Por N. REYNOL

Me pareció un milagro pero me encontraba frente al número 7 de Kinsaley street del barrio del Palmerston de la ciudad de Dublín. Llegar a mi destino había costado  cinco días y medio. Sufría un cansancio infinito, no había parte de mi cuerpo que no sintiese dolor, tenía hambre africana, no había cambiado de vestimenta desde el inicio del viaje y lo peor era el mal olor que desprendía mi cuerpo. Durante el trayecto,  en ferrocarril  y barco, me había ocurrido de todo: perdí un tren, sufrí una huelga, rompí el asa de la maleta que tuve que arrastrar durante días por el N.O de Francia y me robaron 67 libras. Fueron demasiadas incidencias, pero después de tantas calamidades el zaguán de aquella casa era el paraíso

Había concluido mis estudios universitarios, pero carecía de proyectos y de una vocación definida. Muchas eran las dudas sobre mi futuro, cuando un amigo regresó de Irlanda y, después de conocer su experiencia, me convencí que viajar y aprender inglés era una buena alternativa porque el idioma británico se había convertido en fuente de oportunidades. Existía, sin embargo, un importante impedimento: el coste del viaje y el del alojamiento, aunque tenía expectativas razonables de trabajo, que desgraciadamente se convirtieron en explotación laboral (jornada diaria de 10-12 horas y escaso salario). A pesar de todo, con mis escasos ahorros, el producto de la venta de los manuales de derecho   y la ayuda de mis padres conseguí los billetes y un puñado libras para atender los gastos de viaje y la primera semana de estancia en Dublín.

Subí al tren expreso, dirección Madrid, una noche de mayo, con  la maleta que había guardado mi ajuar juvenil en residencias y casas de estudiantes, y arribé a la estación de Atocha once horas más tarde, después de pasar la noche en el pasillo del vagón, sentado en mi maleta. El viaje continuaba en la estación del Norte en el expreso nocturno  destino Irún. En Hendaya, tras pasar la frontera y mostrar varias veces el pasaporte, tomé  el tren que me llevaría a Paris. Y allí comenzaron  mis desdichas. La información que me dieron en la agencia de viajes era errónea. El tren con destino a Calais no partía de la Gare de Saint- Lazare. Hube de trasladarme a la estación de Norte y cuando  llegué el convoy había partido y la única alternativa era tomar otro tren dos horas más tarde, pero me costó 20 francos y dos cenas menos.

Ya, en el tren, camino de la costa, ¡horror¡, algunos viajeros comentaban que los barcos que cruzan el canal están amarrados. Los trabajadores han decretado tres días de huelga. Al bajar del tren en Calais se confirma la noticia. El panorama no difiere mucho del que había visto en un documental sobre la huida de los derrotados en la guerra civil española. Miles de personas con maletas, macutos y sacos deambulaban por el recinto portuario ante la inexpresiva mirada de los trabajadores que portaban pancartas anunciando la huelga

A la angustia colectiva, se unieron decenas de “bulos” de salidas de barcos desde puertos cercanos: Le Havre, Dunkerque, Dieppe, Chesburgo….Durante tres días, junto a una multitud, recorrimos la costa normanda en busca del barco que, a pesar de las informaciones, no salía o había zarpado ya. Fueron jornadas que recuerdo con alegría y añoranza a pesar del cansancio, el hambre y las inclemencias del  tiempo. Viví, sin querer, una inolvidable aventura de de solidaridad, amistad, y comprensión, pero eso es otra historia que quizás escriba algún día.

Agotado, con la maleta al hombro y veinte libras en el bolsillo, pisé suelo británico: El puerto de Dover. No recuerdo como se desarrolló el resto de viaje, supongo que dormí en vagones, parques y estaciones, aunque no estoy seguro si el escaso recuerdo que alberga mi memoria es real o son imágenes difusas de un sueño. Lo cierto es que para sorpresa de la familia Kennedy, que ya no me esperaban, llegué a su casa cinco días y medio más tarde de lo previsto. Era el 30 de mayo, festividad de San Fernando, patrón de Sevilla.

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