Por N. REYNOL

El padre de mi amigo Ramón era un apasionado de la naturaleza y especialmente de Sierra Nevada en cuya ladera norte  tenía una propiedad donde pasaba los veranos con su familia.  Dedicaba gran parte de su ocio estival en organizar y emprender caminatas y excursiones por las montañas y  villorrios  de la  comarca.  En el verano del 55, Don Manuel, padre de Ramón, había organizado una excursión para conocer la flora de la alta montaña, atravesando el puerto de La Ragua y los valles de  la Alpujarra oriental, finalizando en la localidad de Válor, baluarte de Aben-Humeya durante la sublevación de los moriscos. Todos los años esperaba con impaciencia la llegada de Ramón, que residía en Madrid, y esperaba su invitación para subir a su casa de la sierra.  

Son muchos los recuerdos y experiencias de aquella excursión: trepar laderas a la salida del sol, coronar montañas desde las que se divisaba Africa, admirar el salto vertical de las cabras,  saciar la sed en los neveros, ver un horizonte de estrellas que no tenía fin, sentir el vértigo al mirar el fondo de los barrancos, pero el recuerdo más intenso de aquellos días es la visita a Don Gerardo, que hacía tiempo había abandonado la comarca, aunque  aquel verano había acudido con intención de descansar unos días en el pueblo.

Ramón y yo estábamos agotados  cuando entramos en la casa, solo deseábamos  recuperarnos  de cansancio en un lugar tranquilo fresco El interés por lo que hacían y hablaban los mayores era intrascendente para nosotros, aunque podíamos escuchar como el padre de mi amigo y Don Gerardo hablaban del calor del verano y de  la tormenta de la tarde anterior.  Cuando finalmente se reinició  la marcha, pude observar, ya descansado, que Don Gerardo era una persona robusta, de estatura  muy superior a la normal, ojos claros y cabello moreno con algunas zonas grises . Me llamó la atención que vestía  pantalones de pana  y calzaba  alpargatas de lona con suela  de cáñamo. 

 Años después, ya en la Universidad, cayó en mis manos un libro llamado “Al sur de Granada” que al avanzar en su lectura transmitía algo personal  y vivido. Eran sensaciones imposibles de expresar, pero escondían tanto misterio que la intriga y la curiosidad se convirtieron en obsesión.  Y sucedió antes de concluir el libro, se deshizo el misterio: Don Gerardo, al que yo conocí, era el hispanista y escritor británico Gerard Brenan, autor del libro;  y el pueblecito de casas encaladas de blanco y techos planos era Yegen

A partir de esta lectura, la curiosidad y pasión por Brenan ha sido una constante en mi vida. He leído y releído íntegramente todos sus libros y también las biografías de las que he tenido noticia. Es un personaje excepcional; participa en la primera guerra mundial y decepcionado por el recuerdo de lo vivido busca un lugar donde instalarse para leer y escribir en paz

Gerard  Brenan desembarca en La Coruña  en 1920,cuando acaba de cumplir 26 años, recorre España de norte a sur y  se instala  en  Yegen, en la Alpujarra  granadina, a la  acuden  a visitarle artistas y escritores amigos: Dora Carrington, Virginia Woolf, Lytton Strachey…..,  pertenecientes al Círculo Bloomsbery, grupo influyente y bohemio de la Inglaterra de primer

tercio del siglo XX.  Permanece  de forma estable en Yegen allí hasta 1934 que regresa a Inglaterra y posteriormente se instala en Churriana y Alharín el Grande,  cerca de Málaga, donde falleció y está enterrado.

Seguramente, si no hubiésemos visitado aquel verano de 1955 a Don Gerardo,  mi pasión por la obra de Brenan  no sería igual, hasta tal extremo que cuando tengo que regalar un libro “Al sur de Granada”   es mi principal opción. Su prosa  describe y narra una forma de vivir que  se fue y es conveniente no olvidar. Y, también, porque me trae recuerdos adolescentes cuando los días eran felices y el porvenir estaba por llegar.

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