Por Pity Alarcón

Ciudadanos y Podemos irrumpían en la escena política española con discursos grandilocuentes, con promesas de regeneración democrática, con palabras rebuscadas e intentando llegar al corazón de los electores con mil y una triquiñuelas dialécticas que, al comienzo de la andadura de estas dos formaciones políticas, encontraron el eco de ciudadanos bienpensantes y candidos que creyeron que sí, que era posible dicha regeneración democrática y  que esta solamente podía llegar desde estos dos partidos políticos que parecían estar en posesión de todas las verdades. Pero se nos han hecho tan mayores en tan poco tiempo que, pongamos por caso,  es inevitable acordarnos del nacimiento de Ciudadanos, en el ámbito nacional, para que se esfume nuestro natural optimismo y nos preguntemos sobre el verdadero ser de  este partido que nació socialdemócrata, que más tarde se hizo liberal, y que ahora gobierna apoyado por Vox.

Sí, la expansión de Ciudadanos, de Cataluña al resto de España, y la irrupción de Podemos en el panorama político nacional,  fue recibida por los crédulos con toda suerte de parabienes. Dos formaciones que venían a  “limpiar” la vida pública de corrupción, a eliminar los muchos vicios que, decían, los otros partidos atesoran en el ejercicio del poder. Y llegaban encabezados por líderes jóvenes y dispuestos a salvar a los españoles de todos los males que, según ellos, venimos padeciendo durante estos cuarenta años de democracia porque, aunque ustedes no lo crean, esto no ha sido una democracia. Antes al contrario, y en palabras de uno de estos preclaros líderes, Pablo Iglesias, esto ha sido el resultado del “régimen del 78” que propició que todos aquellos ciudadanos que vivieron la transición democrática y lucharon por que en España hubiese una democracia, tras largos años de dictadura, se dejaran engañar por los taimados artífices de aquella transición que habiendo podido hacer tabla rasa con todo lo anterior, incluso metiéndonos de nuevo en otra guerra civil, prefirieron pactar, hablar, ceder en sus postulados para conseguir el tiempo más largo de ejercicio democrático que ha vivido este país, a lo largo de su historia.

Sí, el señor Iglesias y el señor Rivera llegaban para librarnos de los viejos partidos que todo lo hacían mal y de sus dirigentes: todos corruptos. Y comenzaron a soltar sus diatribas y a dar lecciones de buena conducta a derecha e izquierda.  Y mientras que Podemos ha pasado de querer “asaltar los cielos” a preocuparse solamente de los sillones que puedan ocupar (Iglesias debería de hacérselo mirar porque su obsesión deviene en patología digna de estudio), mientras el partido se desangra,   Ciudadanos se nos aparece tan desconcertado que preocupa. Si en sus inicios, cuando se declaraban socialdemócratas, les dimos la bienvenida porque nos pareció que sí, que  venían a regenerar la vida pública, ahora se muestran ante nosotros dubitativos y tambaleantes, con distintos discursos, dependiendo de quienes hablan. Y así, mientras que hay voces que abogan por facilitar la gobernación del PSOE, en Castilla y León,  Arrimadas nos dice que estudiarán caso por caso, Villegas ya no niega la posibilidad de las fotos con Vox, en Murcia parecen olvidar que son 28 años los que gobierna el PP, y Valls decide que hacer en Barcelona, mientras los otros callan.

Que pronto han envejecido, y que mal: que mal lo están haciendo.

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