MÚSICA CELESTIAL

Allá por el año de 1861, acostumbraban a reunirse al amor de la lumbre mi padre y algunos de sus amigos, y en sustanciosa plática pasaban las crudas tardes del invierno: yo les oía embebecido; sus relatos y conversaciones impresionaban agradablemente mi espíritu y de ellas sacaba algunas enseñanzas y gratísimas doctrinas, que conservo aún en un rincón de mi memoria como reflejos del pasado, y recuerdo de persona tan querida como el autor de mis días.

Se ocupaban con frecuencia del presente y del porvenir de este pueblo y de la entonces proyectada construcción de la carretera de Granada a él, que iba a realizarse inmediatamente, y como cosa natural, fantaseaban acerca de los parajes porque debía de pasar, terrenos que ocuparía, utilidades que debía reportar y donde terminaría aquí: quién decía vendría por bajo de la Torre gorda a la Plaza Mayor: quién que por el lado de las eras a incorporarse a la de Murcia: quién en fin, que atravesaría lo mejor de las huertas e iría a morir a la Puerta de San Torcuato.

Tal fue la genera! creencia dela proximidad de los trabajos, que junto a los lugares porque se suponía había más probabilidad de que el camino terminara, se hicieron cercas muradas con altas y espaciosas puertas, que habían de convertirse en cómodos y extensos paradores; cosa que no sucedió porque no llegó el día deseado.

Aquello no fue otra cosa que una de las muchas promesas que se hacen a los ciudadanos españoles con el firme propósito de no cumplirlas, y resultó fiasco, quedándose la carretera en la imaginación de los habitantes que con ella habían de ser favorecidos, los padres de la Patria que en aquel entonces regían sus destinos, tan satisfechos, y aquellos sin poderse comunicar cómodamente por tierra con la otra provincia de Almería tan desdichada y olvidada como desatendida, sino por e! camino que a ella y esta ciudad conduce que es como todos sabemos una vía militar, ejecutada por los franceses para el paso de sus tropas, durante su invasión.

Por ella vamos y venimos: pasamos y volvemos a pasar, expuestos a rompernos la crisma o a fracturarnos un hueso, cosa allí usual y corriente, razón que nos obliga a encomendarnos a todos los santos al poner el pié en el estribo del coche—que aún no ha llego a diligencia—en el que los viajeros pasan horas tras horas empaquetados y prensados, cuál pasas malagueñas en sucinta caja.

Hay con especialidad dos sitios, la cuesta del Molinillo y la de Diezma, en las que el caminante parece va a descender del cielo a la tierra por medio de simas y cortaduras de roca; muy suavemente, con un desnivel prudente, sino por pendiente vertiginosa llena de baches y polvo que ahoga y asfixia en el verano, y helada y resbaladiza como el cristal en el invierno, donde ni bastan planchas ni tornos, para contener los vehículos, realizándose constantemente por el Supremo Hacedor el milagro de que estos no rueden con sus cargas a los profundos abismos sobre que se pasa.- Ni un guarda-cantón, ni una defensa débil contra los peligros; hay que resignarse a sufrir lo que pueda acontecer.

Nosotros al llegar a aquellos vericuetos, hemos visto señoras asustadas y aterradas cogerse a sus maridos, a sus hijos, a sus acompañantes, y ofrecerse a que suceda lo que Dios quiera! ¡tal es lo imponente de aquellos profundos barrancos que se bordean! Nosotros hemos tenido ocasión de presenciar también, que jóvenes, ancianos, señoras y enfermos, han tenido que bajar las cuestas dichas por su propio pie con terribles y espesos hielos y nieve a la rodilla, tropezando, cayendo y lastimándose, en evitación de sucesos más desagradables: nosotros hemos presenciado vuelcos peligrosos, que han ocasionado lesiones y contusiones: nosotros sabemos y es público que allí han acontecido lamentables desgracias.

¿Y cuándo crecen los ríos que cruzan el camino? Como se hacen caudalosos merced a las muchas aguas que por causa de las lluvias reciben, no hay otro medio si los martirizados viajeros vienen de la capital de la provincia, que, o decidirse a vadearlos a trueque de ir acaso a ser pasto de los peces, o resignarse y esperar a que desciendan las aguas, teniendo por abrigo el cielo, y expuestos a todos los rigores e inclemencias de la naturaleza. En tales trances ¡cómo se echan de menos las comodidades que en otras provincias se disfrutan! ¡Cómo se conocen, tocan y sienten las tristes consecuencias del abandono a que nos tienen condenados los gobiernos!

Ha pocos años se 11 hizo un estudio de la carretera actual, modificándola, y desechando los lugares dichos y la cuesta de Fajalauza, que da acceso a Granada, y esto que si no da una perfecta por completo, ha de evitar múltiples peligros, es lo que hemos de pedir sea una tangible realidad. Para ello debemos hacer comprender a los poderes públicos, que los intereses de este territorio lo reclaman: debemos decir una y mil veces que carecemos de vías de Comunicación: quo nuestros productos permanecen estacionados, porque no podemos darles salida; que nuestros montes, que nuestras sierras contienen en sus entrañas casi vírgenes, minerales preciosos, que por aquella causa permanecen sin explotar; que cada vez que pasamos el camino actual, lo hacemos con grave peligro de nuestra salud y de nuestras vidas. A tal empresa, entonando estos verídicos clamores, debe cooperar la prensa de la provincia, y la nacional que se asocie a nuestra justa causa, a nuestras desgracias, a nuestro desvalimiento, a nuestros dolores, y de esta manera conseguiremos se lleve a término esa reforma tan precisa como deseada.

Nuestra capital de provincia es ensalzada por los gobiernos, por los nacionales, por los extranjeros; no hay apelativo sonoro que no se le dedique y que en verdad no le convenga, pues todo en ella es admirable. Se le llama—con justicia, eso sí—la ciudad de los cármenes, de las flores, de los perfumes, de los encantos, de los ensueños dichosos, de las hadas y huríes, de las arenas de oro, de cielo azul y alegre, terso y tranquilo, de las mujeres hermosas, de los amores, de la vida, de las delicias, para concluir.

Pues bien: si esta mágica tierra no tuviera más que lo que le han dado los gobiernos ¡pobre de ella! Sus fábricas, sus artes, su industria la debe a sus hijos. El Estado poco ha hecho; un pobre ferro-carril y algo más, pero cosa insignificante. Se le puede comparar a hermosísima mujer revestida y adornada de singulares encantos naturales, muy amada, muy cortejada de su enamorado, pero sin galas, sin adornos, sin lo más preciso para la vida, porque solo la da cariño, más no medios de sostener sus más triviales necesidades.

Prodíguense a nuestra Granada frases de admiración, de entusiasmo y de cariño; bríndesele protección; demuéstresele amor; hágansele promesas; todo está perfectamente: pero tradúzcanse también en hechos reales y positivos: en líneas férreas, en carreteras, en edificios públicos, en conservar su poderío militar, judicial y administrativo, que lo demás es muy halagüeño para el oído, para nuestro orgullo de hijos de ella, para los españoles todos; pero tratándose de su prosperidad y fomento, amor platónico, cumplimientos de pura etiqueta, música celestial.

GÁRCI-TORRES.

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