El tren y la bicicleta

Allá van trescientos viajeros en un tren formando un todo invisible con la misma velocidad todos ellos, la de la, marcha. El sabio y el ignorante, el bueno y el malo, la mujer fea y la mujer hermosa, el que va soñando idealismos y el que va rumiando miserias, todo son masas iguales que describen la misma trayectoria, la de la vía férrea con igual rapidez. Aquella celdilla gris que vibra con un pensamiento noble, describe con sus cincuenta kilómetros por hora, como aquella otra celdilla en que impurezas o ruindades revuelven el protoplasma. La velocidad es la reglamentaria para todos, la igualdad ante la marcha es perfecta. el estado socialista de un tren es nivelador.

Todos los viajeros caminan a la vez, a la vez se detienen, se les marca la hora a tener sueño, y el maquinista es, para aquel organismo fatal, algo así como el símbolo del Estado, que arrastra al individuo y a todos ellos sobre el mismo terraplén, por encima del mismo puente u por el centro del mismo túnel.

Observo por la ventanilla un sitio pintoresco en que quería detenerme, una eminencia a que me apetece subir, una casita blanca que desearía contemplar de cerca, un pequeño valle que forma un recodo, y al recodo me agradaría asomarme para ver qué hay más allá. Imposible: la fatalidad en forma de locomotora me lleva y nos lleva a todos; el maquinista es el Destino tiznado de carbón, y poco le importan mis ansias, mis ilusiones o mis deseos. Hay que trazar una rasante o que dar vueltas a una curva; arroja el fogonero su paletada de carbón y adelante; allá se quedan para siempre el bosquecillo pintoresco, la atractiva eminencia, la casita blanca que no veré jamás, el recodo dulcemente misterioso a que nunca me asomaré. Voy pegado como molécula a molécula al compañero que ocupa el asiento próximo, que duerme prosaicamente y que no ha sentido ni ha deseado lo que yo, como pirones de ilusión, he visto pasar ante mis ojos entre la columna de humo que la chimenea va dejando tras sí.

Por eso digo que la locomoción en los ferrocarriles es eminentemente socialista, y si no representase tan gran proceso y de algún modo pudiera serme antipática, por el socialismo que representa me lo sería en grado sumo ¡Pero es triunfo tan grande de la ciencia, es emancipación tan prodigiosa del trabajo, representa tanta suma de esfuerzos individuales y de asociaciones libres (que son precisamente lo contrario del socialismo organizado mecánicamente,) que es forzoso mostrar indulgencia, y por la libertad que simboliza perdonarle la tiranía que ejerce durante algunas horas a son de silbato y golpe de palanca.

Como protesta contra esas locomociones colectivas  de la vida moderna, que se manifiestan con los mismos caracteres desde el tranvía a la locomotora y el trasatlántico, agrupando seres libres en forma de mercancía para transportarlos con fatal uniformidad mecánica a lo largo de centenares de kilómetros, se ha inventado la bicicleta.

¡Qué libre, qué independiente, qué individualista es la bicicleta!

¡Quién fuera muy joven para mil cosas, y entre ellas para correr mil kilómetros en el modelo más perfecto de bicicleta; en eso inesperado mecanismo, uno de los más admirables de los tiempos modernos!

El  caballo y la bicicleta son los dos tipos perfectos de la locomoción individualista, que ha de ser la del porvenir.

¡En un caballo con la crin tendida, y en una bicicleta suspendida en milagroso equilibrio de rotación, es como se recorre el espacio con plena conciencia de libertad!

¡Y la bicicleta sobre todo!

En los demás sistemas se acude a fuerzas ajenas a nuestra propia fuerza.

¿Qué mérito hay en correr a razón de cincuenta kilómetros por hora, si el vapor nos presenta su energía? No vamos, nos llevan. El carbón nos da su potencia de combustión: suple nuestras flaquezas: acude en ayuda de nuestra debilidad.

Hemos sido ingeniosos para obligar a la naturaleza a que trabaje por nosotros, pero confesando la pobreza de nuestros propios recursos.

Y no sucede esto con la bicicleta; son nuestros propios músculos los que trabajan; con el mismo esfuerzo con que paso a paso, pesadamente, torpemente, malgastando nuestra energía locomotriz, marchamos como míseras peatones con esa misma fuerza, mejor dicho, con una parte no más, recorremos centenares de kilómetros.

Lo que hay es que utilizamos con inteligencia nuestros esfuerzos, obligándolos a producir su máximo efecto mecánico.

No nos dio alas la naturaleza; pues nosotros nos hemos puesto ruedecillas: no será esto tan poético como aquello, pero es invención eficaz y utilísima. Ademas, ¿quién nos dice que no podrán combinarse en lo porvenir con las bicicletas las alas?

José ECHEGARAY

LA PIÑATA

Tiene el baile que se celebra el domingo que así se denomina un atractivo tal, que aun aquellos más pacíficos, y las más sesudas hijas de Eva, abandonan su formalidad y se lanzan  a él, aun cuando no sea sino en calidad de mirones.

Ver las máscaras:

Bailar:

Tirar de las cintas de la piñata:

Gozar del contenido de sus tripas y

Presenciar el desfile de última hora en el que se ve tanto rostro bello y sonrosado:

Tales son las principales emociones de que se gozan en tan popular diversión y de aquí sus múltiples apasionados.

El baile que El Liceo  dio el último domingo, fue una verdadera solemnidad.

Muchas máscaras:

Mucha concurrencia:

Una galantería a toda prueba:

Ello junto con multitud de luces, de espejos, de verdura, de colgaduras, dieron por resultado fuese uno de los mejor presentados que hemos conocido en nuestra localidad, que concluyó la mañana del lunes a las cuatro de la madrugada.

No hemos de terminar sin decir cuántos aplausos merece don Francisco J. Diaz Barrera, socio encargado del decorado del salón de El Centro en que tuvo lugar, que en veinte y cuatro horas lo presentó de un modo sorprendente y sin dar la enhorabuena al presidente D. Ángel Córcoles iniciador de todo ello.

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