Por Luis López-Quiñones Ruiz.

Tras el esfuerzo, titánico, la puerta de Brandemburgo se levanta tras mi muro de maratoniano como el bálsamo de Fierabrás. Tres horas veinticuatro. Entro en meta, me cuelgo el premio en forma de medalla. No una cualquiera, la de Berlín; me acredita como finalizador de uno de los eventos deportivos, populares, más multitudinarios del mundo. El sudor se mezcla con alguna lágrima, salada de emoción, cargada de sentimiento. No importa el puesto, compito contra mis límites, aunque,  hoy en día, todo se clasifica y rankiniza. Lo importante es mejorar, la recompensa al esfuerzo. Llo otro, inevitable; puesto 4000 y mucho de 26.000; la imaginación se desata. No soy el primer español ni el primer residente, tal vez, el primer accitano en la Maratón de Berlín. Mi vanidad empuja. Ningún participante de Guadix en la Web oficial, algunos de Granada; ya sería mala suerte encontrar algún paisano que hubiese entrado delante. Así pues, me vengo arriba orgulloso y me declaro, para mis adentros, pomposamente, sucesor de Manuel Alcalde.

Alcalde Fonieles, atleta de talla internacional, referente de la juventud accitana, ídolo de una generación de aficionados al atletismo. Responsable de propagar este “veneno “, tan adictivo, por toda la comarca. De acostumbrarnos a las siluetas de los marchadores rompiéndose en los llanos de la Calahorra o a la sombra de los pinos de sierra Nevada. Maestro, padre “putativo”, entrenador de otras figuras posteriores como Paquillo o Amezcua.  Abro paréntesis; Paquillo, antes del escándalo: medalla olímpica en Atenas y tres veces subcampeón del mundo; cierro paréntesis.

Me viene a la cabeza Jose Manuel Reyes, participante en seis juegos,  ganador de cinco medallas, abanderado en Rio; me entra el vértigo. Necesito azúcar, mis reservas están por los suelos. Pienso en la tradición de deportistas accitanos: populares, anónimos, pioneros, instigadores, promotores, de Poyatos a los Trotanoches.

Muerdo la medalla como Nadal; el mejor de los ejemplos. Me acuerdo de Guillermo Hervás, de la juventud atlética; voluntarios que hacen posible lo imposible: un Triatlón en Guadix. Hay gente que tiene un sueño, lo persigue y lo logra; mi amigo es de esos.

Voy recuperando mi cuerpo a base de líquidos mientras toco compulsivamente mi trofeo. Decía Chalton Heston, presidente de la asociación nacional del rifle, que tendrían que arrancarle el arma de su mano fría y muerta. Así me siento yo mientras escarbo en mi memoria. Me transporto al 3 de enero del 2001,  campo de futbol municipal,  el Valencia C.F fue Goliat y el Guadix C.F el “mata gigantes”.

 A la feria del 84 o 85 con mis primos, Cheluis Salmerón, Martinez; ganamos el torneo de baloncesto de nuestra categoría.

Mis ojos  vuelven al detalle de la presea: 25 de septiembre. El mes de la media del melocotón; suspiro, nunca crucé esa meta. El arco de San de Torcuato como los Campos Elíseos. Treinta y una ediciones y cada septiembre una promesa al aire; del año que viene no pasa.

Sentado en el vagón del metro que me lleva al hotel donde esperan los míos, me siento feliz. La tradición deportiva de un pueblo viaja conmigo. Varias generaciones de esforzados atletas me felicitan. De repente, “Zurückbleiben bitte”, el altavoz del vagón me devuelve al mundo, la próxima parada es la mía. Me levanto del asiento, arrastro mi cuerpo dolorido hasta la puerta más cercana con el puño cerrado sobre la medalla, siento que este sueño, tan hermoso, tramado entre el orgullo y la fantasía, ya no me lo quita nadie.

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