LA ALHAMBRA.

El monumento nazarí, gloria de España, está amenazando ruina, y la potente y noble voz de la prensa ha principiado a resonar por todos los ámbitos de la nación, doliéndose con lamentaciones justas y naturales del abandono en que se encuentra esa imponderable alhaja artística que nos legaron los árabes. Los ayes y las quejas han penetrado en todos los corazones de la noble raza ibérica, menos en el corazón de los gobiernos que nos vienen mandando hace muchos años; pues han visto y ven con punible indiferencia la paralización de las obras que era urgente ejecutar en los defectos causados por el incendio de la tristemente célebre y nefasta noche del 15 de Septiembre de 1890.

Un periódico de Madrid, recuerda que la catedral de Colonia ha sido terminada gracias a una lotería, y propone:

«La lotería de Navidad podría ser aumentada en un 25 por 100. El producto de este aumento debería dedicarse exclusivamente a la Alhambra. Toda la nación contribuiría a obra tan hermosa para la patria. El grandioso monumento quedaría restaurado, no amenazaría al país para dentro de breve plazo con la vergüenza de una .ruina y el Tesoro público no padecería quebranto.»

Sin dejar nosotros de alabar, por sus buenos deseos, el pensamiento de El Día, no opinamos como él. Este monumento, prototipo de la belleza árabe arquitectónica, no debe esperar los recursos de un sorteo que para celebrarse aún tiene que transcurrir un año. Del gobierno es la obligación de acudir inmediatamente a salvar tan preciada joya, y si no lo hace con la perentoriedad que el caso requiere, Granada debe pensar en los medios conducentes a tan laudable y elevado fin, proponiendo una suscripción cosmopolita, suscripción que creemos alcanzaría una cifra considerable, superior a la que se presupuestara, siempre que para la realización de las obras se nombrara una junta compuesta de personas inteligentes, de intachable conducta y reconocida moralidad.

Es tal nuestro cariño, tal nuestro entusiasmo por ver finalizadas en su totalidad todas las obras de ese encantador palacio, que sufriríamos una amarga decepción, si de los cuatro puntos cardinales faltaran nombres para llenar la lista necesaria a llamamiento tan natural.

La Alhambra, aunque propiedad exclusiva de la noble nación española, es hija adoptiva de todos los países. No hay, con dificultad existirá un rincón de tierra en los mundos conocidos que pisen humanos pies, en donde su nombre sea desconocido.

Como Washington Irving, no alienta extranjero, pobre o rico, que no sienta morirse sin haber admirado esta maravilla del arte, maravilla cuyo nombre se pronuncia con admiración por todas las lenguas conocidas; por lo que afirmamos que la propaganda que se hiciera por medio de la prensa universal, se vería coronada por resultados increíbles que si en la humanidad, por desgracia, existen seres apegados a las ideas indiferentitas por fortuna los hay también, y quizás en mayor número, entusiastas por todo lo bello y lo grande. En este equilibrio terrenal, la Alhambra vencerá, teniendo a su favor votos innúmeros.

No, nos engaña la pasión, no es esta una proposición puramente imaginativa; pero si lo fuera, si nuestros gobernantes dejaran dormir el proyecto de restauración en las palas de la Academia de San Fernando, si de las cinco partes del mundo no se esperara un resultado satisfactorio, para vergüenza y escarnio de todos, para sonrojo de nuestros gobernantes, Granada y los pueblos de su provincia se bastarían para llevar a efecto la terminación de esas obras. Autorícese a la prensa para admitir suscripciones con la obligación de publicar los nombres de los donantes y la cantidad con que cada uno se inscriba, nómbrese la junta que ha de tener la dirección de todo, y se verá, no con asombro, con entusiasmo, que la cantidad que se recaude superará con mucho a lo que las almas apáticas y pesimistas creyeran recaudar. Granada, la ciudad cuyo cielo solo es comparable al cielo de Atenas; Granada, que se tiende bella y encantadora a los pies de la enhiesta colina sobre la cual se asienta el recinto maravilloso de la Alhambra, la que siempre y en todas épocas ha enarbolado la batuta del arte, no puede permanecer indiferente y dormida ante el cercano peligro; Granada, la cristiana ciudad que recibió en su bautismo una lluvia de sangre condensada sobre su atmósfera desde el desastre del Guadalete, mira y barra final de la epopeya que principió en Covadonga, cometería un crimen de lesa belleza si apática a indiferente dejara correr el tiempo destructor, siendo causa por su incuria de que llegara el día del cataclismo horrendo, cataclismo que no ha podido efectuarse en el transcurso de siete siglos, ni por naturales inclemencias, ni por destructores incendios, ni por sísmicas conmociones.

EL ACCITANO no puede permanecer silencioso ante el justo clamor de la prensa; en lo poco que vale, por su entusiasmo artístico equipara su valor con el valor de los demás: por su amor a Granada no cede a nadie la preferencia; y sépase que lo mismo que aboga por la Alhambra, monumento árabe, aboga por la iglesia de san Gerónimo o cualquier otro monumento cristiano erigido sobre la tierra que envidian todos los hombres, comulguen en la religión que comulguen, bendiciendo a todas horas al gran sacerdote histórico que unió en indisolubles lazos la sensible belleza ática con la suprasensible belleza romana.

El Renacimiento fue la síntesis de la belleza universal: el arte es cosmopolita.

J. REQUENA ESPINAR

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