, y rápido, una fórmula adecuada para impedir que se convirtieran en polvo. Es decir, pretendíamos que los huesos acompañaran al personaje en su ganada eternidad.

Consultamos con algún profesional accitano especialista en empaquetar cadáveres para enviarlos -sin sello de correos- al otro mundo. La respuesta recibida, nos dejó un tanto perturbados y algo confusos; introducir en la urna, bolas de alcanfor antes de proceder al enterramiento, nos dijo el comercial fúnebre. Hicimos la misma consulta a un experto de verdad, a Don Miguel Botella, Catedrático de Antropología Física de la Universidad de Granada; hombre inteligente, apasionado de su profesión, de especial gracejo y muy vinculado a nuestra comarca por los numerosos años dedicados a las excavaciones arqueológicas.

Don Miguel pidió que le lleváramos al “paciente” para tratarlo de manera especial e intentar rejuvenecerlo; dicho y hecho. Después de comunicarle al maestro que haríamos un nuevo viaje, prometiendo que sería el último, lo trasladamos a la Facultad de Medicina. Él nunca pensó ser recibido con tanto cariño por el Rector-Magnífico de la misma Universidad que hubo de abandonar, muchos años atrás, por razones económicas y no académicas. El incansable viajero volvía, aunque sólo por unos días, a su soñada Granada donde se encuentra la calle más marchosa, señalada con su nombre. Las botas las enviamos al Museo Arqueológico Provincial para que le aplicaran alguna técnica de conservación. 

Tras el lifting integral aplicado con diversos productos químicos que lo conservarían -según el profesor Botella- más de seiscientos años, le dijimos adiós y lo dejamos descansar en su reluciente tumba del cementerio accitano, al cobijo de los suyos, de sus padres y hermanos, enterrados junto a él; tendrían todo el tiempo del mundo para ponerse al día. Nos retiramos cabizbajos, sin hacer ruido, después de que mi hijo José Luis, depositara un ramo de flores encima de las letras doradas que nos recordaran para siempre, la presencia del Hijo Pródigo.

Le demostramos a Perico que esa cancioncilla cantada por sus abuelas en la Navidad de 1840 -la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos, y no volveremos más- y que tanto le agobió, no era del todo cierta. Él, de manera excepcional, sí volvió del “más allá”.

La tumba, situada en el cementerio de Guadix, puede ser visitada, si lo hacen, por favor lleven una flor. 

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