Las hermanas de la caridad

Las hermanas de la caridad son las hijas de Paul, que inspirándose en los destellos que despide la excelsa virtud que les da nombre, cubren su cabeza con la alba loca, y sin más armas ni riqueza que hacer el bien a todos, se las ve aparecer como ángeles tutelares, en las regiones del Asia, en los arenales del África, en las soledades de América y en los hospitales y asilos de la culta Europa.

Son las hermanas de los pobres desvalidos, que con la sonrisa en los labios van buscando la desgracia y los gemidos de la humanidad para enjugar lágrimas.

Son palomas mensajeras que en la triste noche vuelan al lado del moribundo y sacrifican su posición social, y su delicada hermosura en los pútridos miasmas de la epidemia,

Son las cariñosas madres que no temen el cañón de la guerra y buscan en el campo enemigo al herido desamparado, y llorando con ellos les proporcionan sus consuelos y sus servicios.

Son el amparo de los ancianos que sus mismas familias los han arrojado a la desesperación y a la muerte, y ellas los halagan, los dan casa y les muestran con alegría las limosnas que recogen para mantenerlos y vestirlos.

¿Qué fin persiguen esas bienhechoras de la humanidad? Se preguntarán muchos así mismos.

¿Quién las recompensa? ¿de dónde nace tanta generosidad y desprendimiento tanto?

Seguramente que estas preguntas no tienen contestación satisfactoria para aquellos hombres, que no ven en la sociedad otras exigencias que las nacidas de las relaciones materiales, para quienes el pensamiento y la idea del hombre no es más que una sensación y su corazón lo representan como una tabla de cálculo.

Estas contestaciones solo están reservadas a los que saben apreciar las bellezas morales, los que gustan de los encantos de la virtud, los que sienten las armonías celestiales, aquellos que esperan un premio o temen un castigo al otro lado de la tumba.

Verdaderamente causa admiración ver transformado el ánimo débil de la mujer en fortaleza inexpugnable. A esos Ángeles de la tierra, no les arredra el peligro, ni las amenazas más irritantes: la que fue de imaginación voluble y de vaso delicado, transformóse en voluntad de hierro dispuesta a realizar acciones heroicas, que sorprenden y entusiasman.

¿Quién será capaz de ver con indiferencia la abnegación de las hermanas de los pobres?

Quien escuche con frialdad los relatos de las obras, quien se retire de los hospitales donde se crían esas delicadas floresocultas a las miradas de todos, sin que broten en su espíritu pensamientos graves y levantados, no sabe lo que es lo bello y sublime, porque para él no existen bellezas morales, ni su corazón materializado puede sentir y a los deliciosos encantos de la virtud.

Por el contrario, esas pobres mujeres que con tanta generosidad y desprendimiento sacrifican su existencia en favor de sus hermanos los pobres, viven tranquilas en perfecta calma, nada más que haciendo el bien y santificándose.

José López Marín.

CERO Y… SE PERDIÓ LA CUENTA.

El día catorce del actual llegó anuestra estación, con cuatro horas de retraso el tren correo de Almería que debió entrar a las siete de la noche. El motivo de la tardanza fue el mismo de cuantas veces ha llegado después de la hora reglamentaria. La máquina se inutilizó a poco de salir de Dña. María y a duras penas pudo arribar a Abla. En esta estación tuvo que esperar hasta las diez horas en que llegó el tren ascendente de mercancías, del cual tomó la locomotora que lo trajo a Guadix.

Estos hechos, repetidos con similar frecuencia desde que se inauguró la vía férrea de Almería a esta ciudad, demuestran la poca consideración que guarda a este país una compañía egoísta y soberbia que desde el principio se manifestó con irritante altanería, sin reparar en medios con la de alcanzar su lucrativo fin.

Muchas veces se ha repetido en las columnas de este semanario, que el material ferroviario de esta línea es de lo peor que puede darse las maquinas defectuosas hasta el punto que apenas hacen un viaje sin que sufran desperfectos considerables con peligro o cuanto menos, grave perjuicio de los viajeros que pagan el billete por que los lleven al punto de destino en el tiempo reglamentario, la poliera interior de los coches deja mucho que desear. Puesto que no se distinguen por su aseo, en las estaciones no se encuentra el indispensable confort para que el viajero que espera la llegada de un tren no coja, al menor descuido, una pulmonía en la época que atravesamos.

Todo esto se ha dicho y repetido en mil tonos y… nada… como si se le hablara a una piedra, la compañía sigue impertérrita burlándose del público y de la Ley.

Sera muy laudable que los señores gobernadores de Granada yAlmería, cada cual en la parte que le corresponda, y por los medios que les da la Ley (las multas oportunamente impuestas, entendemos son los mejores) hicieran comprender a la Compañía de Caminos de hierro del Sur de España, lo descuidada que anda en el cumplimiento de su deber. Es lo menos que pueden hacer unas autoridades celosas, por un pueblo que, ahora como siempre, pone de modo generoso, sus haberes y su sangre al servicio de la Patria.

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