Por Luis López-Quiñones Ruiz

Mi edificio, aquí no hay quien viva, se encuentra en la Placeta de San Francisco.  A pesar del intento de la autoridad para que los zagales no nos colemos saltando las tapias, cada vez más elevadas, o a través de las casas abandonadas de Santa Ana colindantes al enorme jardín, no es posible poner puertas, ni muro, al empuje de la juventud. La construcción de tres plantas, pegada a la Iglesia, antiguo asilo de las monjas, poblado de personajes míticos, habitantes de mi infancia que se han ido caricaturizando hasta convertirse en personajes de la 13 Rué del Percebe, es un hervidero en las tardes-noches de verano.

La Juana marcha, camino de la plaza, a sacar su carro guardado en el edificio vecino del Liceo. Parsimoniosa se sienta en silla de anea y coloca las chuches: Pistolines, pipas Churruca, Cubalibres, sobre su puesto con ruedas, madera carcomida pintada mil veces de azul Mediterráneo. Observa a Santiago, su hijo, que recorre la plaza de arriba abajo, de abajo arriba, infinitas veces, con su cantinela de alabanza a la Virgen del Pilar. Negro riguroso, moño, toca de lana indiferente a la estación, sometida a la curiosidad de los niños y a la leyenda de la vieja avara con tesoro escondido.

Muley vela un muerto en el segundo piso, sombrero en mano.

¿Mucha gente en el velorio?, la viuda y yo, contesta. Esperando a Don Miguel Pastor que dirija el Rosario. Ni un funeral se ha perdido en cuarenta años.

D. Miguel, cura de los de antes, sotana, gafas oscuras, boina para el frio, apura en El Dólar, tras la tertulia, un chato de vino del país con un pastel de la Señora Frasquita mientras otros miembros del clero campan por mi imaginación de infante: Jesús Campaña, D. Leovigildo y D. Carlos Ros, repartiendo capones y reglazos a los chicos del coro.

Bareta sale hacia el parque, camino de los futbolines, para empezar la ronda. Se ajusta la enorme hebilla del cinturón de cuero sobre el uniforme marrón de pana y se apoya sobre el callao de madera que le da nombre. Se cruza con Matute, el municipal, que vigila el perímetro del edificio en ruinas, sin mucha suerte, para evitar la entrada de las pandas de chiquillos.  Una jauría callejera, de las muchas que habitaban aquellos años, busca alimento en la esquina de los almacenes Julián. Jose Vega, Nacho “el gato” y yo preparamos nuestro asalto a las Gaseosas Vergara.El plan simple de siempre; pasar andando, esperar el descuido, coger una botella a través de la reja y no parar de correr hasta la escalera de la casa de los Peinado.

En los bajos, el local de moda en el pueblo. Modesto vende vino y litronas, por cientos,  con pocas palabras y platillos de cacahuetes. En invierno el mejor de los refugios, en verano: proveedor oficial del botellón accitano.

La Pereta prepara un guisote para su numerosa prole. Juanico pasea por la Calle Ancha con su herramienta de limpia a la búsqueda de clientes. El Follares monta turistas en su Vespa, estampa cañí de vacaciones en Roma, y organiza juergas flamencas en su cueva en cualquier idioma guiri.

No podían faltar, son parte de la historia de Guadix, de la leyenda del pueblo; los Gitanos también se ganan la vida y forman parte del paisaje y paisanaje.

Ubico en el jardín al Fosor gigante, no menos de dos metros, embozado con su capucha, laborando en el huerto. En la noche, en su rol de malo, en el juego de contar historias de miedo y entrar en el cementerio a buscar emociones. Protagonista de cientos de cuentos de niños capturados y encerrados en una cripta como escarmiento.

Todos ellos caben en la 13 Rué: Torete, Fospedales, Los Albinos. Carne convertida en caricatura por designio del tiempo que todo lo difumina: Engaña losetas, D. Adriano, la churrera del parque. Inexorable juez que ha borrado los nombres de muchos, que no sus rostros, dibujados con tinta en mi mente. Rompetechos, Carpantas y Gildas, personajes de canción de Manolo Garcia, gente ficticia y gente fetén, que me hacen sentir una melancolía que reserva para mí el papel del abuelo Cebolleta.

 

 

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