Por Pity Alarcón

Andamos todos tan ocupados, y si me apuran preocupados, por el tema catalán, que da la sensación de que el mundo ha parado de girar, porque solamente lo hace alrededor del “Procés”. Pero no, el mundo continúa girando. Y continúan ocurriendo cosas en otros lugares del planeta, y del país también. Cosas, que nos hace reconciliarnos con el ser humano, porque nos habla de personas que han hecho de su vida un ejercicio de entrega a los demás, como pone de manifiesto el Premio de Derechos Humanos Rey de España, que fue entregado, el pasado miércoles, a Patricio La Rosa, de manos del Rey  Felipe VI.

 Sí, como ya han leído en las páginas de esta publicación, el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, fue testigo de algo que nos debe llenar de orgullo, a los que somos de esta tierra, y a los que creemos que el mundo necesita de gentes como el misionero de Huéneja, Patricio Larrosa, que ha dedicado, y dedica su vida en Honduras, a la ONG ACOES, donde desarrolla proyectos educativos, asistenciales, sanitarios, de construcción, y de productividad para personas desfavorecidas, y en riesgo de exclusión. Una intensa y productiva labor de ayuda a los demás, que este misionero está llevando a cabo. Un esfuerzo con el que ha conseguido atender a más de 70.000 personas, de aquel convulso y violento país centroamericano, consiguiendo que 11.000 niños y niñas tengan la oportunidad de recibir educación, y poder así acceder a la Universidad. Algo impensable allí,  si no fuese por la labor que Patricio y su ONG están llevando  a cabo, luchando por lo que verdaderamente hace libre al ser humano, la educación. Porque sin ella, porque sin la “funesta manía de pensar”, el ser humano no puede ser libre. Solo se puede ser libre si conocemos el concepto de libertad. Y es difícil conocerlo si no se tiene una formación adecuada, si los Gobiernos impiden que la educación y la formación lleguen a todos los rincones, si en nombre de la economía los colegios desaparecen y los niños quedan sin un lugar donde formarse, donde los profesores les enseñen a reflexionar, a pensar, a soñar también.

 Algo así como lo que ya está pasando en Andalucía, donde el Gobierno anda desbocado tomando medidas que, miren por donde, la mayoría de ellas perjudican a los más necesitados, a los más débiles, a los menos protegidos. Sí, el Gobierno formado por PP, Ciudadanos y la muleta imprescindible de Vox, está haciendo gala de una actividad demoledora en contra de los derechos más elementales del ser humano, los derechos a una educación pública de calidad, como pone de manifiesto el cierre de 31 unidades educativas de colegios públicos rurales andaluces. Medida que ha sido ya publicada en el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, sin que al parecer, al  consejero de Educación, Javier Imbroda, se le haya movido un músculo de la cara. Se constata así que, el ejercicio de la política, es capaz de prestar, a  depende de quienes la desarrollen,  una gran capacidad de impudicia, que les permite hacer las mayores barbaridades sin perder el gesto sereno de los grandes cínicos.

 Que les sea imposible matricularse en colegios a niños de  localidades como Tahal, Torvizcón, Juviles, Bérchules y Bubión, en Almería y Granada, es todo, menos comprensible, para alguien mínimamente comprometido con los derechos humanos. Porque el de propiciar una educación, una formación digna, debe encontrarse entre las prioridades de cualquier Gobierno democrático, tal y como se refleja en el articulo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos  “Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria”. Es decir, todos los Gobiernos, tienen la obligación de fomentar la escuela pública, una máxima que, al parecer, nuestros gobernantes olvidaron.

Por otra parte, si en los últimos tiempos, el tema de la “España vaciada” está, y con razón, en boca de todos aquellos que intentan ver más allá de sus narices, el cierre de escuelas rurales es darle la puntilla a esa España condenada a la despoblación, al privar a los pequeños municipios de uno de los servicios públicos más esenciales. Que esto se pueda justificar en términos de rentabilidad económica es de una bajeza difícil de soportar.

 Ante acciones tan mezquinas, tan faltas de sensibilidad de algunos, a los que se les paga para servir a los ciudadanos, el premio a Patricio Larrosa nos hace pensar que no todo está perdido, que hay gente como él, entregando su vida a los demás y comprendiendo que la educación es lo que realmente dignifica al ser humano.

Que pena que sean otros los que se dediquen a la política. Que pena.

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