Por Pity Alarcón

Ya tenemos encaminado un nuevo Gobierno, pero yo no me atrevo a pronosticar  cuando se pueda poner en marcha. Las urnas dejaron claro que no existe una mayoría en ninguno de los bloques; derecha e izquierda. Es decir, no existe un bloque que pueda gobernar,  por lo que hay que llegar a pactos, como ocurre en otros muchos países. Y aquí es donde se atisba que la responsabilidad de PP y Ciudadanos ha brillado por su ausencia (El PSOE impidió unas terceras elecciones con Rajoy en el poder con su abstención), para que este país no dependa de los independentismos que a nada bueno conducen. Porque el nuevo Gobierno podría haber salido   con los 10 diputados de Ciudadanos a favor de la investidura, y la abstención de los 88 diputados de  Pablo Casado, lo que supondría 130, frente a los 132 supuestos noes del resto de la Cámara. Hubiese sido suficiente con que el PSOE lograra  la aceptación de pequeños grupos, que en principio parecen dispuestos a decir que sí (PRC, Teruel Existe, BNG o Coalición Canaria),  en la segunda votación,  para que la investidura que reflejase un gran pacto de Estado de todas las fuerzas constitucionalistas, hubiese sido posible.  Este era el momento en que el partido socialista tenía que haberse cargado de  pragmatismo y no escandalizarse ante un Gobierno apoyado por la derecha  constitucionalista. Y ya era hora, también,  de que la derecha dejara de poner cinturones sanitarios a los socialistas, que solo llevan al estancamiento del país (ahora los discursos de Casado y Arrimadas lamentándose del Gobierno de coalición solo nos llevan a la melancolía), cuando otros países, como Dinamarca, pongamos por caso,  son un ejemplo de esto que les digo, y nos pueden dar clases de salud democrática. Es cierto que este país no  puede permitirse unas terceras elecciones, pero no es menos cierto que no puede ser condicionado por los independentistas catalanes. Pedro Sánchez ha de pensar muy bien las consecuencias del abrazo de ERC, si al final se abstiene, porque esa abstención tendría un precio muy alto, un precio que el PSOE, el Gobierno de la Nación,  no debe de pagar: el  independentismo catalán no quiere dialogar, quiere imponer (recordemos la historia).

El PSOE es uno de los partidos obreros más antiguos de Europa, sólo superado por el Partido Socialdemócrata de Alemania. Y no necesita clases de hacer política de izquierdas por parte de unos recién llegados. El PSOE ha de quitarse ciertos complejos y actuar como siempre ha hecho, pensando en el bien de este país. El votante socialista es mayoritariamente socialdemócrata, está alejado de la radicalidad y no necesita que vengan a darles clases de justicia social porque: “La socialdemocracia moderna se caracteriza por un compromiso con políticas destinadas a reducir la desigualdad, la opresión de los grupos desfavorecidos y la pobreza, incluido el apoyo a servicios públicos universalmente accesibles como atención a personas mayores, cuidado infantil, educación, atención médica y compensación laboral”.

Lo que el Gobierno que se forme ha de entender es, que por el bien de este país, se necesita, ya, poner remedio a lo que está ocurriendo en Cataluña, porque no es posible continuar llamando demócratas a quienes niegan el derecho de la palabra a los que no piensan como ellos. No es posible tachar de actitud pacífica  a quienes prenden fuego a contenedores, cortan las carreteras, y hacen todo lo que les viene en gana,  desde  un extraño derecho de secesión que les hace imbuirse de la potestad de hablar en nombre de todo un pueblo (en este caso los catalanes) cuando están lejos del 50% de los votos. Y no es posible tolerar, entre otras cosas, que en Cataluña se permita indagar sobre policías por cumplir con su obligación, y los que “investigan” sobre como hacer bombas,   para poner en funcionamiento el “noble arte” del terrosismo, cuenten con la comprensión de los que se supone han de gobernar esa tierra de todos, y para todos.

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